Tristura


Al sentir gritos, Silvana se despertó sobresaltada. Se levantó de un salto de la butaca donde dormía, encendió la luz de la habitación y corrió hacia la cama donde su padre descansaba.
Allí, en la cama del sanatorio, Custo, un hombre de unos setenta años, braceaba y gritaba como si estuviese poseído:
—¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡Lo único que quiero es la parte que me corresponde! ¡Quiero lo que me dejó mi madre!  Sólo pido eso…
—Papá, paaaa, ¡despertá! ¡despertá! —le decía Silvana zarandeándolo del brazo— Tenés una pesadilla.
—Ay, mamina. ¡Qué solines nos dejaste…! —se lamentaba con los ojos entreabiertos y un hilo de voz— Mamina, llévame contigo…
 
Ya despierto, Silvana agarrándole la mano y acariciándole la cara le preguntó:
—¿Qué pasa papi? ¿Qué pasa, que tenés esas pesadillas tan horribles?
 
El hombre le pidió ayuda para incorporarse y al levantar el brazo derecho vio que se le había enredado con el cable de la botella del suero manteniéndoselo casi inmovilizado.
—No pasa nada, hija. No pasa nada. Estaba delirando. Además se me enredó este telar en el brazo. Ayúdame, anda. Dame agua. Tengo la boca seca.
 
Silvana agarró una botella de agua que había en la mesita de luz y se la acercó a su padre. Después regresó al sillón y cerró los ojos. Tras un rato pensativa, abrió de nuevo los ojos y vio que su padre estaba despierto.
—¿Qué soñabas, pá? Decías algo de tu mamá… —dijo la mujer.
—No lo sé. No me acuerdo —dijo Custo resoplando— Llama por favor a la enfermera, este dolor es insoportable.
 
Un buen rato más tarde, a las siete de la mañana, y Silvana sintió como alguien trataba de despertarla. Era su hermana menor, Julia, que llegaba a hacerle el relevo. En voz baja para no despertarlo, le contó que la noche había sido muy movida. Que las enfermeras habían acudido en varias ocasiones. Le habían administrado analgésicos, pero su padre seguía con fuertes dolores. Le explicó a su hermana que más tarde e consultarían al médico para medicarlo con algo más fuerte.
—Hola Julia —dijo Custo al despertar— ¿Cómo estás, hija?
 
La joven le dio un beso y le acercó una bandeja con comida “Hola paá. Todo bien. Desayuná. Me contó Silvana que pasaste una mala noche”. Custo asintió con la cabeza y empezó a desayunar.
 
La mañana transcurrió tranquila, aunque hacia mediodía el hombre empezó a sentir un fuerte dolor. “Por el amor de Dios, diles que me den algo para esto. Es insoportable” —resoplaba Custo. Enseguida Julia salió a buscar a la enfermera, y minutos más tarde regresó acompañada también por el médico que lo atendía. “Mire, tendremos que probar a darle algo más fuerte. Probaremos con una dosis baja de morfina” —dijo el facultativo. “Lo que sea” dijo Custo “Lo que sea…”.
 
A los cinco minutos de haber abandonado la habitación, la enfermera regresó con un vaso de agua y una pastilla de color rosado. Al poco de habérsela tomado, Custo entró en un estado de somnolencia. Mientras tanto Julia leía unas revistas de moda y de decoración que había comprado en el quiosco del hospital.
 
Sobre medio día, alguien golpeó suavemente la puerta y Julia se acercó a abrir.
—Hola amor ¡qué sorpresa! ¿Que hacés acá? le dijo dándole un beso en los labios.
—Vine a ver a tu papá y de paso almorzar con vos —dijo el hombre— ¿Qué te parece?
 
A Julia le pareció una gran idea que Osvaldo, su marido, se hubiese acercado a la clínica. Su padre dormía y tuvieron que esperar un rato. Justo cuando llegó la comida, Julia despertó a su padre y Osvaldo el marido de Julia se acercó al enfermo y le dio la mano:
—¿Cómo andás, Custo? ¿Cómo andás?
 
