Las vacas


– Son cosas de Europa y no hay vuelta atrás – decía Miguel mientras apuraba una copa de orujo.
– Esto no es Europa. A mí quien me examinó las vacas fue el veterinario de la Junta. Un grandísimo hijo de puta… ¿qué le molestarían las mis vacas, si estaban sanas como castañas? – dijo Anselmo.
– Pero si te lo cubre la subvención… – decía Tomás.
– La ‘subención’ que se la metan por el culo. Yo lo que quiero es que no me quiten las vacas. A mi lo que me jode -razonaba Anselmo-, es que te dicen que esas vacas están tuberculosas pero van al matadero y después la carne es para consumo de la gente. Alguien se debe estar lucrando con eso.
– Eso sí que no hay quien lo entienda. Si sale mala, sale mala. Que la lleven al crematorio… – asentía Jacinto
– Ansiosos, que sois unos ansiosos. Así que os jubiláis, os entran las ganas de trabajar. Os quedan cuatro días para moriros. ¿Qué pensáis que lo vais a llevar todo para el otro lado? – interrumpió Lorenzo sentado al lado de la estufa y aparentemente ajeno a la conversación.

Anselmo al oír eso se agachó, descalzó la madreña y con el brazo en alto, madreña en mano, salió disparado hacia Lorenzo gritando: “Me cagüen la puta madre que te parió. ¡Faltoso! Pero, ¿a quién le molestan las mis vacas? ¿A quien hago daño yo con tener dos vacas en casa?”

En las últimas semanas ese era el pan nuestro de cada día. A la hora del orujo en el bar la conversación giraba sobre las vacas y la campaña de saneamiento ganadero puesta en marcha por la Junta de Castilla y León siguiendo una directiva europea. Aquella campaña había caldeado mucho los ánimos de los paisanos de Valdeomaña. No era para menos. Más de la mitad de las vacas del pueblo habían salido con tuberculosis o brucelosis y, aunque aquello olía a chamusquina, no había vuelta atrás: las vacas marcadas tenían que ir al matadero.

A Anselmo que tenía dos vacas, la Gallarda y la Bonita, le habían salido malas las dos. Si desde la pérdida de su mujer estaba con el ánimo bajo, aquello acabó de hundirlo del todo. Aquellas reses eran su familia y con ellas pasaba los días. Viudo y sin hijos vivos, su único motivo de vivir eran las dos vacas que tenía en la cuadra.

Sabedor de que en quince días vendrían a buscarlas, la pena lo ahogaba y los días y noches se le hacían eternos. De esos días, la mitad los pasó en la cama aquejado de debilidad y la otra mitad haciendo trámites. Fue a León al catastro y puso todas sus propiedades a nombre de la hermana, pasó por el notario en Astorga y redactó un testamento. Bajó a Benavides y pasó por la Caja de Ahorros. Allí, le ordenó al director ingresar un millón de pesetas en la cuenta de cada sobrino y que el remanente de la cuenta lo pusiese en un sobre. También pasó por la armería y pidió al empleado unos cartuchos de escopeta del grosor suficiente como para matar a un lobo o a un animal grande.

Para calmar la ansiedad iba tachando días en el calendario de la cocina hasta que, finalmente, le tocó marcar la fecha señalada. Ese día se levantó con dolor de huesos y siguiendo la rutina de cada día pasó por la cuadra y llenó los pesebres de las vacas de yerba seca y después se dirigió al bar ‘al orujo’. Era día de mercado en Benavides y en la cantina únicamente estaba Ulpiano el tabernero que le preguntó:

– ¿Qué tal Anselmo? ¿Cómo andas? Vienen hoy por las vacas tuyas, ¿no?

– Ummm -dijo Anselmo encogiéndose de hombros- Vienen por ellas. Otra cosa muy diferente es que puedan llevarlas. Ya veremos…

De dos tragos tomó dos copas de aguardiente y antes de pagar le pidió al cantinero que cogiese una botella de refresco y la llenase con tres ‘copinas’ de orujo.

Ya de vuelta en casa, preparó unas sopas de ajo mientras escuchaba la radio. Las probó pero fue incapaz de comer nada. Tenía el estómago cerrado. Fue a la habitación, sacó del armario el único traje que tenía y lo colocó cuidadosamente encima de la cama. Justo al lado dejó el sobre que le habían entregado en el banco en el que había escrito el nombre de su hermana. Se dirigió a la despensa y agarró la escopeta que hacía años que no utilizaba. La desarmó la limpió bien e introdujo un cartucho en cada cañón.

Bajó al corral, y se dirigió de nuevo la cuadra. Agarró un cepillo que colgaba de una de las vigas y lo pasó cariñosamente por el lomo de la Gallarda y la Bonita.

Después de un buen rato afalagando los animales, cogió el taburete de ordeñar las vacas y se dirigió al portal. Con una llave grande de hierro cerró el portón que daba a la calle y atrancó la entrada con un tablero del carro y unos maderos. Justo enfrente de la puerta, en el medio del portal, colocó el taburete, la escopeta y la botella de orujo. Se sentó y del bolsillo de la camisa sacó una petaca de cuero con tabaco picado, agarró unas hebras y con calma lió un cigarro. Le venían a la cabeza recuerdos de todas las vacas que habían pasado por aquellas cuadras: la Gallarda, la Bardina, la Rubia, la Corza, la Gabacha…

Ensimismado en esos pensamientos fue interrumpido por varios golpes en el portón.

– ¡Anselmo, Anselmo! Están aquí los de la Junta de Castilla y León preguntando por tí-, se escuchaba al otro lado de la puerta.

– ¿Los de la Junta? ¡Qué se vayan a tomar pol culo esas sanguijuelas! Ya los veré en el infierno-, musitó entre dientes Anselmo. Justo en ese momento una bandada de grajos sobrevoló el corral graznando y alborotando, tal vez presagiando alguna mala noticia.

Gregorio Urz, enero de 2018

 

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