Aquellas tardes de cine


Desde que el cineasta francés Georges Méliès, allá en los albores del siglo XX, incrustó de un cañonazo una nave espacial en el ojo de la luna, la ficción entró a orbitar en una dimensión desconocida hasta el momento. Poco podía hacer suponer que aquella primigenia filmación abriría un torrente de fantasía que se ha mantenido hasta nuestros días.

El desarrollo del cinematógrafo supuso un vuelco en la forma de narrar historias que no conoció fronteras. Era acercar lo más parecido al teatro a lugares tan apartados que era imposible que pudieran servir de escenario para otras actuaciones que no fueran compañías itinerantes de cómicos, malabaristas o titiriteros con cabras equilibristas, tentetiesos animales haciendo filigranas imposibles al son de trompetas estridentes.

Pero el cine era otra cosa. La mera proyección apagando las luces creaba ya un ambiente propicio para dejarse sorprender por las más variopintas historias, fueran reales o fruto de la creatividad más desbordante. Chicos y mayores fueron “víctimas propiciatorias” de la ilusión que hacía viajar a los lugares más insospechado, verse inmerso en las más fabulosas historias o sentirte partícipe de las más insólitas secuencias, sin mencionar aquellas estrellas de los distintos géneros que hacían despertar secretas pasiones. Una válvula de escape sin igual.

Los pueblos que tenían la suerte de contar con una sala de cine marcaban diferencias. Toda la parafernalia cinematográfica tenía vida propia. Por la semana los fotogramas anticipaban la historia que se vería el próximo domingo, eran magia impresa en cartón luciendo sobre bastidores de madera orlando carteles artísticos en los que figuraban reparto y dirección, así como la sinopsis de una de romanos, del oeste, cómica, bélica, romántica, etc.

Llegado el día, conocidas las películas que serían proyectadas, se presentía el hechizo. En los buenos tiempos la Iglesia se complacía en anotar la calificación moral del filme que, cosas del momento, ya había pasado la pertinente censura e incluso recortes llegado el caso. En plena digestión dominical comenzaba el rito mil veces repetido. La reverencia ante la taquilla: General o butaca. Entradas rotas y adentro. El templo de la fantasía abría sus puertas.

El vestíbulo previo a la sala ya tenía su encanto. Paredes con carteles anunciadores de grandes superproducciones americanas lo copaban todo. Retratos de actores y actrices de ensueño colgaban de las paredes como objeto de deseo, haciendo ignorar efluvios emanados de los desinfectantes de tosca fragancia ambiental. La sobriedad del bar con alto mostrador, informaba de que se había sido admitido en un santuario onírico. Allí se  tomaban los “oranjes”, refrescos de difícil catalogación para los bolsillos más desahogados.

Y por fin, a golpe de timbre, comenzaba la liturgia. Llegando a su hora se ocupaba la localidad señalada, que podía ser un simple banco para los chicos siempre ocupando las plazas más económicas. Los tiros atronaban sobre las cabezas. Se apaga la luz y se hace el silencio sólo roto por alguna tos errática. El aperitivo era el Nodo, versión quiero y no puedo de la Deutsche Wochenende, que daba impostado lustre imperial a las estrecheces del momento. En la furtiva oscuridad, parejas de jóvenes encuentran la intimidad que se les negaba fuera.

Pero si llegabas tarde, una imagen más cargada de historia que las que pudieran asomar en la pantalla, acabó por grabarse en el imaginario público. Era el mítico acomodador, mitad asistente, mitad agente de orden, señalaba tu plaza guiándote por pasillos y filas. La gente se levantaba privando de la escena crucial a la fila de atrás que murmuraba en silencio. También aplacaban  gamberros vociferadores que patalean o silban amparados en la sombra, sobre todo, si como era habitual, el celuloide se quemaba suspendiéndose la proyección.

Sesiones infinitas a veces supervisadas incluso ocasionalmente por la guardia civil. Descansos donde los asistentes no osan hablar en voz alta sobrecogidos como salen. Acabada la función, el público se retira conversando sobre lo visto o interesándose por la vida y obra de alguno de los asistentes. Pero contrariamente a lo que pudiera parecer, cuando el galán acababa por despachar al “malo” y besar a la chica, que acababa sucumbiendo a los encantos masculinos, al encenderse las luces, la filmografía todavía despertaría la curiosidad en la gente menuda.

Fuera la película nacional o de Tarzán, los rapaces jugaban a emular los personajes y con palos de infantil reconversión, pegaban tiros y más tiros en juegos inocentes. Y eso por no mencionar los ratos perdidos buscando restos de película en la que en vano se buscaba un pasaje de alguna escena vista un par de días antes. Fragmentos que habían sido desechados ante la imposibilidad de volver a unirlos. El afortunado que encontraba una buena tira de celuloide era tenido por alguien afortunado y se hacía acreedor de todos los respetos.

Aún quedaban rituales a la salida del cine cuando en las frías noches de invierno, el castañero con su minilocomotora de tueste, se apostaba a la salida del cine. Impagables recuerdos filiales de abrigo y bufanda que no descubrían más que los ojos, con castañas recién asadas en los bolsillos que, a modo de calefacción central, te calentaban hasta llegar a casa. Evidentemente cuando te llevaban al cine a ver películas toleradas para todos los públicos.

Inagotables son las evocaciones de una vida de días de cine que se fueron para no volver, los que se desaparecieron con la televisión cuando nos acercó el cine a casa. Pero me temo que me he alargado en exceso, cosas de los largometrajes. Y ahora, disculpadme, pero Greta Garbo, distante, inalcanzable y misteriosa, me está requiriendo desde su retrato imperecedero, envuelta en pieles para un pase de Ana Karenina y comprenderán que no puedo faltar a mi cita con un mito erótico del cine en blanco y negro.

 

Urbicum Flumen, diciembre de 2020