Venganza


 

wolf

Andrés se sentó en la cama y tomó aire por la boca. Estaba agitado y apenas había podido dormir.

Respiró profundo, se levantó y se dirigió al arcón de madera que estaba al pie de la cama. Después de rebuscar sacó una tela de lino que envolvía un objeto alargado. La colocó encima de la cama y con calma deshizo los pliegues del lienzo. Allí estaba. Perfectamente engrasado, en una funda de cuero reposaba un facón que había traído de Argentina. Lo sacó y pasó el pulgar por el filo brillante del puñal. Toda su cabeza se inundó de recuerdos. Y ¡qué recuerdos! Compañero inseparable en aquellos caminos de la Pampa tan desiertos de personas como poblados de peligros.

Acabó de vestirse, metió de nuevo el puñal en la funda y lo guardó en la espalda, entre la piel y el pantalón. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina. Allí apenas quedaban restos del revuelo de horas antes.

– Madre, ¿qué hace levantada? ¿dónde está Miguel?
– Debe estar en la cuadra. Déjalo Andrés, déjalo. Ya veremos cómo lo arreglamos. Tu hermana ya está bien. Sólo fue un susto. No os metáis en líos con esa familia.

Andrés salió a la calle y miró al cielo. Tapizada de estrellas, la noche anunciaba un día de julio caluroso y soleado.

– Vamos Miguel, vamos antes de que amanezca. ¿Cogiste la pistola?
– Sí, la llevo encima.

Con paso decidido comenzaron a caminar. Pronto dejaron atrás las casas del pueblo. Después de un rato en silencio, Miguel preguntó:
– ¿Cuánto te parece que pagué en Méjico por el revólver?

Andrés no dijo nada. Otras preocupaciones lo distraían.
– Más de cien duros pagué por él, más de lo que valía una vaca. Hoy no lo cambio por tres… Tal y como están las cosas, hace más falta que nunca tener algo así a mano.
– Sí, tal y como están las cosas deberías pensar en deshacerte de él o guardarlo bien guardado.
– Ya sabes que no hay que matarlo. Hay que escarmentarlo. Una buena paliza es suficiente. Lo que hizo no tiene nombre, pero no vale la pena complicarse. Se envalentonó desde que murió padre.
– ¿Se envalentonó? -preguntó Andrés elevando el tono de voz-. Ese es de los que a la mínima se caga por la pata abajo. Ayer disparó a traición y desde lejos. Porque lo vio Belarmina, la del tío Luis, que si no ni siquiera se hubiera dado por autor. No sabe con qué bueis ara…
– Sí. Es un cobardín y un traicionero. Nunca lo quise pa’ Martina. Él y toda la raza de los ‘Llundres’ son traicioneros y rencorosos. Serán los ricachones del pueblo, pero son unos sarnosos.
– Bueno, tu por si acaso, ten cuidado también, que a veces anda con la escopeta encima- dijo Andrés.

Habían caminado casi media hora cuando el camino se bifurcaba. Ahí los dos hombres se separaban. Tal y como habían acordado, Andrés seguía por la orilla del río hasta la ‘puente la Presa’ y Miguel, subiendo la cuesta, se apostaría a vigilar en el alto el camino de Castriellos.

Ya se habían separado unos metros, cuando Andrés se giró.
– ¿Miguel? Una cosa…
Miguel se giró sorprendido.
– Le voy a pedir a madre que me ceda 30 ovejas y la huerta de padre del barrio de arriba para hacer casa antes de que se meta el tiempo en agua. Me voy a casar con Inés- le soltó Andrés sacándose un peso de encima.

A Miguel lo desconcertó la confidencia de su hermano y no supo ni qué contestar.
– Bueno, también hay que saber perdonar…- musitó saliendo del paso.

Palpándose la espalda para comprobar que el puñal seguía allá, Andrés emprendió de nuevo la marcha.

Empezaba a amanecer y el valle se iba inundando con el reguero de luz que brotaba de detrás de los robles de la ladera. Las sombras se diluían para dejar a la vista un pequeño sendero que transcurría en paralelo a un arroyo custodiado por desordenadas hileras de alisos, salgueros y carrizas.

