Un hombre bueno


– Pero chaval ¿tu eres tonto o qué? Corre, joder, ¡corre! – le susurraba al oído el guardia mientras le apuntaba con un arma.

Julio tenía muchas razones para desconfiar. Es más, tenía la certeza que una vez se pusiese en pie y empezase a correr le iban a pegar un tiro por la espalda. Bien sabía que le estaban dando facilidades para escapar y así ajusticiarlo de forma rápida. Era lo que se conocía como Ley de fugas y que la guardia civil y los falangistas empleaban a diario con el resultado de miles de muertos y cunetas sembradas de cadáveres por toda la geografía española.

Un rato antes, estaba en la cuadra de las vacas cuando su primo Aurelio entró corriendo en casa:
– Tía ¿dónde está Julio?
– Yo que sé. Debe andar por ahí… en el monte.
– Tía no se haga la tonta, que acaban de llegar los guardias a la cantina preguntando por él y por Tino, el de Eusebio.
– ¡Madre de Dios Nuestro Señor! Debe andar por las cuadras, cebando el ganao.

– ¡Virgen Santísima! ¿dónde vamos a parar? Esta locura no tiene fin  – murmuraba la mujer mientras caminaba por el corral con paso raudo en dirección a la cuadra.

– ¡Julio, Julio!
– ¿Qué pasa madre?
– Está la guardia civil preguntando por tí. Escapa hijo, escapa. A ver si puedes llegar a Valdeomaña a casa de tío Antonio.

Por una escalera de mano, Julio subió al pajar que se encontraba justo encima de la cuadra de las vacas. Amurgatado entre la yerba sintió como llamaban a la puerta del portal y preguntaban por él. Oyó cómo la madre juraba y perjuraba que hacía unos cuantos días que no lo veían. Escuchó como uno de los guardias pedía una forca y se dirigía al carro de paja que había en el corral.

Sabedor que después iría a la cuadra y al pajar a buscarlo, quitó el tablero que cubría el boquerón por el que se metía la yerba. Se asomó a la calle. Estaba oscureciendo y no había nadie a la vista. Agarrándose al marco de la ventana, se descolgó y saltó a la calle. Al caer, sintió un fuerte dolor en el tobillo derecho.

Al erguirse, justo casi detrás de él un guardia civil lo encañonaba con un rifle a la altura de la sien.
– Chsssst. No hagas ruido- le dijo el militar.
– No me mate, no me mate por Dios- le suplicó al hombre que lo amenazaba, poniéndose de rodillas y levantando los brazos.

El guardia acercó su cabeza a la oreja de Julio:
– Chsssst. Como sigas hablando te voy a pegar un tiro aquí mismo. Cierra la boca. Levántate y corre. Corre todo lo que puedas – le dijo agarrándolo por la oreja con fuerza para obligarlo a ponerse de pie.

Y en esa tesitura estaba Julio. Con un guardia civil encañonándolo con un fusil y pidiéndole que corriese. “Pero chaval ¿tu eres tonto o qué? Corre, joder, ¡corre!”, le insistía empujándolo con el cañón del arma.

No. No voy a correr, pensó Julio. Se puso de pié y miró al uniformado a los ojos. La piel de la cara ajada por el clima y las arrugas lo situaba en la cincuentena. A pesar de la dureza del rostro, su mirada era apagada y revelaba tanta tristeza como cansancio. Aún así, era una mirada transparente. En esos ojos, pidiéndole que se pusiese a salvo, reconocía Julio a su difunto padre.

No era fácil la huida. La casa daba a las eras que, ya retiradas las mieses, eran un espacio abierto. A unos cien metros estaba el río dónde, si conseguía llegar, tendría la protección de la tupida maleza y las sombras. No obstante, sus opciones eran reducidas. Quedarse y que le pegaran un tiro camino del cuartel o confiar en el guardia y salir corriendo.

Optó por arriesgar. Se dio la vuelta y empezó a correr con todas sus fuerzas.

Diez… veinte… treinta… cuarenta metros… ¡Clac, clac! Julio escuchó como el guardia montaba el cerrojo del máuser. Cincuenta… sesenta metros. Cojeando, Julio corría desesperadamente para llegar al río.

– Altoooo, altooo o disparo!! – escuchó Julio a lo lejos, cuando saltaba entre los matorrales y lo engullía la espesura del río.

Pam, pam, pam, pam, pam. Ya en el río, y aterrizado en un zarzal, Julio oyó los disparos. Estaba casi salvado. Por alguna razón que desconocía, el guardia no había querido dispararle. Aunque notaba el tobillo dolorido e hinchado, renqueante siguió corriendo durante quince o veinte minutos más. Era noche cerrada cuando llegó a los prados de Valdeomaña. Se dejó caer al suelo y rompió a llorar.

De madrugada llegó a casa de su tío Antonio que lo escondió una semana. Pasó a Asturias, y acabada la guerra también pasó por la cárcel. Vivió hasta los ochenta y seis años y muchas veces contó esta historia, esperando tener alguna noticia del guardia con el que se había encontrado esa noche y con quien se sentía en deuda. El año pasado murió, con la pena de no haber podido conocer a quien él consideraba un hombre bueno.

Gregorio Urz, diciembre de 2017
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