A veces tengo la sensación de haber vivido otras vidas, con otras preocupaciones. No obstante, dice el refrán que “donde hubo fuego siempre quedan brasas” y cada vez que leo por ahí sobre inseguridad alimentaria, hambruna… vuelvo inevitablemente a leer e informarme compulsivamente sobre estos temas. Justo estos días, al hilo de la guerra de Irán, he leído varios artículos sobre cómo el encarecimiento de los fertilizantes ha disparado los precios de los alimentos amenazando incluso con provocar hambrunas.

Recuerdo que hace un tiempo, con motivo de la guerra de Ucrania, publiqué en un blog un análisis sobre este mismo tema. Al reescribir el artículo para publicarlo acá compruebo que todo sigue siendo plenamente válido. Lo novedoso son las conclusiones, así que los invito que lean hasta el final.

En aquel momento señalaba que, según el índice de precios elaborado periódicamente por la FAO, en marzo de 2021 alimentos básicos como la carne, los aceites vegetales o los cereales habían subido un 12,6% respecto al mes anterior y alcanzaban máximos históricos. Bien, en marzo de 2026 la subida es del 28% respecto al mes anterior, alcanzando nuevamente máximos históricos.

Mientras que en 2022 achacaba la subida a factores coyunturales como la guerra en Ucrania —uno de los principales productores mundiales de cereales o aceite de girasol— o las complicaciones en el transporte internacional derivadas de la pandemia de COVID, detrás de esta carestía subyacen factores estructurales bastante preocupantes, como la escasez de combustible (diésel), las malas cosechas (debidas a sequías u otros fenómenos meteorológicos ligados al cambio climático) o la escasez de fertilizantes químicos que, además, han llegado a triplicar su precio. En estos momentos, el factor coyuntural es la guerra en Irán, o mejor dicho en la región del Golfo donde Irán desempeña un rol fundamental, tanto en la producción de fertilizantes como la urea y de gas natural, como por su posición en el Estrecho de Ormuz y el estrangulamiento del transporte de hidrocarburos. Sin embargo, los factores estructurales siguen siendo los mismos.

Tanto en el caso de Ucrania como en el de Irán, las hostilidades bélicas han puesto de relieve una de las principales fragilidades del sistema alimentario mundial, su excesiva dependencia de los hidrocarburos y de los insumos industriales.

Vayamos con un poco de historia. Como debe saber el lector, los tres principales factores que participan en la producción agrícola son tierra, trabajo y capital. En la agricultura preindustrial o tradicional, el factor tierra podía ser incluso comunal, el trabajo lo aportaban los miembros de la familia, y los inputs utilizados en la producción generalmente eran obtenidos en la propia explotación. Como fuerza de trabajo eran empleados animales o recursos renovables (p.e., viento o cursos de agua para mover molinos, etc). Para recuperar la fertilidad del suelo eran empleadas rotaciones de cultivos —que, a su vez, evitaban plagas—, períodos de descanso del suelo (barbechos), o utilizaban el estiércol del ganado. En cierta manera, era un sistema orgánico con una gran dependencia de la naturaleza.

Con la industrialización todo esto cambió ya que hombres y bestias fueron sustituidos por tractores, segadoras, ordeñadoras y otra moderna maquinaria movida por motores de combustión o motores eléctricos; por su parte, los fertilizantes químicos sustituyeron al estiércol, las rotaciones o el barbecho. La ‘ganancia’ fue grande, ya que con la maquinaria se multiplicaba la productividad del factor trabajo y se podían poner en cultivo nuevas tierras; y los abonos químicos permitían aumentar la productividad de la tierra, aumentando ostensiblemente la producción agraria.

Con respecto a los abonos químicos, hay que remontarse a principios del siglo XIX y los descubrimientos de Liebig sobre las plantas y el nitrógeno. Conocidos sus efectos en el desarrollo de las plantas, el nitrógeno empezó a ser obtenido de forma masiva de ‘depósitos’ naturales como el guano (deposiciones de pájaros) que durante siglos se había almacenado en islas del Pacífico de Perú y en salitrales del norte de Chile (los famosos Nitratos de Chile). También la potasa era extraída de minas. Ahora bien, el gran salto se produjo en 1909, cuando dos químicos alemanes, Fritz Haber y Carl Bosch, encontraron la manera de utilizar el nitrógeno del aire para hacer amoníaco y producir fertilizantes de forma industrial.