A Custo se llenaron los ojos de lágrimas y agarrándole con fuerza la mano dijo:
—Pedro, Pedro, pero ¿qué haces tú por aquí? — dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
 
El hombre, sorprendido se giró hacia su mujer y sin saber muy bien qué hacer balbuceó:
— Custo, soy Osvaldo, tu yerno. ¿No me reconocés?
—¿Sabías Pedro que aquí nadie me llama Ángel? Todo el mundo me llama Custo —le explicaba sonriente.
 
De repente su semblante se tornó serio y dijo:
—Dile a Toña que tan pronto como pueda le mandaré el dinero para que venga con los niños. Ah! y si ves a Nélida dile que me perdone…
 
Asustada Julia, salió corriendo a buscar a las enfermeras. De regreso en la habitación vieron como Custo se aferraba con fuerza a la mano de Osvaldo como marinero en un naufragio. Totalmente desorientado, desvariaba y decía nombres de personas y lugares que su hija desconocía. Con una pequeña jeringuilla, la enfermera le administró un sedante. “Hay personas a las que les pasa esto con la morfina” —dijo.
 
Custo volvió a quedarse dormido y Julia y su marido aprovecharon para ir a la cafetería del Hospital a comer. Estaban muy preocupados.
—No sé tu papá. Ahí pasa algo raro. Tal vez tiene otra familia… — dijo Osvaldo encogiéndose de hombros.
—No. No digas boludeces. Mi papá ¿otra familia? Imposible —respondió Julia negando con la cabeza.
—Fijáte que cuando se murió el papá de Rita aparecieron en el funeral dos hermanos que no conocía de nada. Por ahí, tu papá tiene otra familia… por ahí, tal vez dejó mujer e hijos en España, antes de venirse a Argentina. ¿Qué sabés vos de la vida de tu papá? Vos no sabés nada…
—No. Imposible. Imposible —negaba Julia pensativa— Del pasado de mi padre sabemos muy pocas cosas, pero otra familia no.
 
Una vez almorzaron, Osvaldo regresó a su oficina y Julia a la habitación.
 
“Por ahí tu papá tiene otra familia”. Aquella frase quedó retumbando en la cabeza de Julia. Sí que sabía que su padre se llamaba Ángel Custodio pero había muchas cosas que ignoraba ¿Quién era Pedro? ¿Y Nélida? ¿Y Toña y los niños? Nunca su padre les contó nada del pueblo ni había mostrado nunca el más mínimo interés en regresar a España, ni siquiera de paseo o de vacaciones. Ahí cayó en la cuenta de que su padre guardaba algún secreto.
 
Esa misma tarde cuando Ada, la esposa de Custo, acudió a visitarlo al sanatorio, Julia le contó a su madre con pelos y señales la situación vivida con Osvaldo. “Imposible que papá tenga otra familia” dijo Ada. Después le explicó a su hija que en cuarenta años de matrimonio nunca había tenido ni la más mínima sospecha de que su padre hubiese tenido una doble vida. Le explicó que cada dos o tres años, y durante una o dos semanas, su padre se volvía taciturno y se pasaba los días enteros sin apenas hablar. “Ya lo conocéis. Es ‘tristura’, como él dice, pero nada que haga sospechar de algo malo”, explicó la madre.
—Pero maá, ¿no te parece raro que papá nunca nos haya contado nada de su vida antes de llegar a Argentina? —le dijo Julia.
 
También Julia le contó a su hermana todo lo ocurrido y sus sospechas de que su padre les estuviera ocultando algo. Decidieron que lo mejor era preguntarle a él, aunque el estado de salud no lo permitía. Esperarían a que su padre mejorase.
 
