“Es el alcalde el quiere que sean los vecinos el alcalde”


Cuando aún no se han enfriado las urnas ni las recalentadas mentes del sufrido electorado, inmisericordemente atizadas por los políticos carentes de escrúpulos, estamos inmersos a otra nueva contienda electoral de carácter más humilde, si se quiere, que las elecciones generales, autonómicas o europeas, pero, como diría Rudyard Kipling, “eso es otra historia”.

No por más humilde esta cita será más pacífica que la precedente. Nada más lejos de la realidad. No habrá el mismo boato, salvo en grandes urbes de grandiosos candidatos, algunos de los cuales dejarán de serlo (grandiosos y candidatos) el mismo día 26 de mayo. Ni la misma cobertura mediática, ni la misma repercusión allende de los límites municipales, excepción hecha del color político mayoritario en España de los alcaldables electos. Pueblo por pueblo, ciudad por ciudad, municipio por municipio, la disputa convertirá el país en un campo de batalla ideológica.

Más animadas son, si cabe en localidades pequeñas, donde los primeros espadas de las distintas formaciones no tienen ni la profesionalidad, ni la preparación de sus hermanos mayores de villas y ciudades. Mostrarán el nervio y el “savoir faire” de los candidatos de a pie, la intuición, la improvisación, las dotes de seducción y, por qué no decirlo, la picaresca hispana que lleva a prometer lo que se sabe que jamás se podrá cumplir, conscientes como son de que, aunque España es católica por decreto, mentir no está penalizado y creer patrañas tampoco está mal visto.

Llegarán novicios al solio consistorial. Otros con más espolones y experiencia, repetirán en el cargo y a continuación, después de los trámites y nombramientos pertinentes, echarán a rodar en sus respectivas peripecias municipales. Los administrados serán los perceptores o perjudicados por sus buenas o malas gestiones y les premiarán o no, arropándoles en posteriores comicios, sin que sea descartable que horrendas gestiones se vean premiadas por la confianza de vecinos poco avisados, capaces de votar incluso en contra de sus propios intereses.

La labor regidora tenía y tiene grandes diferencias entre los pequeños y grandes municipios. En estos últimos la inmensa mayoría de los votantes no llegarán a conocer personalmente al alcalde que regirá sus vidas durante cuatro años y por supuesto, el alcalde tampoco conocerá a todos sus vecinos. Serán gobernados como meros entes que viven, sueñan, trabajan y mueren en ayuntamientos sin cara ni alma. Hilarante sería pensar que en grandes urbes el alcalde asistiera por ejemplo a los funerales de su vecindario como suele ocurrir en los pequeños.

Tristemente se ha instaurado una ponzoñosa costumbre que corroe los ayuntamientos sin distinción de tamaño ni siglas, tan sólo del cuajo que el primer edil muestre en su gestión municipal: la corrupción. Enfermedad tan antigua como el hombre y que supera todas las esferas de la política y de la sociedad en general. Concejales, alcaldes grandes y pequeños, Diputaciones con sus diputados, senadores, congresistas e incluso parlamentarios europeos, arrastran la sombra de la sospecha popular de que se benefician del puesto que ocupan, unas veces en favor de su partido y otras veces en el propio.

En el caso de los ayuntamientos pequeños el asunto de la corrupción es más grave si cabe, tanto más cuanto más reducidos, pues el transido erario público se resiente cuando la corrupción roe cual carcoma las arcas municipales en detrimento de lo que en justicia ha de revertir all pueblo. La derrama del perjuicio siempre es más dañosa entre los modestos. Suerte que el español es capaz de soportar, tolerar, alabar, cuando no aclamar al corrupto. Spain is different, y León, ¡sólo faltaría!, también es capaz de sumarse a estos cuadros.

Para los alcaldes de urbes de mayor “tronío”, estas elecciones pueden ser el trampolín que los catapulte a las más altas instancias del parnaso político una vez hayan acreditado, no tanto su valía como su capacidad para captar votantes. ¿Quiere decir esto que cada vez que veamos a nuestros prebostes colgados de farolas y árboles o encolados en muros y caballetes, sonriendo forzadamente al transeúnte, requiriéndole su voto, estamos en presencia de un corrupto? ¡Hombre, no! Felizmente a la derecha y a la izquierda quedan bastantes personas decentes, incluso alguno ¡oh engendro de la naturaleza! ha tenido que poner dinero de su bolsillo. Los menos, la verdad sea dicha.

Una de las enfermedades que aquejan a la España actual, y no la menor, es la horda maldita de alcaldables que no vienen a servir sino a servirse de su pueblo. Por alevosía y proximidad.

Urbicum Fluminem, mayo de 2019

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