La fuentina


 –¿No oyes los disparos? –preguntaba mi hermano Martín.

Yo contestaba en un susurro que sí, que los oía, aunque hubiera sido mejor hacerme la dormida, porque sabía lo que venía a continuación:

–Otro rojo que han sacado de casa para fusilarlo en la fuentina. Mañana cuando lleve la comida al pastor me encontraré con su fantasma.

La fuentina estaba en un bajo del monte cerca de la casilla de camineros en la que vivíamos. Desde que empezó la guerra se comentaba que por la noche llevaban a la gente para fusilarla y luego enterraban sus cuerpos en una hondonada que había a escasos metros. Yo no sabía si eso era verdad, pero después de las palabras de mi hermano ya no podía pegar ojo o, si lo hacía, tenía pesadillas en las que los esqueletos de los muertos se me aparecían a los pies de la cama, me miraban desde sus cuencas luminosas, me sonreían con sus enormes dentaduras, acercaban sus falanges a mi rostro, intentaban tocarme. Aunque antes de que lo hicieran siempre me despertaba, llorando.

El resto de la noche lo pasaba acurrucada entre las sábanas, sin poderme dormir. A veces me parecía oír ruidos de pisadas en el desván o un chasquido, y la idea de una presencia en la planta superior de la casa, a la que se accedía desde nuestro cuarto por una escalera, me hacía acurrucarme más sobre mí misma.

Mis terrores nocturnos se mitigaban con las primeras luces al oír a mi padre levantarse para ir a trabajar a los caminos, a mi madre llamarnos “Martín, Clara” mientras preparaba la comida que más tarde mi hermano le llevaba al pastor que por entonces nos cuidaba las ovejas, pero no llegaban a desaparecer del todo. Y mientras desayunábamos las sopas de ajo no podía evitar contarles los ruidos que había oído la noche anterior. Mi madre aseguraba que los disparos eran de cazadores furtivos que aprovechaban la oscuridad para burlar al guarda del monte y, los sonidos del desván, los silbidos de una lechuza que por entonces se aposentaba en una rama del nogal que había en la parte de atrás de nuestra casa y se colaba en mitad de la noche por algún agujero de la techumbre.

­–¿Entonces no son rojos? –preguntaba yo aliviada.

–¡Qué dices de rojos, Clara, qué tontuna es esa!

Yo miraba a Martín que desviaba la vista para otro lado, simulando no saber de lo que hablábamos, y solía callarme. Pero un día me atreví a ir más lejos.

–¿Y nosotros de cuál somos?

–Nosotros de nada.

–Y eso que dicen del tío Roque que salió huyendo de Nava porque unos hombres le seguían con pistolas…

–¿Quién te ha dicho eso?

–El otro día al salir de misa.

–Habladurías de la gente que no tiene otra cosa mejor que hacer. Otro gallo cantaría si en vez de tanto chismorrear las beatas se dedicaran a hacer cosas de provecho. A partir del domingo te quedas en casa, y cuando el cura o la maestra te pregunten por qué no fuiste el domingo a la iglesia, les dices que tuviste anginas.

–No, eso no, madre.

Privarme de la posibilidad de ir un domingo al pueblo, a pesar de los seis kilómetros que tenía que recorrer hasta llegar a Nava, era para mí el mayor de los castigos, y es que después de misa siempre me podía comprar un pirulí en casa de la tía Jurela y jugar un rato a la comba o al escondite con mis amigas.

–Pues como te vuelva a oír una tontería más de esas ten por seguro que lo cumplo, y ahora espabílate, si no quieres que le cuente a tu padre que doña Fe se me queja que llegas todos los días tarde a la escuela y que estás cada vez más despistada. Y tú, Martín, arreando a llevar la comida al pastor. Entre uno y otro voy a acabar desquiciada…

Salí de casa a toda prisa con el firme propósito de dejar de preguntar cosas que no eran. Pero por el camino me pareció oír el ruido de unos pasos a mis espaldas y no pude evitar mirar varias veces hacía atrás pensando que me seguían. También pensé en mi tío Roque. Sabía que era ebanista porque en la entrada teníamos un arcón que había hecho con sus propias manos, aunque la verdad es que yo sólo le había visto una vez que nos visitó en la casilla. Me miró con unos ojos azules idénticos a los de mi madre y me sacó una almendra garrapiñada de la oreja que luego me ofreció en la mano. Me cayó muy bien el tío Roque la única vez que le vi.

 

 

Un episodio que ocurrió por entonces acrecentó mi miedo. Fue la visita de los gitanos a la casilla. La visión en la lejanía de su carro de colores, de sus pucheros, bruñidos por el sol, tambaleándose por el camino de tierra, de la media docena de galgos con un palo largo que pendía del cuello, me resultó tan extraordinaria que corrí a esconderme tras las faldas de mi madre.