Una semana más tarde, Custo empezaba a notar una gran mejoría. Los médicos decían que la operación de espalda había salido bien y aquellos terribles dolores habían desaparecido. Un domingo a la tarde, ambas hijas, Silvana y Julia, coincidieron en el Hospital. Su padre se interesó por la marcha de la empresa. Ellas le contaron que las ventas, a pesar de su ausencia, se habían incrementado ligeramente. Que todo iba bien. Custo se puso contento al escuchar esas noticias y también al saber que todos y cada uno de sus empleados se habían interesado por su estado de salud. “Díganles que la semana que viene estaré de nuevo por ahí” les dijo.
—No, paá. Vos te tenés que jubilar ya. Después de esto, no podés trabajar tantas horas —le dijo Silvana.
 
En ese momento se hizo un silencio incómodo. No estaba en los planes de Custo jubilarse, pero sus hijas parecían estar pasándole un mensaje. “Quizás tienen razón” razonó. Pensó en lo que podía significar su jubilación y quedó ensimismado.
 
—¿Paá? —dijo Julia interrumpiendo sus cavilaciones.
—Dime hija, dime —contestó Custo.
—¿Vos tenés otra familia? —le soltó como un disparo a bocajarro.
—Julia… Julia, hija de mi corazón. ¿Tú crees después de trabajar catorce o dieciséis horas en el negocio y de las horas que pasaba con vosotras me quedaba tiempo y energía para otra familia?
—¿Qué se yo? —dijo Julia, encogiéndose de hombros— Hay gente que tiene otra familia… Vos viajabas muy seguido a Rosario.
 
Custo hizo señas a su hija para que se acercase y abrazándola con fuerza dijo:
—Tú, tu hermana y tu mamá sois mi única familia.
—Pero vos papá nunca nos contás nada de España, ni de tu pueblo ni de tu familia de allá —se quejó Silvana— ¿Por qué viniste a Argentina?
— Mira, en mi pueblo sólo había miseria. Miseria. Mucha miseria.
 
Con pelos y señales les explicó a sus hijas que su padre lo había enviado con doce años a cuidar vacas a la montaña. Les contó que con el primer dinero que ganó compró unas botas porque hasta ese momento siempre había andado descalzo. Y que cuando regresó a su pueblo, lo hizo caminando con las botas en la mano para que no se le gastasen. En ese momento, recordó el río Omaña y los robles. Se le llenaron los ojos de lágrimas y un nudo en la garganta le impidió seguir con la explicación.
 
En silencio, recordó los días de primavera cuando al salir de la escuela iba con Pedro y Severino a buscar nidos en las sebes de los prados o en el monte ¡Qué ojo tenía Pedro!, pensó. “Mira Gelín, un ñal de abillín… este es de mierla… este de jilguerín” Además Pedro conocía todos los pájaros. Recordó también aquellos días calurosos de julio cuando al atardecer y después de un duro día de trabajo acarreando la yerba iban a bañarse al río. Recordaba cuando ya quintos, algunas noches de luna llena, las mozas más atrevidas, aunque con ropa, se metían con ellos en el río. Eran momentos felices. En un instante, por su cabeza pasaron todos sus amigos y conocidos. Hacía más de cincuenta años que nos los veía, pero reconocía a todos y cada uno de ellos. En una fracción de segundo recorrió cada rincón del pueblo donde había pasado su infancia y juventud. Al recordar aquello, Custo no pudo contenerse y rompió a llorar.
 
Pidió ir al baño y ayudado por sus hijas, se puso de pie. En el baño se lavó la cara, y después regresó a la cama de nuevo.
 
—Papá ¿quién es Toña? —preguntó la menor de sus hijas.
—Pero ¿qué es esto? Parece un interrogatorio de la policía… Diculpaaame señora polisía, shoo no me las robé. Las encontré tiradas en la cashhe —bromeó Custo imitando el acento argentino de sus hijas y soltando una carcajada.
—Paá, vos pensás que somos unas nenitas…
 
En ese momento, un auxiliar entró a dejarle la cena. Custo comió con buen apetito, indicativo también de que empezaba a recuperar la salud.
—Paá, al final no nos dijiste quien era Toña —insistió Julia una vez que el hombre acabó de comer.
 
