El gato


Pocas imágenes evocan mejor lo que era la vida en los pueblos que la de un gato caminando ajeno al vértigo, sobre una tapia de barro con barda incluida. De la criatura que se dice que tiene siete vidas y siempre cae de pie, puede decirse que fue diseñado para ser rural. Hay congéneres urbanos que pugnan por mantener su caché pero el entorno juega en su contra. A buenas horas se les consienten sus serenatas nocturnas allá por el enamoradizo mes de Enero.

El gato, al decir de los entendidos, es un animal introducido desde Asia para combatir la plaga de roedores que asolaba los burgos de la época, cuando otra pandemia, la de la Peste, diezmaba Europa. Los gérmenes de la peste se transmiten por las pulgas que infestan a los roedores y la precaria medicina de la época prescribió el gato como lucha biológica. No es que aquí no hubiera gatos, aquí vive el gato montés, pero son seres refractarios a la domesticación.

Así pues el gato se quedó a vivir en los pueblos cumpliendo con su función de silencioso cazador, mostrando sus felinas habilidades cuando la ocasión así lo requiere. En cambio el gato urbano, cimarrón casi siempre, es ya un subproducto del animal de compañía que un buen día abandonó el hogar, de forma permanente o transitoria, para dar rienda suelta a sus instintos. Este residente urbano gusta de vagar entre contenedores o acomodarse bajo automóviles.

Pero volvamos a la estampa del gato de pueblo, del genuinamente zalamero que se restregaba contra las sayas de las mujeres que admitían su presencia de buen grado. El gato se asocia con la mujer, mientras que el hombre, con las debidas reservas, se puede decir que se identifica más con el perro. Una imagen que se conserva en la retina es la de la señora que se dirige a servirle el menú a su gato al sitio habitual, mientras éste, la sigue al trote, rabo enhiesto, rozándose con las piernas del ama, seguro de su almuerzo o de al menos un ágape.

Los ronroneos de un gato cuando se les frota la frente o las acrobacias imposibles de un “gatín” nuevo saltando en pos de una pelota de papel, que el instructor sujeta con un cordel, debería ser de obligado conocimiento para todos los escolares. Del mismo modo que los más afamados fisioterapeutas, preparadores e incluso fisiólogos varios, deberían explicar un día la paradoja de cómo estos “okupas” felinos, que pueden permanecer horas y horas acostados, ajenos a todo, pueden mantenerse con semejante nivel de elasticidad y reflejos.

Ojos vivaces, uñas afiladas cual hoces, oídos alerta, colmillos agudos, son dotación letal de un exterminador que juega con sus víctimas antes de darles la extremaunción. Sus proverbiales dotes para sortear obstáculos, le permite atrapar sus presas incluso en lugares inverosímiles repletos de obstáculos, superando así el más difícil todavía. Sus saltos de acróbata, su capacidad para “engarriar” ya se nos hacen extraños en la vida urbana que llevamos.

En los pueblos tampoco se ven tanto sus gloriosas exhibiciones. La arquitectura rural se ha ido modernizando y las viviendas muestran los habitáculos ocupados por las personas, más limpios y diáfanos, un ambiente hostil a la proliferación de ratas y ratones. Estos poco aconsejables compañeros de residencia ocupan ahora piezas como desvanes, sótanos, cámaras de las paredes, etc., donde la labor del gato es menos visible y por tanto, menos agradecida.

Con la progresiva pérdida de la arquitectura tradicional, la despoblación de las áreas rurales y la propia comodidad para alimentar a nuestro minino con piensos de fantasía, han hecho de nuestros gatos unos señoritos que parecen haber renunciado a sus principios. Les queda, eso sí, su carácter independiente y altivo. No en vano se decía que el perro era del dueño y el gato era de la casa porque nunca seguía a su dueño si este cambiaba de residencia. ¡¡Miau!!

 

Urbicum Flumen, diciembre de 2020