Al alba, al alba


Este fin de semana la sufrida españolidad tendrá que adelantar, una vez más, los relojes que marcan su actividad cotidiana. Se especula con que pudiera ser la última vez porque, al parecer, tras consultas efectuadas en países centroeuropeos, columna vertebral de la Comunidad Europea – la opinión de los países socios meridionales es irrelevante – no ven con buenos ojos que se continue con esta práctica de un pasito para adelante un pasito para atrás, año tras año.

Sesudos científicos y no menos sesudos intelectuales han pontificado con criterios, igualmente sesudos, sobre las bondades y la conveniencia del cambio horario que viene “celebrándose” en Europa desde hace varias décadas, alegando el descalabro económico que supondría para las arcas de los distintos países de tan distinguido club no continuar con el cambio de hora, desdeñando a su vez los posibles efectos secundarios que puedan sufrir los afectados por esta medida ¿Es la Europa de los pueblos o la de los comerciantes? ¡Cuanto humanismo! ¡Bye bye, Erasmo de Roterdam!

No obstante y pecando de tanta osadía como atrevimiento, hay objeciones incuestionables – ¡oh sacrilegio! – de tan excelsa intelectualidad. Surgen a voz de pronto varias dudas acerca de la conveniencia de aplicar dichos cambios.

Si el concepto economicista ha de primar sobre cualquier otra consideración, suprimamos fines de semana, festivos y vacaciones. Fuera televisiones y ratitos de sofá. El incremento del erario es incuestionable y el saneamiento de las veintiocho cuentas públicas de otros tantos países implicados está fuera de toda duda. Poco tentador ¿verdad?

Bromas aparte. El horario europeo es un fiel reflejo de las prioridades de Alemania, a la cual se pliega este calendario de modificaciones, como se adecuó el euro al marco alemán, siendo paritarias ambas monedas. Con el horario de invierno un trabajador alemán que empiece su jornada laboral a las siete de la mañana, pongamos por caso, se levantará con luz del día e irá cómodamente a trabajar. Mientras el sufrido españolito de a pie abandona su lecho con las sombras de la noche por escenario a esa misma hora. Llegado el horario de verano el alemán tiene tardes razonablemente largas, en tanto al españolito, las suyas se le harán eternas.

Incluso los menos observadores saben que las criaturas diurnas, plantas incluidas, comienzan su singladura con las primeras luces del alba. Es la luz diurna la que despierta los ritmos circadianos de su reloj biológico, al igual que el ocaso determina el final de su diaria andadura.

Casi todos los usuarios de la carretera que viajan al amanecer, habrán podido comprobar el triste espectáculo de como las cautelosas aves mueren al chocar contra los parabrisas o chapa de los automóviles a primera hora de la mañana, no así con el día bien entrado. Evidencia palpable de su aún deficiente vigilia. ¿Podemos cuantificar su equivalencia en la actividad humana?

La Naturaleza lleva dictando sentencia desde hace millones de años de como funciona el mundo, no parando mientras en desechar todo aquel proceder que se atreva a oponerse a su ley, o bien se haya quedado obsoleto en el eterno proceso de evolución. Los fósiles son los mudos e inapelables testigos de su acción eterna e inmisericorde.

Por ello resulta una imprudencia temeraria que las mentes más distinguidas contravengan los designios de la sabia Naturaleza con alegatos económicos. ¿Acaso osan contraponer sus innegables conocimientos al saber hacer, no milenario sinó millonario, de la madre Naturaleza?. Téngase siempre presente la elevada mortalidad matutina de los pájaros, seres vivos, como nosotros.

Y por último, esos privilegiados cráneos deberían tener la modestia de pensar que sus elucubraciones, que a todos nos pueden acabar afectando, son también el fruto de un regalo con el que la Naturaleza se ha complacido en obsequiarles. Interpretar con humildad como funciona el Cosmos más cercano podría resultar una aconsejable baliza que les ayudaría a librar con acierto sus conclusiones.

Urbicum Fluminem, marzo de 2019

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