A partir de 1945 en Europa los abonos químicos tuvieron una amplia difusión ya que permitían ‘sustituir’ el factor escaso, la tierra. También en otros lugares, como EEUU o Argentina, donde el factor escaso era el trabajo, y en un primer momento se había optado por la mecanización y la importación de mano de obra, poco a poco fue aumentando el consumo de abonos químicos. Hay quien sostiene que el fuerte crecimiento de la población mundial fue posible gracias a los fertilizantes inorgánicos. Ahora bien, no se ha de olvidar tampoco que asociados al uso de agroquímicos hay importantes problemas de contaminación de suelos y acuíferos, a lo que se añade la dependencia de inputs industriales y de la disponibilidad de hidrocarburos.

Tanto con la invasión de Ucrania como con la guerra de Irán se hizo patente un ‘claro’ problema en con los fertilizantes: la vulnerabilidad derivada de la dependencia del gas natural, ya sea ruso o procedente del Golfo; y es que resulta que el 77% de la producción mundial de amoniaco emplea gas natural como materia prima. Con el amoniaco se fabrican tanto el nitrato de amonio (con una concentración del 34% de nitrógeno) como la urea (46% de nitrógeno). Las dificultades para acceder al gas ruso no sólo han afectado al mercado europeo sino que EEUU ha tenido que abastecer a otros mercados produciéndose un efecto en cascada y haciéndose patente la escasez a nivel mundial. La falta de fertilizantes afecta a la producción de alimentos pero también de piensos y forrajes para el ganado, con lo cual los efectos se ven cada vez más agravados y se va cayendo en una especie de círculo vicioso difícil de romper.

Como es lógico, el incremento del precio de los alimentos está haciendo ya que muchas personas no puedan comprarlos por lo que —si miramos lo ocurrido en épocas precedentes— una gran hambruna podría estar en camino. Lo que está ocurriendo en la actualidad recuerda bastante la crisis alimentaria de 2007-08 que condenó a la pobreza y al hambre a más de 80 millones de personas (las cuales se sumaban a los más o menos 830 millones que ya pasaban hambre).

En 2008, la crisis alimentaria tuvo diversas causas, pero un factor que la agravó fue el emplear buena parte de la producción de maíz (y otros cereales) a la producción de biodiesel. No sólo se destinaron alimentos y piensos para fabricar biocombustibles, sino que al estar ligado el precio del maíz al petróleo, al dispararse su precio las subidas se trasladaron progresivamente a otras materias primas y alimentos; primero la soja y el trigo, después el arroz y más tarde los aceites vegetales. La carestía de los alimentos no sólo agudizó la inseguridad alimentaria sino que provocó desórdenes y disturbios en numerosos países, entre ellos Egipto, Indonesia, Haití, Tailandia, Pakistán, etc… Más de una treintena de países sufrieron turbulencias políticas desatadas por la crisis alimentaria.

Pareciese pues que vamos por el mismo camino y los próximos meses se presentan complicados.

Llegados a este punto, cabe hacer una precisión: las hambrunas no están causadas por la falta de alimentos, sino por la dificultad de acceder a ellos. Un buen ejemplo de ello es la hambruna de Bengala de 1943 estudiada por el premio Nobel Amartya Sen y en la que murieron entre 1,5 y 3 millones de personas. Dice A. Sen que en 1943 no había escasez global de arroz en Bengala sino que los más pobres no podían comprarlo. Con motivo de la Guerra mundial había aumentado la demanda de alimentos, duplicándose el precio del arroz lo que provocó acaparamiento por parte de los comerciantes ya que era una excelente inversión. A ello se añade que Churchill priorizó las necesidades bélicas de la metrópoli y no le importó que millones de hindúes pobres muriesen de hambre en la colonia. Nada nuevo bajo el sol, ya que justo un siglo antes, en la gran hambruna irlandesa causada por la destrucción de las cosechas de patatas, el Gobierno inglés ignoró las necesidades de los irlandeses pobres y el grano que los colonos ingleses producían en Irlanda era exportado hacia Inglaterra y otros países.

También es falso que hoy en día a nivel global haya escasez de alimentos. Es cierto que el encarecimiento de los productos básicos hace que los más pobres no puedan comprar los alimentos necesarios para su sostenimiento. Pero aquí es donde entra la voluntad política de los gobiernos de priorizar esas necesidades o no. Porque además con la subida del precio de los alimentos suele aparecer la especulación, el acaparamiento, etc., y quienes suelen beneficiarse de esas prácticas son las oligarquías que además ‘cooptan’ los gobiernos de los países en situación de inseguridad alimentaria. Son gobiernos que, por lo demás, acostumbran a favorecer a la agroindustria frente a la agricultura familiar, o que apoyan un modelo de agricultura basado en monocultivos destinados a la exportación en lugar de una agricultura diversificada y la soberanía alimentaria.

