Santa Lucía


Desde hacía unos cuantos años, un poco antes de la llegada del invierno, Esteban acompañado por su hijo Andrés acudía al Bierzo a comprar castañas que después vendía por los pueblos de la ribera del Órbigo. Para Andrés aquel viaje con su padre era toda una aventura. Después de todo un día de ida con los bueyes, hacían noche en casa de unas amistades y regresaban a casa cargados con una buena carretada de castañas.

Ya de vuelta, el muchacho disfrutaba aún más acompañando a su padre a venderlas en los pueblos de la ribera del Órbigo.

– “Si sale alguna podre, no la comáis. Esas, echáselas a los gochos”, decía Esteban con picardía a las mujeres que acudían a comprarle.

Aquel año la situación era completamente diferente. Esteban había fallecido a finales del verano y a Andrés, al ser el mayor de los hermanos, le tocó asumir responsabilidades que antes recaían en su progenitor. Decidió que ese año también iría a buscar las castañas, acompañado por uno de sus hermanos pequeños.  Como hacía su padre, llevarían unos sacos de patatas a aquellas familias que los acogían en su casa. Al fin y al cabo, eran estos detalles los que mantenían vivas amistades nacidas décadas atrás.

Las tormentas de los primeros días de diciembre, los obligó a postergar unos días el viaje. No les quedaba otra opción que salir las vísperas de Santa Lucía. Dejarlo para más tarde era arriesgado por la llegada de las primeras nevadas.

Llegada la fecha, Andrés y su hermano salieron sin prisa en dirección al puerto Manzanal. Con un poco de suerte estarían de regreso para celebrar en familia la fiesta de la patrona de la localidad.

El viaje de ida se desarrolló sin complicaciones y ese día hicieron noche cerca de Bembibre, concretamente en una pensión que también era bar en Villaverde de los Cestos. Al día siguiente recorrieron los pueblos de los alrededores llenando el carro de castañas y el día 12, con las primeras luces del día, salieron de vuelta hacia Valdeomaña, en la Cepeda. Tenían por delante poco más de 50 kilómetros.

Los bueyes, ya conocedores de los caminos, emprendieron la ruta con buen ritmo. Incluso la empinada subida a Cerezal de Tremor fue un mero trámite para la yunta. La llegada a Brañuelas los animó, aunque todavía quedaba una larga jornada. Cruzaron unos cuantos pueblos de La Cepeda, y serían las cinco de la tarde cuando llegaron a Fontes. Allí pararon en el bar a preguntar si alguien podría echarles una ‘cuartia’ para subir la cuesta de Vallefondo. Venancio el tuerto se ofreció y los acompañó con una pareja de vacas. No hizo falta la ayuda. Los bueyes subieron con aplomo la cuesta sin necesidad de ‘cuartia’. “¡Vamos, vamos, valientes, vamos!” decía Andrés animando a los bueyes. Seguramente llevaban más de tres mil quinientos quilos, aunque la compra había sido a vuelo y era difícil calcular la cantidad comprada. Un montón aquí, otro allá… unos sacos aquí y allá, y así hasta que llenaron el carro.

Ya en el chano, parecía que la mayor parte del camino estaba hecho. Estaban a unos cinco kilómetros de Valdeferrera y calculaba Andrés que, con el amparo de la luna, llegarían de madrugada a casa. Con lo que no contaban los muchachos es con la lluvia que empezaba a caer. Las tinieblas empezaron a envolverlo todo y la luna quedó escondida detrás de las nubes. Era demasiado arriesgado seguir avanzando.

– Julio, hay que parar. Desensobea los bueyes, quítales el yugo y átalos a una mata.

Mientras el hermano pequeño ataba los bueyes a unos robles, Andrés, colocó debajo del carro unas mantas, y agarró un manojo de yerba seca para darles de comer a los animales.

Súbitamente, en menos de un minuto, se encontraron en medio de un aguacero y una negrísima noche. Allí no se veía nada. “Vamos Julio a refugiarnos debajo del carro”, le dijo Andrés. Totalmente a ciegas, con los brazos extendidos hacía adelante, Andrés empezó a caminar en dirección a donde pensaba que había dejado el vehículo. Caminó veinte o treinta metros y el carro no aparecía por ninguna parte. Daba vueltas en círculos tanteando y nada de nada. Todo era oscuridad. Parecía que se lo había tragado la tierra. Empezó a angustiarse, ya que en medido de aquella negrura tampoco veía a su hermano y a los bueyes.

