Con problemas gastrointestinales en Mauritania


Como ustedes saben, los países tropicales están llenos de peligros. El principal son los dragones de Komodo; después viene la morriña, y en tercer lugar se sitúan las diarreas y demás molestias gastrointestinales.

En estos países todo es exuberante y uno no puede bajar la guardia. Como a la hora de comer te dejes llevar por la gula, el hambre o el cansancio, estás perdido. Hoy les voy a contar lo que me ocurrió en un viaje al sur de Mauritania.

Después de un viaje de varias horas desde Nuatchott llegué a Kaedi y me dirigí al Hotel Faboly. Allí, aparte del recepcionista, no había ni un alma. Cené en una terraza a media luz. Vaya, que cené a oscuras porque no se veía un carajo. Atontado por el viaje, pedí pollo. Sí, pedí pollo, ese reservorio natural de antibióticos, patógenos, bacterias y otros elementos nocivos. Nada más verlo a medio cocinar y probar el primer bocado pensé: “Ya verás como este pollo me va joder”. Y vaya, ¡cómo me jodió!

Al día siguiente desperté con ligeras molestias estomacales, aunque nada hacía pensar que sería un día complicado.

La mañana transcurrió sin sobresaltos. Hicimos todas las visitas que previstas y todo fue estupendamente bien hasta el regreso sobre el mediodía. Nada más subirme al coche, las tripas empezaron a rugirme como una lavadora centrifugando. Se avecinaba una gran tormenta y había que ir preparando la situación por si todo acababa en catástrofe.

– ¿Cuánto tardaremos en llegar a la ciudad?, pregunté al chofer.
– Veinte minutos, más o menos, me dijo.

¿Más o menos? ¿Más o menos? Mentirosos. No hay gente más mentirosa que los conductores. Bueno sí, los cazadores, y los de Morriondo. Cuando un conductor te dice que un trayecto dura una hora, prepárate para una hora y media o dos horas. Cuando te dice 4 ó 5 horas, prepárate para un viaje de ocho.

Bueno, el caso es cuando el chófer me dijo que quedaban veinte minutos para llegar al destino, confié en que, aún siendo un trayecto de cincuenta minutos, lograría salvar la situación. Pero no, no. A los cinco minutos los retortijones anunciaban que había que tomar medidas drásticas.

La tesitura era muy complicada porque estábamos transitando una zona llana y no había ni un árbol donde resguardarse a ‘tirar los pantalones’. La cosa iba a peor y evaluando la situación llegó un momento que la única solución era parar y evacuar.

Empecé a sudar y retorcerme en el asiento.

– ¿Se encuentra usted bien?
– Sí, sí. No se preocupen. Voy medio mareado, pero nada grave.

Mentí. La situación era dramática. Y, como les decía, el paisaje no podía ser más desolador. Ni un árbol, ni una roca, ni un mísero arbusto donde resguardarse de miradas incómodas. Todo era llanura y desierto. ¡Qué países tan poco dotados, por el amor de Dios!

Necesitaba un milagro. Y lo necesitaba urgente. La situación era explosiva. Literalmente, aquello iba a explotar. Como soy hombre creyente, el milagro ocurrió. Al lado del camino apareció un montón de tierra que podía servir a mis propósitos. Comprobé que llevaba papel higiénico en la mochila y tomé una decisión rápida. Los marqueses somos así: vemos una oportunidad en cualquier montón de tierra.

– Arrête! Arrête! S’il vous plait!, le grité al chófer.

No sé si me entendió o no, pero antes que hubiese frenado ya había abierto la puerta y tenía medio cuerpo fuera del coche.

Salté de la camioneta y corrí hacia el montón de tierra con las manos en la barriga. Les ahorraré detalles escatológicos, pero aquello fue una operación ‘tipo comando’. Quedan 20 segundos… quedan 10 segundos… diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero. Misión cumplida. Evacuación y limpieza realizada. Todo en orden.

Mi intuición no falló, el resto de pasajeros se había bajado del coche y cuando salí de detrás del montón de tierra, venían hacía mi a interesarse por mi estado de salud. Ufff. Como les decía, menos mal que fue una ‘operación comando’, porque si llego a tardar diez segundos más, hubiera sido un papelón. Un espectáculo.

– ¿Todo bien?
– Sí, sí. Menos mal que vomité… Señores, señoras vayamos hacia el coche. Ya me siento mucho mejor.

En fin…

Seguro que en tus viajes te han pasado historias muy similares, o incluso peores. Si te apetece, puedes contárnoslo en los comentarios…

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