Hace un tiempo leí una frase de David Graeber que me hizo pensar. Decía algo así como que la mayor virtud burguesa es el ahorro y la mayor virtud de la clase trabajadora es la solidaridad. Sin embargo —decía también— hoy en día, ‘preocuparse por los demás’ es visto como una lacra.

Y sí, Graeber tenía razón. Esa frase viene de un artículo suyo de 2014 en The Guardian “Caring too much. That’s the curse of the working classes”, donde explica que “preocuparse demasiado por los demás” no es solo una virtud, sino que ha sido instrumentalizado para que la clase trabajadora acepte la austeridad. Me acordé de cómo funcionaba mi pueblo cuando yo era niño. No es que fuese algo idílico, pero en un contexto de escasez, la vida en los pueblos se sostenía en esas solidaridades cotidianas, reciprocidades y ayudas mutuas. Recuerdo, por ejemplo, que mi madre me mandaba a la tienda y allí iban apuntando en una libreta las compras. También el panadero dejaba el pan en casa cada 2-3 días y lo anotaba. Nadie, o casi nadie, solía pagar al contado. Las deudas con el tendero o el panadero se liquidaban una vez al año, generalmente cuando se vendían las patatas, los corderos, el lúpulo o lo que fuese. Y así con todo. No había dinero, no había liquidez, no había cash.

Creo que detrás de ese funcionamiento hay una idea de solidaridad. No es como decía Adam Smith que lo que movía al carnicero o al panadero era su propio interés y no la benevolencia. Pues bien, en este caso diría que lo que movía a Pedro, el panadero de Riofrío, no era la lógica del enriquecimiento a costa de lo que fuese, sino que en su trabajo había una vocación de servicio a la comunidad. Obviamente, ser panadero le permitía obtener un ingreso pero no especulaba con el precio del pan ni te dejaba sin pan porque te retrasases en el pago. En este caso además, Pedro se movía con un Land Rover —un coche mítico, aquel Land Rover— y siempre estaba dispuesto a ‘dar viaje’ a quien lo necesitase. Diría que Pedro, además de buen panadero, era una buena persona.

En esas sociedades tradicionales, lo usual era vivir endeudado y gracias a ese funcionamiento solidario no faltaba —por ejemplo— el pan en la mesa. Pero la gente no sólo vivía endeudada con el tendero o el panadero, sino que no había problema en pedir prestado a un familiar o a un vecino para poder afrontar gastos extraordinarios. Y aunque también había prestamistas usureros que dejaban el dinero a intereses crecidos, en lo cotidiano se acudía a pedirle al vecino o al pariente. Ni siquiera era necesario firmar nada. Eran deudas que a veces se pagaban en metálico y otras veces se cancelaban por algún producto o servicio. Era algo que se daba con naturalidad.

También era normal que cuando llegaban épocas de mucho trabajo las familias y los vecinos se ayudasen en los trabajos agrícolas. Gracias a esas ‘solidaridades’ las familias podían trillar las mieses, o llevar a cabo trabajos que exigían la concurrencia de mucha gente. ‘Hoy te ayudo yo, mañana me ayudas tú’. Ayudar, se trataba de ayudar. También de preocuparse por los demás, no hacía falta que el vecino o el pariente te avisase de cuando precisaba un apoyo, ya las familias estaban pendientes para ofrecer ayuda.

Bien. Como decía, lo normal era vivir endeudado y eso no era un comportamiento reprobable, salvo que las deudas estuviesen originadas por el juego o el vino. Es decir, no se estigmatizaba a quien pedía dinero ni a quien debía.

Ahora bien, en un momento dado todo eso cambió. La gente empezó a pagar al contado. Quizás porque mucha gente empezó a tener un trabajo asalariado, porque llegaron las pensiones del Estado o por lo que fuese… pero el caso es que empezó a estar mal visto estar endeudado porque además la gente ya no se endeudaba con el vecino sino con el Banco o la Caja de Ahorros. Si necesitabas un tractor y no tenías para pagar al contado, pues lo más ‘cómodo’ era la financiación del Banco y así ya ‘no debías nada a nadie’. La gente empezó a dejar de confiar en sus vecinos para pasar a ‘confiar’ en el ‘mercado’ y ahí ya empezaron a aparecer otras dinámicas. Se pasó a depender de las entidades de crédito y de sus condiciones. El tener dinero pasó de ser un medio a un fin; en estos momentos, se trata de juntar dinero en la cartilla… Lo peor de todo es que estar endeudado o pedir dinero a alguien está muy mal visto. De alguna manera, el corolario de todo esto podría ser: “quien necesite algo que vaya al Banco o a Cáritas, pero a mi que no me pida nada”.

No sólo las cosas cambiaron en mi pueblo, sino que con las doctrinas neoliberales el mundo entero cambió. David Graeber lo explica en su libro “En deuda: Una historia alternativa de la economía” que ya reseñé brevemente en una entrada anterior. Explica Graeber cómo a partir de finales de los 70 con la llegada del neoliberalismo y especialmente de la mano de Thatcher, Reagan y Cía, la deuda pasó de ser una relación social a convertirse en una obligación moral. Es largo de explicar, pero a partir de ese momento, la deuda se convirtió en un mecanismo de disciplina.

Obviamente, fue un cambio interesado. A partir de las crisis de deuda de Latinoamérica en los 80, cuando países como México, Argentina o Brasil se ahogaban en préstamos estadounidenses y del FMI para salir del petróleo caro y la recesión, perdonar deudas —o reconocer que éstas no eran legítimas— era poner en peligro todo el sistema financiero global. Era también poner en peligro a los que sacaban tajada —bancos, élites locales o los burócratas de Washington que imponían recortes salvajes a cambio de más préstamos—. Convencieron a todo el mundo que si alguien no pagaba, aunque para pagar tuviese que empobrecer al país y recortar al máximo las políticas sociales, eras un moroso que rompía las reglas del juego. De esta manera la deuda se volvió sagrada.

Se volvió tan sagrada que en 1986, bajo directrices del Vaticano y el papa Juan Pablo II, en los países de habla hispana, se acordó un cambio en la traducción del Padrenuestro. Del original «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» se pasó a «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». En latín, el texto era: “et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris” (“deudas” y “deudores”). Ahí es nada. La propia Iglesia borró la palabra “deuda” de la traducción en español del rezo más universal del cristianismo lo cual dice mucho sobre el cambio habido en relación a las deudas y la solidaridad. El cambio se justificó teológicamente porque “deuda” se consideró demasiado económico y “ofensa” más general. Quizás no hubo una intencionalidad explícita ‘neoliberal’, pero un contexto donde la deuda se estaba volviendo sagrada, el efecto simbólico es el mismo, ya que si ni siquiera a Dios le podemos pedir el perdón de las deudas, ¿cómo vamos a pedírselo al banco o al Estado?

Para rematar, vuelvo al artículo citado de David Graeber, quien concluye que, al final, todo se invierte y décadas de manipulación política han terminado convirtiendo la solidaridad en una especie de lacra. La capacidad de la clase obrera de ‘cuidar’ y ser ‘solidaria’ ha sido utilizada contra la propia clase obrera. Como señala Graeber, es probable que esto siga ocurriendo mientras la izquierda, que dice hablar en nombre de las personas trabajadoras, no empiece a pensar de manera seria y estratégica qué significa realmente el trabajo (labour) y qué es lo más valioso y digno quienes lo realizan.

En fin…


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