Para mí, uno de los pasajes más conmovedores de la obra de Miguel Torga es la narración de su traslado a Lisboa a la sede de la temida la temida PIDE (Polícia Internacional e de Defesa do Estado), la policía política del régimen salazarista. Un simple viaje en un autobús de línea, lejos de estar marcado por el miedo, se convierte en un testimonio de solidaridad y coraje gracias al inesperado apoyo de amigos y vecinos, que se turnan discretamente para acompañarlo durante el trayecto, desafiando al terror instaurado por la dictadura. Una vez más, en tiempos de adversidad, el verdadero valor de la amistad y la solidaridad se revela en los gestos más sencillos…

Este el relato:

“Felizmente todavía había excepciones a la regla general de ruindad, naturalezas ricas y valientes, capaces de desafiar al terror generalizado. En cuanto entré en el coche de línea, descubrí a don Olívio, tranquilamente sentado en un rincón, hojeando el periódico y fumando un cigarro. Me hizo un gesto imperceptible, como discreta seña de complicidad, y se sumergió de nuevo en la lectura.

Sintiéndome más protegido por aquella presencia distraída y alejada que por el policía atento a mi lado, en cuanto el vehículo se puso en marcha, intenté salir de la negrura subjetiva en que me había metido (…).

Y éste era, en verdad, exageradamente sombrío. El hecho de que don Olívio estuviese allí, significaba que se había enterado a tiempo de la decisión de trasladarme a la capital, del medio de transporte que iba a utilizar y de la hora en que se iba a llevar a efecto. Que estaba al corriente, por tanto, de los hechos y de la gravedad del asunto (…).

En Alcobaça, don Olívio se bajó del coche y su sitio lo ocupó inmediatamente doña Gena. Casi no podía creer lo que veía. Pero sí que era ella, sonriéndome con esa naturalidad comunicativa tan suya (…).

En Caldas da Rainha, doña Gena se apeó, me sonrió una vez más antes de desaparecer, y subió su marido para sustituirla.

En ese momento intuí lo que después me confirmaría un vistazo furtivo. Por el cristal trasero vi que Tomé nos seguía de cerca en su Ford desvencijado y posibilitaba aquellos relevos.

Estaba conmovido por esa dedicación, tan delicadamente manifestada —los cuatro diciéndome todo el camino, con un testimonio sin palabras, que no estaba solo en el mundo, que algunas almas solidarias me acompañaban fielmente—, y el resto del viaje me pareció casi de entera placidez.

El paisaje adquirió de nuevo color y el mundo vida.

Ya en el Ribatejo, rodando a través de las riberas, ante la serenidad con que el Tajo discurría y con que el ganado pastaba, incluso la pesadilla de mi traslado a Lisboa que al principio había imaginado ser una rotura física de mis coordenadas de esperanza, parecía diluirse en aquel eco extenso de la amistad».

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