Apenas llevaba cinco minutos caminando sendero arriba cuando Andrés llegó a un lugar donde el valle se cerraba y los prados que había a un lado y otro del riachuelo pasaban a ser monte. Estudió la situación. Calculó que, aunque el río bajaba casi sin agua, el hombre que esperaba, de bajar por el valle, cruzaría por el pontón que atravesaba el río. Escondido entre unos matorrales, se sentó a esperar. En los últimos meses los acontecimientos no daban tregua. Primero fue la muerte de su padre en marzo lo que precipitó su regreso de Argentina. No había podido ahorrar mucho, pero sí lo suficiente para comprar una buena pareja de vacas, recuperar las tierras que le habían embargado a su padre y empezar a hacer casa. Ahora ya no había dudas, la necesitaba. Esa misma semana, el día del Carmen, Inés la moza que cortejaba y con quien se había dado unos revolcones en los prados allá por las fiestas de San Isidro, le dio la noticia: estaba preñada. Y lo último era lo de su hermana…

Absorto en esos pensamientos, vio a lo lejos que alguien caminaba en dirección al pontón. Allá estaba la pieza que esperaba: Antonio ‘el Llundre’. Había llegado la hora de ajustar cuentas aunque ya no tuviese claridad sobre qué hacer. Además en su cabeza resonaban las palabras de aquel compañero argentino, el gallego Soto, que decía que la venganza es indigna de un hombre de bien, que el futuro no se afirma con rencillas ni crímenes sino con amor y trabajo. Aún así, decidió quedarse y esperó a que el hombre cruzase el puente de madera.

– Home, Llundre – le dijo colocándose detrás de él y poniéndole la mano en el hombro- ¿Qué haces por aquí tan temprano? ¿No tienes miedo que te salga un lobo?

Antonio se giró sobresaltado. Estaba claro que no esperaba esa visita. Parecía haber visto un fantasma.

En un movimiento rápido, con la mano derecha Andrés sacó el cuchillo y se lo puso en el cuello. Con la mano izquierda le agarró con fuerza la muñeca derecha doblándole el brazo hacia atrás.
– Ahora dime qué prefieres: ¿que te corte el dedo, la oreja o los güevos?

Antonio se dejó caer al suelo, poniéndose de rodillas. Balbuceando suplicó:
– Perdón, Andrés, tenéis que perdonarme. Te juro por Dios y por mi madre que confundí a Martina con un lobo. Era entre dos luces y el candil que llevaba tu hermana brillaba como los ojos de un lobo y eso me llevó a engaño. ¡Qué caiga muerto ahora mismo, si no es cierto lo que te digo!
– Antonio, te traté como un hermano los tres años que estuviste de novio con mi hermana. Y ahora me dices que la confundiste con un lobo ¿Un lobo? ¿en el camino al lavadero? ¿cuándo viste lobos cerca del pueblo? Y, ¿desde cuando utilizas cartuchos de perdigones para matar lobos? El perdón tenías que haberlo pedido ayer y huiste cobardemente a casa de los parientes a Castriello.
– Andrés, tuve miedo. Tuve miedo que tu hermano viniese a matarme – dijo suplicando con las manos juntas- Perdóname, por Dios te lo pido.

Andrés bajó el arma y agarrándolo por la solapa de la camisa le dijo:
– Mira Antonio, te voy a decir algo. Tuviste suerte. En el alto está mi hermano con la pistola. Regresa por dónde viniste y no aparezcas por Valdeferrera por lo menos en un mes. No te vuelvas a acercar en la puta vida a mi hermana. Si ella no quiso casarse contigo, aunque teníais fecha para la boda, por algo sería… Es ella quien tiene que perdonarte. Pero que te quede claro: te perdone o no, no te vuelvas a acercar a ella porque te corto el pescuezo.

Antonio se puso de pie y agachó la cabeza. Dio media vuelta, cruzó el puente de madera, y sin mirar atrás empezó a caminar ligero en dirección a Castriello.

Andrés sintió alivio. Guardó el puñal y emprendió el regreso valle abajo. Asunto arreglado, pensó.

No. No fue así. Unas semanas más tarde, un grupo de falangistas instigados por Antonio ‘el Llundre’, vinieron de madrugada a buscarlo a él y a su hermano Miguel y los subieron a un camión. Iban con destino a León. Al menos, eso les dijeron.

Gregorio Urz, febrero de 2017
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