Llevo unos días leyendo un libro de L. Devillairs sobre la filosofía del bien y del mal. Hay reflexiones muy interesantes. En un momento dado explica que el ‘malvado’ es quien niega la existencia moral del otro. Es quien lo reduce a algo insignificante, sin valor ni peso humano. No es solo egoísmo, es la convicción de que solo él importa y los demás son simples piezas del ‘atrezzo’, que no importan lo más mínimo. En esa deshumanización radical del otro reside su verdadera maldad.
Inevitablemente, pensé en el mundo laboral, en cómo ciertos perfiles prosperan con naturalidad. Narcisistas, trepas, abusadores o adictos al trabajo se mueven como pez en el agua en muchas organizaciones. Y no, no son excepciones; con frecuencia son el modelo a imitar. El sistema —llámese capitalismo, cultura corporativa o simplemente “empresa”— ha logrado algo inquietante, convertir comportamientos dañinos en ‘virtudes’ profesionales aceptables, incluso deseables.
Podríamos empezar por los narcisistas. Ya las propias ofertas laborales están diseñadas para atraer este tipo de gente. “Se buscan candidatos apasionados, entusiasmados por el trabajo, carismáticos, con capacidad de liderazgo. Bah, bah, bah…” No es de extrañar que los que mejor encajan en esos perfiles sean quienes suelen ponerse medallas por logros inventados o ajenos. Gente encantada de haberse conocido, y para quienes todo es yo, yo, yo… En fin…
Otra categoría interesante son los ‘trepas’ y todos conocemos a unos cuantos. Son seres despreciables, pero hoy en el mundo corporativo se valoran aspectos como la ‘fidelidad’ a la empresa o tener una ‘gran capacidad de adaptación’. Dicho de otra manera, y como en toda época y lugar, se valora a los obsecuentes —los pelotas, chupamedias, lameculos, aduladores, franeleros o como quieran llamarlos, vaya— y a aquellos que adhieren ‘incondicionalmente’ a lo que dicen los jefes. A veces, incluso, se los premia.
Una tercera figura especialmente bien valorada es el ‘maltratador’, esa persona con ‘carta blanca’ para humillar a sus subordinados. Por lo general la gente sale pitando de su equipo o se toma bajas laborales, pero como ofrece resultados, los directivos suelen mirar hacia otro lado. Lo peor de todo es que se llega a ‘justificar’ el maltrato como si fuera un estilo de liderazgo. Es la vieja cultura del látigo, adaptada al siglo XXI y envuelta en la jerga de los indicadores de productividad.
Por último, la figura más patética de todas: el adicto al trabajo. Hay gente que piensa que uno también tiene que consagrar su vida a que el propietario de la empresa sea cada vez más rico. No es extraño que el sistema adore a estos ‘enfermos’. Por un lado, su entrega es una coartada para mantener los engranajes de la maquinaria y el sistema de explotación. Por otro lado, si él llega con las tareas —aunque sean desmesuradas— ¿por qué no los demás?
Bueno. Todos estos perfiles comparten un mismo denominador común: se trata de personas ‘malvadas’. No les importa lo más mínimo los compañeros ni la gente. Lo alarmante —y lo triste— no es que estas figuras existan, sino que encajen tan bien en el mundo laboral de hoy. El sistema los necesita porque mantienen la máquina funcionando de forma disciplinada, en tensión permanente. Y, poco a poco, hemos ido dejando de escandalizarnos. Hemos normalizado a quienes humillan a sus compañeros, a quienes manipulan o a quienes se autoexplotan o exigen a los demás mucho más de lo exigible. Penoso. Lo terrible es que, de alguna manera, esas personas tóxicas son la norma, lo deseable, no una anomalía que debería ser eliminada.
En fin. Uno termina sospechando que el mundo laboral es un escenario donde se ponen a prueba los límites morales. Se mide cuánto puedes soportar, qué estás dispuesto a callar, o qué estás dispuesto a aceptar para seguir dentro del juego. Quizás, viendo con qué facilidad se aceptan esos comportamientos, habría que preguntarse también cuán malvados somos nosotros al contribuir a ese maltrato.
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