El padre la miró y moviendo la cabeza dijo:
—Toña era mi hermana…
—Pero vos decías que no tenías familia, que estaban todos muertos —indicó la mujer.
—Bueno, no sé. Es como si estuviesen muertos. Estaban a quince mil kilómetros de distancia…
—Y ¿Nélida? ¿Quién es Nélida? Vos hace días, cuando delirabas, la nombraste. Decías que te perdonase.
 
Custo al escuchar ese nombre se puso colorado y empezó a tartamudear.
—Era una amiga de Toña —dijo saliendo del paso— No tenéis porque saberlo todo…
 
Elevando el tono de voz y sentándose en la cama dijo:
—Además, ya que tanto queréis saber os voy a contar la verdad de porqué me vine de España.
 
Les explicó que su madre murió cuando él tenía diecisiete años. “Un día discutí con mi padre y él me echó de casa” —les dijo— “Así de sencillo. Después de un tiempo trabajando en León, me cansé de que me explotasen y saqué un pasaje para Argentina”.
—¿Cómo olvidar aquello? —explicaba Custo— Viajé en cuarta clase. Nos trataban peor que a los animales. Se me hizo eterno…
 
Entonces Custo recordó el éxodo hacia Argentina. Primero, el trayecto en tren hasta Vigo y después el barco. Los dolores que había sentido la semana pasada no eran nada comparado con lo que sintió a medida que aquel transatlántico se alejaba del puerto de Vigo. En aquel momento sabía que nunca regresaría a España ni a Valdeomaña. Empezaba de cero una nueva vida.
—Eso sí, tuve suerte… he trabajado duro, pero Argentina me lo ha dado todo —dijo Custo— Entre otras cosas, me dio a la mejor familia del mundo.
 
Miró a sus hijas y sonrió. Aparentemente era un hombre feliz. En ese momento, Julia y Silvana emocionadas corrieron a abrazar a su padre. Después de un prolongado abrazo, Custo se recostó de nuevo en la cama y cerró los ojos. Se sentía mejor después de aquella conversación con sus hijas, pero no les había contado la verdad. “A veces, no lleva a ningún sitio contar la verdad”, pensó. En ese momento le vino de nuevo a la cabeza aquel día frío de invierno cuando, en la cocina al lado de la lumbre, le pidió permiso a su padre para casarse con Nélida.
 
Recordó cada sílaba, cada silencio, cada mirada de aquella conversación. Sintió de nuevo como se le reventaba el pecho de dolor al recordar cómo su padre le confesaba aquel sórdido y doloroso secreto que imposibilitaba la boda. Recordó también como, preso de la ira, agarró el cuchillo que estaba encima de la mesa y como, por un instante, pensó en degollar a su progenitor como si fuese un cordero.
 
Pero no, no lo hizo. Gelín que era como lo llamaban en Valdeomaña, miró fijamente a su padre y, antes de dejar el cuchillo de nuevo en la mesa y abandonar la cocina, le dijo:
—Padre, quiero me de la parte de la herencia que corresponde. Si usted no quiere repartir lo suyo, quiero la parte de madre. Es mío.
 
El resto de la historia ya era conocida. Una semana más tarde, embarcaba en Vigo con dirección a Argentina. Nunca quiso saber nada de su familia ni de su pueblo.
 
Custo abrió de nuevo los ojos y allí seguían sus hijas que lo miraban sonrientes. Aunque también él tenía motivos para sonreír, por dentro seguían aquellas heridas que nunca cicatrizaron y que hacían que cada tanto la murnia, la tristura —una melancolía difícil de describir— se apoderase de él.
 
Gregorio Urz, mayo de 2020

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