Llevo unos días leyendo un libro de L. Devillairs sobre la filosofía del bien y del mal. Hay reflexiones muy interesantes. En un momento dado explica que el ‘malvado’ es quien niega la existencia moral del otro. Es quien lo reduce a algo insignificante, sin valor ni peso humano. No es solo egoísmo, es la convicción de que solo él importa y los demás son simples piezas del ‘atrezzo’, que no importan lo más mínimo. En esa deshumanización radical del otro reside su verdadera maldad.
Inevitablemente, pensé en el mundo laboral, en cómo ciertos perfiles prosperan con naturalidad. Narcisistas, trepas, abusadores o adictos al trabajo se mueven como pez en el agua en muchas organizaciones. Y no, no son excepciones; con frecuencia son el modelo a imitar. El sistema —llámese capitalismo, cultura corporativa o simplemente “empresa”— ha logrado algo inquietante, convertir comportamientos dañinos en ‘virtudes’ profesionales aceptables, incluso deseables.
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