El petróleo se agota: ¿es el colapso inevitable?


Hace muchos años viajaba de Barcelona a León con uno de mis tíos. Viajábamos en un R-5 y cuando estábamos por Soria (ignoro por qué mi tío elegía esos caminos) una luz en el tablero nos avisó que nos quedábamos sin gasolina. Por alguna razón, mi tío decidió ignorarla y al final nos quedamos allí tirados.

La anécdota sirve para hacer una analogía con lo que está pasando en la actualidad: ya son muchos los avisos que anuncian que algo pasa con el petróleo. La mala noticia es que —según una mayoría de científicos— ya se alcanzó el ‘peak oil’ o pico máximo de producción, con lo cual el petróleo disponible no hará sino disminuir con el tiempo. Cosa normal por otro lado, ya que es un recurso finito y a este ritmo de consumo algún día, más tarde o más pronto, se acabará agotando.

Otra ‘mala noticia’ es que la disponibilidad de energía abundante y relativamente barata —como el petróleo— fue uno de los factores, sino el principal, que propició el espectacular crecimiento económico del último siglo y medio. Es decir, la economía actual se cimenta en los hidrocarburos. ¿Qué pasaría pues si nos estuviésemos quedando sin petróleo y más teniendo en cuenta que en algunos sectores no es fácil —o ni siquiera posible— sustituir el petróleo por otras fuentes de energía? ¿Nos quedaremos tiramos?

Precisamente, sobre qué sucederá en el futuro hay posturas opuestas; mientras que hay quienes señalan que si se siguen ignorando los avisos habrá un colapso generalizado, otros piensan que la tecnología permitirá afrontar a la escasez y encontrar salidas a las problemáticas que de ella se derivan.

Bien, como no tenemos una bola mágica que anticipe lo que pasará en los próximos años, podemos recurrir a la Historia que —como ‘ventana al futuro’— nos puede mostrar cómo se lidió con la escasez de petróleo en otras fechas. Quizás nos dé ideas para anticipar lo que puede venir.

Un buen ejemplo histórico es la crisis del petróleo de 1973. Ese año, como represalia a Israel por la guerra del Yom Kippur, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) decidió reducir las extracciones de crudo. Como consecuencia de ello se triplicó el precio del barril de crudo, que pasó de 3 dólares a 10-12 dólares. Por su parte, el encarecimiento del petróleo arrastró al alza todos los precios de la energía, dado que el modelo energético en su conjunto estaba basado directa o indirectamente en derivados del petróleo. Los precios de la electricidad y otras formas de energía se cuadruplicaron entre 1970 y 1985. El peso real del gasto energético aumentó entre un 30 y un 40% y el IPC se triplicó en los países occidentales.

A corto plazo al ser la demanda de energía es muy inelástica, su encarecimiento repentino provocó cuatro efectos inmediatos:

(i) indujo un aumento de los precios de todo tipo de productos, dado que a través del consumo energético el petróleo intervenía como input importante en la producción y distribución de muchos otros productos;

(ii) aumentó la factura energética de las empresas y las familias, en detrimento de otros bienes de consumo o inversión;

(iii) se aceleraron las tendencias al estancamiento debido al menor ritmo de incremento de la productividad, y la caída de beneficios y expectativas empresariales;

(iv) se generó un flujo de renta hacia los países exportadores de crudo, mientras se deterioraba la relación real de intercambio de los países importadores de petróleo.

También a medio y largo plazo la crisis del petróleo de 1973 tuvo un quinto efecto, que tendía a apaciguar a los otros cuatro: el alto precio de la energía indujo un uso más eficiente de ésta mediante la reducción de las considerables pérdidas de transformación y transporte, la búsqueda de fuentes de energía alternativas y el cambio estructural hacia actividades menos intensivas en petróleo. En definitiva, a medio y largo plazo se produjo una reducción de la intensidad energética de la economía.

Al igual que 1973, la subida actual de precios de la energía parece tener consecuencias muy similares, entre ellas inflación y estancamiento económico. Crisis económica, vaya. Sin embargo están apareciendo otros efectos en cascada que no se dieron en los años 70 del siglo pasado, o no tuvieron un impacto tan acusado: así por ejemplo la producción agrícola y ganadera se está viendo seriamente comprometida por el encarecimiento (y escasez) de diésel. El problema es que hemos pasado de 3.900 millones de personas en 1973 a unos 8.000 millones en la actualidad. A ello se añade el encarecimiento del precio de los fertilizantes químicos —alguno de ellos obtenidos del petróleo—o el transporte por barco y carretera, lo que a su vez dificulta la producción de alimentos… Todo se complica aún más en una economía globalizada como la nuestra donde la mayoría de los alimentos que consumimos son producidos a miles de kilométros y dependen del transporte. Ah! y ahí está también el cambio climático y el aumento de los fenómenos extremos como sequías o inundaciones que también afectarán la producción alimentaria.