Al llegar a la casilla se detuvieron. Junto con la pareja gitana venían seis o siete niños de diferentes edades que enseguida se bajaron del carro y se pusieron a hurgarlo todo.

La gitana, que llevaba un pañuelo con lentejuelas colgando de la frente, le mostró a mi madre algunas telas de colores que sacó de un enorme baúl de chapa y cuero. Después de estudiar la mercancía mi madre le compró una colcha brillante de figuras chinescas y varios metros de tela de algodón crudo para confeccionarnos ropa interior y camisones. En pago le dio unas monedas y dos gallinas.

Ya se iban cuando de pronto el patriarca se fijó en mí:

–Si quiere, señora, nos llevemos a esa niña y la vendemos.

–Llevadla si queréis –contestó mi madre en broma.

Aferrada a su cuerpo no pude aguantar la corajina.

–No, madre, no les dejes.

Todos se rieron de mí, incluida mi madre, que no tuvo más remedio que cogerme en brazos y no me volvió a bajar hasta que el carro, con toda su recua, se disipó a lo lejos.

Por la noche me despertaron unos aullidos. Y la visión de un fantasma vestido con la colcha de figuras chinescas que danzaba y agitaba los brazos multiplicando las sombras que proyectaba la luz de la vela, me heló la sangre. Me tenía acorralada en una esquina cuando, alertados por mis gritos, aparecieron mis padres. Levantaron la tela y descubrieron que bajo la colcha se ocultaba mi hermano. Nos dieron una buena tunda a los dos, prometiendo vendernos de verdad a los gitanos si una cosa así se volvía a repetir.

 

 

Después de ese suceso vivía en un estado permanente de tensión que tenía su punto álgido en mitad de la noche cuando en medio del silencio los ruidos procedentes del desván se hacían más patentes. O eso me parecía a mí. Además, los disparos en el monte, por aquellos días, se habían intensificado.

El once de agosto de mil novecientos treinta y seis, vísperas de mi décimo cumpleaños, unos hombres que no había visto en mi vida, pararon su furgoneta delante de la casilla y le preguntaron a mi madre por el tío Roque.

–Sé lo mismo que vosotros —contestó con acritud—, a estas alturas seguro que está criando malvas en cualquier cuneta.

–Bueno, Rosario, no te pongas así –le dijo un hombre bajito y calvo intentando ser cordial–, solo estamos examinando la zona. Al fin y al cabo es a la Guardia Civil a quien corresponde buscar a los huidos. Y dime, ¿no tendrás por ahí alguna pieza de esas que tu marido apresa tan hábilmente con cepos?

Me sorprendió que mi madre entrara en casa y, sin más, les entregara la liebre que al día siguiente, con motivo de mi cumpleaños, pensaba preparar con alubias. Ni que decir tiene que ellos la recibieron gustosos. Me pareció que mi madre respiraba aliviada al verlos partir.

Y esa misma noche vi el fantasma de mi tío Roque. Estaba más demacrado y flaco que el día que le conocí. Pero era él, seguro. Descendió del desván y al sentirse observado me miró con sus ojos azules y brillantes y se llevo el dedo índice a la boca en señal de silencio. Luego siguió bajando las escaleras y salió por la puerta sin hacer apenas ruido. Tardé en reaccionar y cuando lo hice desperté a mi hermano y, con la voz entrecortada y el corazón saliéndoseme del pecho, se lo conté. Me extrañó que me escuchara con tanta atención y que en contra de lo que yo esperaba, él, que siempre alimentaba mis miedos, me dijera que lo había soñado y que me volviera a dormir. No pude. Mi hermano tampoco. Al rato le oí levantarse “¿Dónde vas?’’, “A mear”, dijo, pero luego le oí cuchichear con mis padres en el cuarto de al lado. Se oyeron disparos. Tres, que sonaron muy cerca. Y un gemido ahogado en la habitación pegada a la nuestra que reconocí enseguida. “Calla, hostia”, oí decir a mi padre.

Mi madre nos levantó esa mañana más temprano que de costumbre. Parecía nerviosa y mientras desayunábamos las sopas de ajo, ella, que ese día dijo que no tenía apetito, anunció que se iba con mi hermano al pueblo y que yo tenía que llevarle la comida al pastor.

––¿Y pasar por delante de la fuentina? Ah, no, eso sí que no.

Mi madre me dio un tortazo.

–Vas porque te lo mando yo y no se hable más.

