En estos últimos años, con la llegada del buen tiempo y de la temporada de turismo, aparecen también las quejas de algunos empresarios del sector de la hostelería. Cada año lamentan no encontrar gente dispuesta a trabajar.
Dicen que nadie quiere los trabajos que ofrecen y es que, básicamente, se trata de trabajar entre 12 y 14 horas diarias con un día libre a la semana por un poco más del salario mínimo. A eso habría que sumar las propinas, aunque en algunos sitios —antes de que el futuro asalariado empiece— dejan claro que la mitad son para el dueño del negocio y la otra mitad a repartir entre todos los trabajadores. En todo caso, si uno lo mira en detalle, apenas hay diferencia de las condiciones con las que, en la postguerra, las familias más pobres enviaban a sus hijos a “servir” de criados a las casas de los ricos a cambio únicamente de la comida. Y es que, hoy en día, si uno resta del salario los gastos del alquiler, la comida, el transporte y los servicios básicos, lo que queda es trabajo por la mera manutención.
Es por ello que, aquí en España se empieza a hablar de que muchos jóvenes están ‘renunciando’ a ser explotados a cambio de salarios míseros en un contexto de coste de vida disparado. Algo por otra parte normal, visto que, aún trabajando como pobres desgraciados, no tendrán posibilidad alguna de ahorrar o de emanciparse y dejar la casa de los padres.
Quizás ese fenómeno de ‘renunciar’ a este tipo de trabajos es lo que algunos han denominado como la Gran Renuncia, o también Gran Dimisión, fenómeno iniciado en Estados Unidos en 2021 cuando millones de personas empezaron a abandonar voluntariamente sus empleos. Lo que inicialmente parecía una reacción puntual al hastío derivado de la pandemia, en poco tiempo se convirtió en una transformación estructural del mercado laboral. Poco a poco, en otros muchos países se ha ido siguiendo el ejemplo de los EEUU, y millones de personas han comenzado a ‘renunciar’ a sus trabajos, siendo la hostelería uno de los sectores más afectados.
¿Por qué y por qué ahora? Los entendidos dicen que la Gran Renuncia no surgió de la nada, sino que fue el resultado de años, o incluso décadas, de precariedad: salarios de mierda, jornadas interminables, nula o escasa conciliación y total ausencia de perspectivas de mejora. Lo de siempre: un modelo laboral que siempre exige sacrificios a los trabajadores a cambio de nada.
Precisamente en sectores como la hostelería, durante muchos años la norma ha sido aceptar esas condiciones precarias. Por un lado, en lugares turísticos, como Barcelona o las Islas Baleares, el trabajo en la hostelería ha sido la salida de muchos jóvenes que no querían continuar estudiando. Al vivir en casa de los padres y apenas tener que afrontar gastos, el ingreso obtenido —aunque mínimo—, es muy valioso para ellos y para la unidad familiar. Sin embargo, el problema llega cuando estos jóvenes se quieren independizar: los salarios no dan y los números no cuadran. Convendría señalar también que detrás de todo esto se oculta el fracaso del sistema escolar. Muchos de estos jóvenes son hijos de inmigrantes que fracasan en la escuela, pero no tienen problemas para acceder al mercado laboral (aunque, como dije, lo hagan a través de condiciones precarias).
Por otro lado, en estos contextos de ‘alta demanda’ de mano de obra, la llegada constante de migrantes de países del Sur, a menudo en situación administrativa irregular y en una situación económica tremendamente vulnerable, ha permitido sostener un modelo que se apoya en la existencia de un “ejército de reserva de mano de obra” que diría Karl Marx.
Según Marx, el capitalismo necesita mantener siempre una bolsa de trabajadores —ya sean parados, subempleados o con trabajos precarios— para evitar que los salarios suban y las condiciones laborales mejoren. Ese excedente actúa de disciplina o de acicate para aceptar las ‘reglas del juego’: “Esto es lo que hay… No quieres el trabajo, tu verás. Tengo a 20 esperando a la puerta” que diría alguno de estos empresarios. De esta manera, la precariedad y la explotación laboral se ha convertido en norma. En ese sentido, no es casual que muchos empresarios hayan encontrado en la inmigración irregular una bendición. Quien más se beneficia de esa situación no es el migrante, sino el empleador que disfruta de una abundante de mano de obra barata y sin mucha capacidad para exigir mejoras o derechos laborales. No olvidemos que el gran aumento de la inmigración en España durante los años 2000 fue promovido bajo el gobierno de Aznar, justo cuando explotaba el boom económico y el sector ‘Servicios’ demandaba brazos para sostenerlo.
Más allá de los salarios y la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores, hay otro factor que empuja a la renuncia: la insatisfacción profunda con el trabajo. Y es que hay muchísima gente que detesta los ‘trabajos de mierda’ que tienen, aunque esto no aplique estrictamente a la hostelería. En terminología de Graeber, los trabajos de mierda (que no los trabajos precarios) son trabajos que no aportan nada a la sociedad y que acaban generando una profunda insatisfacción a quienes los desempeñan. En muchos casos, la inutilidad percibida lleva a las personas a preguntarse qué demonios hacen en ese tipo de trabajos y si vale la pena seguir trabajando.
