De Genarín al Gauchito Gil…


Hay quien dice que Dios es uno. Yo tengo serias dudas de que siquiera haya uno… En todo caso, no me hagan mucho caso porque también es una creencia lo de no creer.

Ay, las creencias populares. ¡Qué mundo más fascinante esos cultos y creencias medio extrañas que uno se encuentra por ahí!! Y no, no me estoy refiriendo al culto baha’i o zoroástrismo, también llamado mazdeísmo que como ustedes saben fue fundado por Zoroastro, conocido también como Zaratustra (espero no se me confundan con el personaje de ficción del libro de Nietzsche, el filósofo alemán).

No. Hoy les voy a contar de ‘cultos populares’ y no me refiero al leonés Santo Genarín, conocido por esa procesión en la que la noche de Jueves Santo una turba de borrachos trata de honrar a un pellejero de muerte accidentada y vida nada ejemplar. Como suele pasar, lo que empezó siendo un divertimiento de cuatro amigos se ha convertido en una excusa para salir a emborracharse. Creo que hasta hay una cofradía.

Lo de Genarín es una burla, una parodia al lado del culto que los argentinos profesan al Gauchito Gil, la Difunta Correa, Santa Gilda o incluso San La Muerte. Pues sí, los argentinos parecen ‘mandados hacer’ para estas cosas y en pocos países hay tantos santos ‘populares’ como en Argentina. Precisamente ahí fue donde me empecé yo a interesar por este tema.

Resulta que iba por la ruta a Gualeguaychú y vi que cada pocos quilómetros había una especie de altar con un tipo bigotudo, de camisa roja y vestido de gaucho, donde los devotos dejan garrafas de agua, cigarros y alcohol. Se trata del Gauchito Gil, también conocido como Antonio Mamerto Gil Nuñez, uno de esos santos milagreros cuyo origen es incierto. Poca broma ¿eh?, el 8 de enero de cada año más de 200.000 personas acuden a un santuario en la ciudad de Mercedes en la provincia de Corrientes para agradecerle los favores concedidos y festejar con asado y chamamés.

Estoy seguro que de haber llegado el culto a España, mi padre y otros paisanos de mi pueblo hubiesen sido unos buenos feligreses. En realidad mi padre y otros paisanos de mi pueblo eran bastante devotos del orujo y cada vez que iban de viaje acostumbraban a volver a casa bien santificados; algunos, algunas veces, volvían como cristos. A mi padre, que anduvo no sé cuantos años con un viejo camión a pesar que nunca tuvo tiempo de sacarse el carnet de conducir, lo del Gauchito Gil le hubiese interesado. Iba a Burgos a buscar patatas de siembra, al Bierzo y a la Montaña a venderlas…. Estoy seguro que mi padre y aquel camión recorrieron todos y cada uno de los pueblos de la provincia. El caso es que a aquella vieja Avia había que ponerle agua en el radiador varías veces al día. Para mi padre, hubiese sido una bendición encontrarse cada pocos kilómetros con garrafas de agua, cigarros y orujo. Y especialmente por esto último, el aguardiente. “Bueno, vamos a parar que hay que echar agua al radiador. Aprovecharemos para rezarle una oración al Gauchito y de paso echar un cigarrín y una copina de orujo” ¿Se lo imaginan? Ahora que lo pienso, mi padre también hubiera sido un buen devoto de Genarín.

Mi madre no. No era muy creyente ni le gustaba frecuentar la iglesia, pero no hubiese cambiado a San Antonio por nadie. Ese sí que es un santo milagrero, taumaturgo que dicen los entendidos. Nadie como San Antonio de Padua (nacido en Lisboa como Fernando Martins de Bulhões) para las causas y cosas perdidas. Se perdía una gallina, oración a San Antonio y aparecía. Se te ‘entelaba’ una vaca, oración a San Antonio y a los dos días ya nueva. ¡Qué santo por el amor de Dios! No había nada que se le resistiese. Además lo de San Antonio sí que era una verdadera devoción; en España hace unos años no había hogar que se preciase de serlo que no tuviese uno o varios calendarios del Santo colgados en la cocina. Mi madre sin ir más lejos, tenía uno de del año que se casó.

Con lo de Gauchito Gil he visto que los argentinos son muy dados a esas cosas. Tienen otros muchos más, aunque ninguno de ellos esté reconocido por la Iglesia. Otra de ellas con bastante tirón es la Difunta Correa; más de un millón de personas visitan anualmente su santuario en Vallecito, provincia de San Juan. Pero de todos estos santos populares rioplatenses sin dudas mi preferida es Santa Gilda, nacida como Míriam Alejandra Bianchi. Maestra ‘jardinera’, triunfó como bailantera y cantante tropical (precisamente su nombre artístico era Gilda, en honor a Rita Hayworth) y falleció hace unos veinte años en accidente de tráfico cuando estaba realizando una de sus giras. En el lugar de su muerte sus seguidores improvisaron un santuario y cada año acuden miles de personas a pedirle favores y milagros, o agradecerle los ya recibidos. En internet está su música y en 2016 se estrenó una película sobre su vida protagonizada por la cantante uruguaya Natalia Oreiro. Muy fan yo de Santa Gilda, la verdad.

Lo del culto a ‘San La Muerte’ es otra historia. Palabras mayores. Salgan corriendo si se les acerca alguien tatuado con esa imagen. Avisados están.

Bueno, cada uno que acuda al santo que quiera. La mitad de mi familia es argentina, pero a mí que no me vengan con santos ni costumbres extrañas. Yo para esas cosas soy como Eloy el de mi pueblo que lleva más de cuarenta años en Argentina y nunca probó el mate. Cuando fui a visitarlo me preguntó preocupado a ver si yo tomaba mate. Le dije que no. Se alegró y me dijo que nunca me olvidase del magistral consejo que a él le había dado un gallego: “¡Quien toma mate y come zapallo, vuelve a España ¡polo carallo!”

 

 

 

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