Uno de los choques culturales que experimenta cualquier extranjero en Argentina es el pago a plazos generalizado. No importa si compras algo pequeño como un café o una comida: después de pasar la tarjeta, el vendedor siempre pregunta: “¿En cuántos plazos querés pagar?”. Es habitual encontrar gente que financia compras de 5 o 6 euros en 12 cuotas. Puede parecer exagerado, pero tiene una lógica muy particular, como veremos al final de este post.
Este fenómeno argentino, que ya está llegando a España, es solo una expresión local de una tendencia global de fondo: en las últimas décadas, el mundo ha ingresado en lo que se podría llamar la era del endeudamiento. El crecimiento acelerado tanto de la deuda pública como privada ha sido una constante tras la crisis financiera de 2008 y, más recientemente, como consecuencia de la pandemia de COVID-19. La combinación de tasas de interés bajas, la facilidad de acceso al crédito y la integración financiera internacional han llevado la deuda global a máximos históricos, afectando por igual a países desarrollados y economías emergentes. Si bien el endeudamiento excesivo conlleva riesgos económicos —desde crisis bancarias hasta restricciones fiscales severas—, para muchas empresas y gobiernos la deuda ha sido una herramienta imprescindible para financiar el desarrollo y el crecimiento; pero también para los particulares que han podido financiar el consumo cotidiano. En el caso de España, el endeudamiento de los hogares alcanzó en 2024 el 54,4% del PIB, marcando un repunte tras años de reducción sostenida desde la crisis de 2008.
Gran parte del endeudamiento de los hogares proviene de la contratación de préstamos —hipotecarios, personales o al consumo— motivados por la necesidad de financiar bienes o servicios que no pueden afrontarse con los ingresos disponibles. Así, acceder a una vivienda, reformar el hogar, comprar un coche o cubrir gastos médicos o educativos suelen implicar recurrir al financiamiento, a menudo en condiciones poco favorables. Este proceso se agrava en un contexto de salarios estancados y aumento del coste de vida, que obliga a muchas familias a endeudarse no por excesos, sino por necesidad.
A esta realidad se suma un aspecto técnico poco conocido por el consumidor medio, pero fundamental para comprender la lógica expansiva del crédito: el dinero que los bancos prestan no proviene únicamente de los ahorros depositados por los clientes. A través del sistema de reservas fraccionarias, las entidades solo están obligadas a conservar una fracción de los fondos que prestan, lo que les permite multiplicar los créditos emitidos. Por cada euro que alguien deposita en el banco, la entidad puede prestar varios euros nuevos, “creándolos” en el proceso. Este mecanismo —el corazón del sistema financiero moderno— explica por qué el crecimiento del crédito ha sido tan acelerado en las últimas décadas: el dinero nace de la deuda.
En el terreno del consumo cotidiano, otro factor clave detrás del endeudamiento son las tarjetas revolving, que se han popularizado como una fórmula fácil y flexible para aplazar pagos, aunque suelen convertirse en trampas financieras. Estas tarjetas permiten disponer de un crédito preaprobado que se devuelve en cuotas mensuales de importe fijo o variable, pero generan intereses desde el primer momento. A diferencia de las tarjetas de crédito tradicionales, donde es posible saldar el gasto sin recargos a fin de mes, las revolving implican siempre el pago de intereses, con TAE que suelen superar el 20%. Si el usuario paga solo la cuota mínima —lo habitual—, gran parte del monto va destinado a cubrir intereses y no a amortizar el capital, por lo que la deuda puede mantenerse durante años e incluso incrementarse si se sigue utilizando la tarjeta. En esos casos, lo que parecía una solución de corto plazo se transforma en un lastre financiero duradero.
A todo ello se suma la aparición y auge en los últimos años de plataformas de pago a plazos como Klarna, Affirm, Afterpay y otras fintech que han revolucionado el comercio electrónico y físico, facilitando la financiación de compras incluso por importes muy bajos. Estas aplicaciones permiten pagar en 3, 6 o 12 cuotas, con mínimos requisitos y sin intereses explícitos en muchas ocasiones. Sin embargo, su modelo de negocio se apoya en las comisiones cobradas a los comercios participantes y en los intereses y cargos que aplican cuando los clientes incumplen los plazos. De este modo, estas plataformas han contribuido a normalizar aún más el endeudamiento como parte estructural del consumo diario, especialmente entre los jóvenes.
Otro factor que alimenta esta espiral de endeudamiento es el hecho de que muchas empresas no financieras han empezado a funcionar como prestamistas. En este entorno, incluso la naturaleza del negocio ha cambiado drásticamente para muchas empresas. Supermercados y grandes cadenas comerciales han descubierto que ofrecer servicios financieros —tarjetas de crédito propias, préstamos, seguros— genera mayores márgenes de beneficio que la venta directa de productos. En el sector automotriz, la financiación de la compra de vehículos, el leasing y la comercialización de seguros se han convertido en las principales fuentes de beneficio, desplazando a la venta directa de coches como motor del negocio. Lo mismo ocurre en el sector tecnológico, donde plataformas digitales integran sistemas de pago, créditos y gestión de fondos como parte clave de su propuesta de valor. Esta tendencia, conocida como finanzas embebidas o integradas, permite a las empresas fidelizar al cliente mientras canalizan nuevas fuentes de ingresos, muchas veces más rentables y estables que sus líneas de negocio tradicionales.
