Los abuelos


Aún hoy pueden verse colgadas de las paredes de casas inmunes al paso del tiempo, a modo de trofeo, los retratos en blanco y negro, de parejas de antepasados mirando fijamente a quien los mira, parecen desafiar al presente desde el más allá. El hieratismo de su mirada despierta sentimientos encontrados a mitad de camino entre la nostalgia y la inquietud sin que pueda precisarse muy  bien a que se puede atribuir

Esos personajes fueron un día gente corriente, gobernaban su casa, tenían sus afanes y sus cuitas. Vivían de su trabajo, por regla general agroganadero e incluso forestal, según su origen. Solían ser autárquicos y como diría Machado eran buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo la tierra. Ellos protagonizaron tiempos pretéritos, tiempos casi siempre difíciles, sin concesiones a la comodidad deseable. Su vida no fue en blanco y negro como sus fotos, sencillamente les tocó vivir una época de otro color.

Los más mayores aún conservamos en nuestra retina el vivo recuerdo de aquellos “viejos” muchas veces prematuros y que eran para hijos y nietos, “los abuelos”. Los más por el destino eran personas rurales. La indumentaria era uniforme, camisa blanca, chaleco y pantalones de pana negra, a veces con remiendos, tocados con boina. Es fácil recordarlos, eméritos de sus tareas por cuestiones de edad o reumáticas, sentados a la puerta, reunidos con otros “viejos” como ellos, con historias del pasado en su conversación porque el futuro ya les era ajeno.

Más adentro el zaguán donde muchas noches durmió el carro de ruedas rechinantes. Alrededor las piezas de la casa y más adentro el patio, herencia romana. Cerca las cuadras de los animales y otras dependencias para los más diversos productos agrarios. Por la casa anda el gato y picotean las gallinas. La mujer, de luto eterno, quien sabe si ya enlutada antes de nacer, ama y señora que huso y puchero se mantiene alejada de la tertulia masculina. Reina en la cocina de carbón o leña donde no falta el cántaro, el escaño, ni la jofaina con su trípode.

A veces llegan los nietos alterando la paz y el orden, entonces aquellos seres en cuyas fotos, sepia por los años, nos parecen seres arcaicos, distantes, resulta que eran criaturas que con otro aspecto eran seres adorables, equiparables a los modernos abuelos que acompañan como ayos a sus nietos, aunque los de hoy más parecen personajes de algún anuncio televisivo. No, aquellos abuelos no gozaban de la misma prestancia, pero el trasfondo sigue siendo invariable.

¿Cómo olvidar aquellas rebanadas de pan que amorosamente partía la abuela para merendar con una onza de chocolate? ¿Cómo olvidar las entradas o salidas en escena del abuelo con su boina, su cacha y su anatomía encorvada, refunfuñón y tierno a la vez? La abuela pausada, con toquilla, pañuelo perenne y rostro igualmente arrugado, contrapunto de su marido, el toque femenino envuelto en la tosquedad de otra época. ¿Cómo olvidar aquellas escudillas o tarteras de sopas que igual servían de desayuno que de cena? Recuerdos y más recuerdos.

A veces el destino, siempre caprichoso, se complacía en dejar viuda a la abuela. Entonces aquella mujer se volcaba con sus nietos, a sabiendas de que no se vería correspondida. Era igual, es como si una sagrada misión presidiera sus actos, un afán de conservación de un legado oculto, a veces bajo algún toque autoritario para no parecer meliflua en exceso, pero fiel guardiana de su infantil linaje, consintiendo impertinencias sin cuento.

Otras veces los avatares de la vida llevaban a  vivir a la abuela a casa de sus hijos y allí, desubicada, recordando su pasado, viendo desdeñados su saber y su experiencia vital, esperaba impertérrita un final que muchas veces no se demoraba en llegar.

Urbicum Flumen, febrero de 2021

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