Hace unos días leía en Le Nouvel Obs un dossier que me pareció interesante y me gustaría compartir unas reflexiones al respecto. No recuerdo el título, pero era la revista de julio de 2025 por si alguien quiere buscarlo. Entre otras cosas, se preguntaban los/as autores/as si la amabilidad es una debilidad o una poderosa forma de resistencia.

Es complejo, y no del todo así, pero hemos llegado a un punto que la violencia verbal y los ‘malos modales’ casi se valoran como una virtud. Se buscan líderes que ‘digan las verdades a la cara’ y se normaliza el ‘matonismo’ o los ‘exabruptos’ de los poderosos. Baste recordar la humillación a la que quisieron someter a Zelensky meses atrás cuando visitó la Casa Blanca; o, hace unos días, la respuesta de Trump a la pregunta incómoda de una periodista: “Cállate, cállate, cerdita”.

En ese artículo se citaba a la filósofa Laurence Devillairs, la cual reivindica la amabilidad como un deber democrático. Dice Devillairs que, en una sociedad llena de confrontaciones, la amabilidad no es un gesto superficial o ingenuo, sino un acto consciente y virtuoso que transforma nuestras relaciones y cuestiona la violencia y la hipocresía que nos rodean.

Continua explicando que, mientras que la Historia de la Filosofía se ha centrado más en la bondad, una virtud que implica un compromiso moral profundo y menos ingenuo, la amabilidad suele ser vista como algo más débil. Sin embargo, como expone Devillairs citando a Kant, no nacemos buenos ni malos: la amabilidad es una decisión libre, un acto valiente que refleja nuestra capacidad para elegir el bien en cada momento.

En una época en la que los malos modales y ‘hijoputismo’ campan a sus anchas en las empresas, en la política, en la calle…, estoy de acuerdo que la amabilidad puede servir para desenmascarar la hipocresía que muchas veces hay detrás de esos gestos de maldad disfrazados de falsa virtud. De esta manera, frente a una sociedad que está dispuesta a aceptar el mal, la amabilidad al promover la tolerancia se convierte en un acto subversivo.

Dice Devillairs que recuperar la amabilidad es urgente y necesario. No se trata solo de ser “simpáticos”, sino de abrazar una libertad ética que desafía la lógica del conflicto, un valor que fortalece nuestra convivencia y nuestro compromiso democrático. La amabilidad, lejos de ser un simple rasgo, significa elegir el bien, y en esa elección reside su verdadera fuerza transformadora.

En fin. Sean buenos.


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