Por último, hay un hecho estructural —ya comentado— que suele pasar desapercibido pero fundamental para entender el crecimiento del endeudamiento actual: en las últimas décadas se asiste a una caída o estancamiento de los los salarios reales, mientras los gastos básicos y el coste de vida no paran de aumentar. Esto provoca una brecha creciente entre lo que se gana y lo que es necesario para vivir, obligando a millones de personas a recurrir al endeudamiento simplemente para cubrir necesidades básicas. Así, el consumidor promedio se ve atrapado en un ciclo en el que el endeudamiento ya no es un recurso extraordinario, sino una necesidad cotidiana para compensar la pérdida de poder adquisitivo. En este sentido, el endeudamiento de las familias no es el resultado de una elección individual mal gestionada, sino el reflejo de una transformación estructural: desde el estancamiento salarial y el encarecimiento de la vida, hasta el modelo de negocio de bancos, plataformas y grandes corporaciones que promueven, facilitan y rentabilizan el crédito como nunca antes. Endeudarse se ha vuelto no solo normal, sino inevitable.
En este contexto, un hecho que no puede pasarse es que los bancos y las instituciones financieras han salido enormemente fortalecidos durante las últimas décadas. Cuando la crisis financiera golpeó con fuerza, fueron rescatados con recursos públicos: el dinero de todos se destinó a tapar los agujeros de unas instituciones cuya propia imprudencia multiplicó los riesgos. Lejos de servir como una lección de humildad, muchos de estos bancos aprovecharon el momento para premiar a sus altos directivos con pensiones y bonificaciones estratosféricas, blindando sus beneficios personales incluso durante los peores momentos para la economía real. Todo esto se traduce en una concentración de poder financiero sin precedentes. A través del endeudamiento, los bancos tienen a la gente literalmente “pillada por las pelotas”: saben que la mayoría de las personas vive con deudas —hipotecas, créditos, cuotas de tarjetas, préstamos— y que gran parte de sus ingresos futuros tendrán que destinarse al pago de intereses, comisiones y gastos financieros. Así, el sistema no solo extrae riqueza de la economía productiva para transferirla al sector financiero, sino que fija una relación de dependencia casi total entre la población y los grandes bancos.
Precisamente, dentro de esta nueva normalidad del endeudamiento y del poder de los bancos habría que detenerse un momento y plantearse una pregunta clave: ¿cuánto del dinero que ganan las familias acaba, en última instancia, en manos de las instituciones financieras? La respuesta es alarmante. Una parte cada vez mayor del ingreso mensual se destina —muchas veces sin plena conciencia— al pago de intereses de hipotecas, créditos personales, comisiones bancarias, cuotas de tarjetas y otros cargos financieros. Además, los bancos cobran por casi todo: desde operaciones habituales hasta el simple mantenimiento de la cuenta. Esto significa que millones de personas están transfiriendo, mes a mes, una fracción significativa de sus ingresos al sector financiero, lo que limita su capacidad real de ahorro, inversión y consumo.
En definitiva, la era del endeudamiento ha transformado la forma en que consumimos y hacemos negocios, otorgando un protagonismo creciente a bancos y grandes instituciones financieras. Estas entidades imponen frecuentemente sus propias reglas y, gracias a su poder, logran protegerse de de las consecuencias de sus decisiones mientras obtienen beneficios constantes. En este escenario, el crédito puede, en lugar de empoderar al consumidor, reforzar una dependencia del sistema financiero, haciendo que –como ya se indicó– una parte relevante de los ingresos familiares deba ser destinado al pago de intereses y comisiones. Sin duda, esto está contribuyendo a una mayor concentración de riqueza y poder, lo cual puede acabar limitando las oportunidades de muchas personas o estableciendo nuevas fronteras para la libertad económica y la justicia social.
En fin. Otro día, más…
Nota: Respecto a lo de pagar en plazos en Argentina, aunque a primera vista esta dinámica pueda parecer irracional o incluso ridícula desde una lógica europea, es una decisión inteligente y encierra —en realidad— una profunda racionalidad económica. En un contexto donde la inflación anual ha llegado a superar el 200%, el hecho de que las cuotas se mantengan fijas en pesos significa que, mes a mes, la deuda se licua: al llegar la última cuota, su valor real ha caído drásticamente y, en términos de poder de compra, el consumidor terminó pagando mucho menos. De esta manera, lejos de ser un hábito de consumo frívolo, la tendencia de financiar cada gasto responde a una estrategia de supervivencia económica, y también una manera de protegerse frente a la constante depreciación de la moneda.

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