Con los ojos llenos de lágrimas me llevé la mano a la mejilla ardiente mientras veía como ellos alcanzaban la puerta y se marchaban, dejándome sola. Estaba claro que no me quedaba otra alternativa que hacer lo que mi madre me había dicho, pero no estaba dispuesta a pasar por la fuentina. Mientras preparaba el puchero con la sopa, los garbanzos y un trozo de tocino para el pastor, planeé que la mejor forma de bordear la fuente era dando un rodeo por el teso Trasranas.

Inicié el camino a paso ligero porque quería acabar cuanto antes. Además, cuanta más prisa me diera menos tiempo tendría para pensar en todas esas historias de muertos. Pero ya había subido un buen trecho del teso cuando volví a ver la aparición. El fantasma de mi tío Roque asomaba por entre unos zarzales. Eché a correr cuesta abajo con todas mis fuerzas.

–Espera, Clara –oí que decía la voz cada vez más cerca.

Una mano poderosa me agarró por la cintura y caí al suelo. Intenté desasirme pero notaba sobre mi cuerpo un peso enorme y apenas podía moverme. Por un momento pensé que se trataba de una de mis pesadillas y que en unos instantes, como me había ocurrido otras veces, despertaría en mi casa, en mi cama.

–No tengas miedo, soy yo, tu tío Roque.

–Mi tío Roque está muerto, tú eres su fantasma.

–Los fantasmas no existen, Clara.

–¿Cómo que no? La fuentina está llena de ellos.

–Eso es lo que te cuenta tu hermano Martín.

Dejé de forcejear unos instantes y le miré con sorpresa.

–Hace tiempo que me escondo en vuestro desván y sé los sustos que te pega por las noches. Dice todas esas cosas para atemorizarte, pero no son verdad.

–¿Entonces los disparos?

Esos si son de verdad. Estamos en guerra y unos hombres matan a otros. Conmigo ya lo han intentado dos veces, la última anoche. ¿Y sabes? Yo que nunca maté a nadie, ayer le disparé a un hombre. Creo que le di. Por eso me voy lejos, intentaré cruzar la frontera, salir del país. Así que posiblemente está sea la última vez que nos veamos.

Mientras escuchaba a mi tío él tocó mi oreja y sacó un minúsculo y precioso zapato de madera que todavía conservo, con su nombre tallado en la base.

–Es para ti, de recuerdo. Y no lo olvides nunca: los muertos no se aparecen. Es a la gente de este mundo a la que, en todo caso, hay que temer.

Luego desapareció. Yo continúe mi camino, pensando todo el rato en las palabras de mi tío Roque, intentando comprender su significado. Después de dejar el puchero con la comida al pastor inicié, desvanecidos por completo todos mis miedos, el camino de regreso a casa por la fuentina. Al llegar a este tramo del monte, atraída por el susurro incesante del agua, me acerqué a la fuente, me mojé las manos, bebí en ellas. Y mientras notaba el agua fría discurriendo por mi rostro, por mis mejillas, por mi cabello, me acordé del miedo que mi hermano siempre me metía en el cuerpo, de los ruidos las noches pasadas en el desván, del empeño con el que mi madre defendía que era sólo una lechuza, de la visita el día anterior de los hombres de la furgoneta, de los tres disparos, y las piezas de esa extraña historia empezaron a encajar.

Cuando a mediodía llegué a casa, mi madre y mi hermano ya habían vuelto del pueblo. Se habían enterado que habían matado a Federico, un joven Guardia Civil, la noche pasada en el monte. Mi madre estaba disgustada con la noticia, pues dejaba solas a su madre, ya muy mayor y con la cabeza perdida, y a dos hermanas jóvenes, pero me pareció que también estaba mucho más tranquila que cuando nos levantamos.

Mientras comíamos dije:

–Esta mañana ví al tío Roque.

Me miraron expectantes. Continué:

–Está bien y está vivo. Y esta vez tiene intención de marcharse al extranjero, así que igual no le volvemos a ver.

–¿Cómo sabes que era él si sólo le viste una vez? –preguntó Martín.

–Lo sé.

Para probar mi afirmación saqué el zapato del bolso de mi falda y lo puse sobre la mesa. Los dos lo observaron como si de un objeto sobrenatural y fascinante se tratase, pero no dijeron nada. Martín bajo la vista al plato, mi madre y yo, en cambio, nos miramos largamente. Luego, en silencio, seguimos comiendo.

 

Relato de Sol Gómez Arteaga

Publicado en el libro ya agotado “Los cinco de Trasrey y otros relatos”, que editó la actual Fundación Fermín Carnero en el año 2012.

En el blog “Sol a la tinaja también puedes encontrar otras interesantes publicaciones de la autora.

 

 

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