Pero la escasez de petróleo no sólo perjudicará la producción agrícola, sino que también la producción industrial, más allá del encarecimiento de la energía y el transporte, se verá afectada de maneras muy diversas. Así por ejemplo, la menor disponibilidad de crudo afecta a la producción de azufre —y de ácido sulfúrico— necesario para la extracción del cobre, imprescindible a su vez para las energías renovables o los motores eléctricos. Y así otros muchos procesos. Lo preocupante es que del petróleo se obtienen plásticos, fertilizantes, detergentes, caucho sintético, gas butano, o disolventes. Las reacciones en cadena que se derivan del déficit de estos productos puede llegar a tener efectos terribles. Es lógico que viendo estos ‘efectos encadenados’ haya muchísima gente que sostenga que vamos directos al colapso.

No cabe duda de que habrá escasez y desabastecimiento a nivel mundial. Los productos básicos verán disparados su precio y en muchos países esto será la mecha que prenderá protestas y revueltas contra los gobiernos de turno. Habrá tambien radicalización política, golpes de Estado e incluso guerras. Pero, es poco probable que lleguemos a ver un escenario post-apocalíptico tipo película de Mad Max; tampoco será un ‘colapso’ de la sociedad actual similar a los que describe Jared Diamond en su libro «El colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen». En realidad, pocas sociedades han colapsado y menos en un corto período de tiempo.

Lo que está claro es que vendrán tiempos muy complicados y habrá que volver la vista al pasado, cuando la escasez era la norma. Sabemos que en las sociedades tradicionales, ante el crecimiento poblacional —y la consiguiente escasez de recursos— funcionaban tanto los ‘frenos’ malthusianos (caída de la natalidad, retraso de la edad del matrimonio, aumento del celibato, emigración, etc) como las ‘soluciones’ boserupianas. Es decir, se ponía freno a al aumento de la población y/o se buscaban soluciones tecnológicas que permitiesen incrementar la producción / productividad.

Sin embargo en el caso del petróleo, no parece que haya soluciones tecnológicas viables y escalables a corto plazo. Que si el hidrógeno, que si la fusión nuclear, que si parques eólicos y solares… De nuevo, la historia ofrece enseñanzas interesantes, y así por ejemplo sabemos que aunque se disponga del conocimiento científico no siempre es fácil su aplicación práctica, ya que siempre aparecen ‘cuellos de botella’ que son complicados de superar. ¿Recuerdan el grafeno y la cantidad de titulares que aparecían sobre este material en las noticias? Hace unos años parecía que este novísimo material iba a revolucionar todos los sectores industriales, sin embargo a día de hoy sus aplicaciones prácticas siguen siendo limitadas.

A ello se añade que la difusión y adopción de nuevas tecnologías llevan su tiempo, y un buen ejemplo podría ser lo ocurrido con el automóvil. El primer motor de gasolina de 4 tiempos de la historia, base de todos los motores posteriores de combustión interna, fue creado por Nikolaus August Otto en 1867. Diecinueve años más tarde, en 1886, Karl Benz comenzó a a utilizar motores de gasolina en sus primeros prototipos de automóviles. Ahora bien, ¿cuándo se convirtió el automóvil en un medio de transporte más o menos asequible para todo el mundo? Pues, como saben, en España hubo que esperar a los años 60 del siglo XX. Con el hidrógeno parece que vamos por el mismo camino. Ya hace unos cuantos años que se dispone de la tecnología, pero… siempre hay un ‘pero’ que lo complica todo: que si la eficiencia, que si la obtención y almacenamiento del hidrógeno…

En fin… no parece haber soluciones fáciles. Quizás habrá que ‘aprender’ a gestionar la escasez y de nuevo aparecen numerosos ejemplos de cómo históricamente las sociedades tradicionales fueron capaces de hacerlo. Lo que parece claro es que hay que empezar a cambiar los patrones de consumo. Es necesaria otra lógica económica y, en relación a ello, es sumamente interesante lo planteado por los partidarios del ‘decrecimiento’. Uno de los impulsores de estas teorías es el economista Serge Latouche quien en el “Pequeño tratado del decrecimiento sereno” (Editorial Icaria) un libro cortito y de fácil lectura, propone 8 criterios básicos para empezar a transformar la sociedad: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar.

Ahí lo dejo. Cada uno saque sus propias conclusiones sobre si el colapso es inevitable o no. Pueden dejar sus comentarios al respecto.


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Foto de Spencer Selover en Pexels