Sostener que el hambre está causada por la escasez de alimentos ha sido el argumento lineal y simplista que nos quieren ‘vender’ los partidarios de la agroindustria, y también los ‘evangelistas’ de la revolución verde, la biotecnología y los organismos modificados genéticamente. Repito: lo que está detrás del hambre es la falta de voluntad política de atender las necesidades de los más pobres. Punto. También la especulación e incluso —si se quiere— se podrían añadir otros factores ‘estructurales’ como la injusta y desigual distribución de la tierra en muchos países del Sur.

En todo caso, y retomando el argumento inicial, el modelo de producción agroindustrial parece estar en crisis ya que —al igual que la Revolución Verde— se cimenta en la existencia de energía abundante y barata, y eso ya fue. Esa época ya pasó. También es un error pensar que las soluciones a la falta de fertilizantes pasan por encontrar un sustituto tecnológico, como ocurrió con el proceso Haber-Bosch con el que, cuando el guano y el nitrato empezaban a escasear, se encontró una alternativa viable para la obtención de nitrógeno

La tierra es finita y los recursos son finitos. Parece que, por un lado, habrá que cambiar el modelo de consumo alimentario y por otro, habrá que volver a enfocar la agricultura de otra manera haciéndola más sostenible y menos dependiente de los fertilizantes químicos y otros inputs industriales. No hay demasiadas opciones y alternativas como la vuelta a la agricultura preindustrial no son viables. No obstante, también hay alguna buena noticia: una es que a día de hoy la agricultura familiar produce el 80% de los alimentos, y la otra buena noticia es que, tal como reconoce Naciones Unidas, la agroecología se ha demostrado como una alternativa que permite incrementar los rendimientos agrícolas, reduce la pobreza rural y contribuye a la adaptación al cambio climático. Quizás sea un buen punto de partida… Lo que viene no será un camino fácil, pero hay lugar para la esperanza.

Coda.

Hasta ahí llegaba el artículo que escribí en 2022. Hoy sabemos más cosas.

En 2023, las siete grandes cadenas de distribución alimentaria en España —Mercadona, Carrefour, Lidl, Eroski, Dia, Consum y Alcampo— obtuvieron en conjunto unos beneficios de 1.940 millones de euros, casi el triple de los 758 millones que ganaron en 2019. Vaya, vaya… suben los alimentos y los principales beneficiados son los supermercados. Mercadona, líder indiscutible, se llevó más de la mitad del pastel: 1.009 millones de euros, un 40% más que el año anterior, con un margen neto que creció un 23% en plena escalada de precios. En 2024 batió su propio récord con 1.384 millones.

Sucedió como con las gasolinas. Cuando sube el precio del crudo, el litro en el surtidor sube de golpe; cuando baja, lo hace con cuentagotas. Siempre hay un componente especulativo y los buitres sacan partido de los despojos. La inflación alimentaria de 2022-2023, que tanto daño hizo a las familias con menos recursos, fue para los grandes distribuidores un negocio redondo.

No es un fenómeno nuevo ni exclusivamente español. Ya lo advertía Amartya Sen al estudiar la hambruna de Bengala; al subir los precios, los comerciantes acaparan porque acaparar es una excelente inversión. Cambian las formas, pero la lógica sigue siendo la misma. Lo que mismo que hacían los almacenistas de arroz en Calcuta en 1943, hoy lo hacen los grandes grupos de distribución. Precisamente el Observatorio de Márgenes Empresariales confirmó que la cadena alimentaria española obtuvo beneficios históricos en 2023, justo cuando más daño hacía la inflación a las familias; por su parte, tanto el BCE como el Banco de España documentaron como los excedentes empresariales crecieron mientras los costes se moderaban. Por tanto, los números respaldan lo que los economistas llaman greedflation, expansión de los márgenes de beneficio aprovechando un entorno inflacionario.

En estos momentos, con la guerra de Irán y la tensión en el Estrecho de Ormuz, el ciclo amenaza con repetirse: fertilizantes disparados, costes agrícolas por las nubes, precios de los alimentos en ascenso…

Imagino que ya adivinan quien va a sacar partido… ¡Quien nos diría que el hambre podría ser un buen negocio!

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