Por su parte, la pandemia de COVID-19 trajo también cosas interesantes. Años reivindicando algún día de ‘teletrabajo’ a la semana y años de negativas por parte de los empresarios. De repente, con la pandemia, el teletrabajo no sólo era posible, sino que en muchos casos se convirtió en la única opción. Algo que parecía a todas luces inviable se convirtió en algo normal. El problema es que con el teletrabajo, muchas personas empezamos a ‘disfrutar’ de una vida laboral distinta: más conciliación familiar, más autonomía, menos viajes inútiles, menos estrés…
Es por eso, que pasada la pandemia, mucha gente se dio cuenta que el regreso a la oficina y a las viejas formas de organización eran un palo. La pandemia desnudó al rey y mostró que había otras maneras de organizarse. Además rompió un tabú: muchas de las condiciones impuestas como la presencialidad no nacían de la búsqueda de una mayor eficiencia y productividad, sino que eran fruto de la inercia y tenían como objetivo principal el control de los trabajadores. En realidad, este sistema de trabajo es un modelo surgido en el siglo XIX: jornadas de ocho horas con horario de entrada, salida y control. Y es que las modernas oficinas no son más que la réplica limpia de las antiguas fábricas. Como explica el historiador E.P. Thompson, las fábricas no solo producían mercancías: también servían para disciplinar a los trabajadores al tenerlos encerrados con los horarios controlados. Hoy en día, aunque la realidad económica, tecnológica y social haya cambiado radicalmente, el modelo sigue siendo básicamente el mismo que hace 100 años.
Es lógico que la gente no quiera volver a las oficinas y a los viejos modelos laborales. Y para entender esto es interesante volver la vista a Albert O. Hirschman quien en su obra “Salida, voz y lealtad”, describe tres formas de reaccionar ante el deterioro de una organización: protestar para cambiarla desde dentro (voz), permanecer pese a todo (lealtad) o abandonarla (salida). Lo que estamos viendo hoy es una ‘salida’ de parte de quienes sienten que su ‘voz’ no ha sido escuchada ya que la ‘lealtad’ a cambio de nada ya no tiene el más mínimo sentido. De alguna manera, la Gran Renuncia es una manera de expresar que la gente no está dispuesta a pagar con su tiempo y, a veces, con su salud, un sistema laboral obsoleto y que no ‘cuida’ a los trabajadores.
Aunque en España el fenómeno ha sido más tenue que en países como EEUU, hay datos que son bastante reveladores. Según datos de la Seguridad Social, citados en informes del SEPE, a los que pueden acceder aquí, en los últimos años se han registrado casi 3 millones de bajas voluntarias (aprox. 2,8-3 millones entre 2020 y 2024). Además hay sectores como la hostelería o la agricultura donde cuesta encontrar trabajadores para las campañas estacionales. Pareciese como si alguna cosa estuviese cambiando, porque además España es un país con unas altas tasas de desempleo en relación al resto de Europa. Tal vez el miedo al paro, aunque presente, ya no paraliza como antes. Para trabajar en determinadas condiciones, quizás es mejor no trabajar.
Volviendo a los empresarios, algunos se sorprenden de no encontrar trabajadores. Cierto es también que no hay que meter a todo el mundo en el mismo saco. Que hay negocios familiares que tienen que lidiar con la competencia de grandes empresas, el precio de los alquileres o una fiscalidad que no los favorece. Aun así, deberían aplicarse una de estas frases que aparecen en los libros de autoayuda “¿Cómo quieres obtener resultados diferentes si haces lo de siempre?” Es decir, se extrañan que la gente joven no quiera esos puestos de trabajo donde lo que ofrecen es lo de siempre: salarios bajos, un montón de horas de trabajo, nula flexibilidad, etc., etc…
Quizás es hora de que las empresas empiecen a revisar sus políticas y condiciones laborales y no piensen tanto en el beneficio económico a corto plazo. Por suerte, parece que el mundo laboral está cambiando y a mi, en particular, me alegra que las personas jóvenes sean capaces de plantarse, demostrando que hay cosas que no son negociables. Que el trabajo es importante, pero todo tiene un límite.
En este sentido, la Gran Renuncia no puede ser vista como un fenómeno pasajero ni un capricho generacional, sino una reacción legítima ante un modelo que ha olvidado a las personas. No sabemos si renunciar a los trabajos está dando sus frutos y los salarios y las condiciones están mejorando. O por el contrario, todo sigue igual ya que el hueco de quienes renuncian es cubierto por nueva mano de obra vulnerable, llámese ejército de reserva del que ya comentamos. En todo caso, renunciar a un empleo donde te explotan también es una manera de luchar. Es empezar a dar los pasos para que las condiciones cambien y empezar a construir un modelo laboral en el que los trabajadores no sean una pieza prescindible e intercambiable.
En fin. Otro día hablaremos de por qué, mientras todo esto ocurre, los salarios reales en España, descontada la inflación, apenas han subido un 2,7% en tres décadas (1994-2024); es decir, pese al crecimiento económico, llevan décadas estancados o yéndose al carajo….

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