Repasando notas que voy tomando de algunos libros, aparece esta:
“La historia se ha vuelto invisible, y se expresa de una forma esquinada, que no parece dejar huellas colectivas: las grandes empresas convierten en casos clínicos lo que que ayer mismo eran problemas sociales: a la explotación laboral, y al descontento que genera en las víctimas, se los filetea en lonchas cada vez más abundantes y finas que se llaman inadaptación, mobbing, desmotivación, síndrome postvacacional, depresión del lunes… Cada uno cree sufrir las consecuencias de una enfermedad propia, su catastrófica experiencia única. No se siente pieza de un asunto colectivo”.
Rafael Chirbes, Diarios 3 y 4, p. 341.
La cita de Rafael Chirbes es una aguda observación sobre una de las formas más sutiles de poder contemporáneo, la individualización del malestar. En ella se pone en evidencia cómo los efectos del sistema económico y social, que antaño generaban respuestas colectivas —movimientos obreros, sindicatos, movilizaciones políticas—, hoy parecen diluirse en un mar de síntomas individuales, clínicamente tratados y socialmente desvinculados.
Esta “invisibilización de la historia” que menciona Chirbes más que una desaparición es una transformación, los grandes relatos sociales los cuales han sido sustituidos por narraciones privadas. La precariedad, la frustración laboral, la alienación, no se interpretan como expresiones de estructuras injustas o conflictos históricos, sino como disfunciones emocionales, fallos personales, desajustes psicológicos. La industria del bienestar, del coaching, de la autoayuda e incluso parte de la medicina se convierten —quizá sin quererlo— en herramientas que encapsulan y desactivan el potencial político del sufrimiento y la explotación.
Cuando una persona se siente explotada en su trabajo, no se pregunta si esa condición forma parte de un sistema laboral ‘injusto’ que privilegia la productividad y el beneficio empresarial sobre el bienestar del trabajador, o incluso sobre su dignidad. En lugar de eso, la persona se pregunta si tiene el trabajo adecuado para su “perfil”, si se está organizando bien, si necesita cambiar de actitud, si está deprimida, si ha perdido la motivación,… De esta manera, el conflicto no es leído en clave histórica sino que es desplazado hacia el consultorio. El síntoma, como dice Chirbes, ha sido “fileteado” en una serie de categorías clínicas que, aunque pueden describir con precisión el dolor, no lo vinculan con su origen estructural.
Esto produce un efecto doblemente perjudicial. Por un lado, se desactiva el potencial colectivo de transformación: si el sufrimiento es personal, la solución también lo será, y nunca pasará por el cuestionamiento del sistema. Por otro, se agudiza la sensación de aislamiento: cada quien vive su experiencia como única, como una anomalía individual, sin ver que comparte con miles —con millones— un malestar común.
Frente a esto, la tarea de repolitizar el sufrimiento se vuelve urgente. No se trata de negar la dimensión psíquica del dolor. Se trata, más bien, de recordar que muchas veces lo que puede ser visto como un fallo individual es en realidad un síntoma social. En este sentido, lo íntimo también es político. Las nuevas formas de malestar necesitan leerse no solo desde el lenguaje de la psicología, sino también desde la historia, la sociología y una ética colectiva.
Lo que Chirbes nos invita a pensar es que, sin una mirada anclada en lo común, terminamos perdiendo tanto el relato de la historia como nuestra capacidad para transformarla.

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