Julio, más temeroso, se alejaba seis u ocho pasos de los bueyes y regresaba a donde estaban las reses. Asustado al ver desaparecer a su hermano empezó a gritar nervioso:
– Andreeés, Andreeés, ¿dónde estás?.
– No encuentro el carro. No sé ve nada. Ahí voy. Sigue dando voces – le decía Andrés.

A tientas, orientado por el ruido, Andrés logró llegar a donde estaba su hermano.

Empapados, buscaron refugio detrás de los animales. A ratos, la lluvia que venía de la sierra se convertía en aguanieve y al golpear el rostro y las manos se sentía cortante. Hilos de agua helada resbalaban por el pescuezo y la papada de los animales que permanecían impasibles.

Andrés resoplaba y tocaba la cabeza. “Nunca viví algo así”, decía. Su hermano pequeño tiritaba de frío y en silencio acariciaba la cabeza de los animales. Después un rato callado preguntó:
– Andrés ¿crees que madre se volverá a casar?

Su hermano quedó pensativo, y después de un rato contestó:
– Julio, trata de descansar, que nos espera una noche muy larga.

Bien entrada la madrugada, la lluvia cesó. Empezó a soplar un viento frío, y entre las nubes dispersas apareció la luna mostrándoles dónde estaba el carro. Ambos muchachos corrieron a refugiarse debajo, envolviéndose en las mantas. Julio enseguida se durmió. Andrés era incapaz de dormir pensando en lo que había preguntado su hermano. A ratos lo vencía el sueño, aunque se despertaba sobresaltado.

Al empezar a clarear el día Andrés se levantó, agarró su manta y tapó a Julio. Con calma empezó a uñir los bueyes y colocarlos al carro. Una vez listo, llamó a su hermano.
– Julio, despierta que ya es de día… Vamos, a ver si llegamos para la hora de misa. Sube al carro y pica los bueyes.

Andrés se colocó delante de la pareja de bueyes y empezó a llamarlos:
– Vamos Roixo, vamos Tizón. Ale, ale. Vamos valientes.

Sobre las diez de la mañana cuando estaban subiendo la cuesta que hay antes de llegar a Valdeferrera, a lo lejos se escuchaban nítidamente el sonido metálico de las campanas convocando a los vecinos a venerar la patrona del pueblo. Andrés, embargado por la emoción, rompió a llorar.

Con las lágrimas aún en la mejilla, llegaron a casa. Metieron el carro para el portal y se prepararon para ir a misa.

Unos días más tarde, descargaron las castañas en un montón. Pasadas unas semanas, cuando tenían todo dispuesto para ir a venderlas por los pueblos, comprobaron que, mojadas por la lluvia, habían fermentado y se habían podrido todas. ¡Qué sabían ellos!

A pesar del contratiempo, cada año, siguieron yendo al Bierzo a buscar castañas. Años más tarde, su madre seguía viuda y Andrés y sus hermanos compraron un pequeño camión. Poco antes de que llegase el invierno, bajaban a Valencia y compraban naranjas.

Con el camión lleno de naranjas, Andrés recorría La Cepeda y el Bierzo vendiéndolas; a veces, las cambiaba por patatas o por castañas que más tarde mercaba en los pueblos de la ribera del Órbigo. Para Andrés, a quien a veces lo acompañaba su hijo, eran días de júbilo.

Llegado a la plaza del pueblo, Andrés le daba unas monedas a los rapaces que allí había para que pregonasen su llegada. Enseguida, un disonante coro de voces inundaba las calles: “Naraaanjas, naraaanjas”. En pocos minutos, al lado del camión había unas cuantas mujeres examinando el género y aprovisionándose de fruta.

– Andrés, bribón, la última vez me salieron varias naranjas podridas – se quejaba una de aquellas paisanas.

– Fíjate que os lo tengo dicho – decía Andrés – Si sale alguna podrida, no la comáis. Esas, echárselas a los gochos.

Gregorio Urz, agosto de 2019

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