Hay países por los que uno siente una predilección especial. Para mi Senegal es, sin duda, uno de ellos. Este país africano se distingue por la ‘teranga’, un valor profundamente arraigado en su cultura. La ‘teranga’ —que no tiene una traducción literal al español— es un término que se podría traducir como ‘hospitalidad’ pero va mucho más allá: es una forma de acoger, respetar y hacer sentir a los demás como en casa. De alguna manera, la ‘teranga’ es una manifestación de un ethos colectivo en el que el respeto y la convivencia pacífica son fundamentales. Sin embargo, en medio de esta cultura de acogida y respeto, Senegal guarda en su memoria una herida profunda, un triste episodio conocido como la ‘masacre de Thiaroye’, que desnuda a Francia como potencia colonial y como teórico adalid de los valores de libertad, igualdad, fraternidad.
La masacre de Thiaroye ocurrió el 1 de diciembre de 1944 en un campamento militar cercano a Dakar, donde cientos de ‘tirailleurs’ senegaleses —soldados africanos que habían combatido en la Segunda Guerra Mundial defendiendo a Francia— fueron asesinados por fuerzas coloniales francesas. Su delito era reclamar sus salarios atrasados y las indemnizaciones por sus años de servicio en el ejército francés y también por el tiempo que habían estado prisioneros.
Una vez liberada Francia de los nazis, estos soldados fueron repatriados y concentrados a las afueras de Dakar, en Thiaroye, para recibir su desmovilización y el pago correspondiente. Sin embargo, sin justificación aparente, el ejército francés fue retrasando el pago. Ante el temor de dispersarse y de no recibir jamás lo que se les debía, los tirailleurs permanecieron acampados exigiendo justicia. No está muy claro lo que pasó ese día, pero parece ser que el 28 de noviembre el general de brigada Marcel Dagnan visitó el campamento. Como es lógico, los ánimos ya estaban muy caldeados y hay quien dice que el militar fue amenazado y zarandeado.
Tres días más tarde, Marcel Dagnan, con la aprobación de sus superiores, ordenó una “demostración de fuerza”. Gendarmes franceses, apoyados por tropas coloniales, vehículos blindados y tanques, rodearon el campamento y abrieron fuego contra los soldados desmovilizados que —como es obvio— estaban desarmados. No se sabe el número de africanos asesinados, ya que, oficialmente, las autoridades francesas únicamente reconocieron 35 muertos, aunque documentos internos y diversos testimonios —así como investigaciones históricas— sugieren que la cifra real oscila entre 200 y 400 víctimas, dada la magnitud del operativo y la cantidad de soldados presentes. También hubo 34 supervivientes de la matanza, los cuales fueron condenados a prisión y privados de su derecho a ser indemnizados. Aunque fueron indultados en 1947, nunca recuperaron su estatus ni derechos, quedando en un limbo legal.
Las autoridades francesas minimizaron el hecho, silenciaron los testimonios, y durante décadas el episodio fue ignorado o presentado como un “motín” provocado por los propios tirailleurs. Es más, fue armada toda una narrativa para deslegitimar las reivindicaciones legítimas de los antiguos soldados africanos y exculpar a los verdugos. Porque —como ya habrán podido imaginar— los responsables directos de la masacre no fueron juzgados ni castigados.
Durante décadas, la masacre fue un tema tabú en Francia, minimizado o incluso silenciado en los medios. Se censuraron documentales sobre el tema y las autoridades nunca han facilitado información oficial sobre este episodio. Sin embargo, en Senegal se mantuvo como una herida abierta y como un símbolo de la injusticia, el racismo y el maltrato del régimen colonial. Y es que, la falta de consecuencias legales para los responsables y la ausencia total de reparación económica o moral para las víctimas y sus familias convierten a la masacre de Thiaroye en un símbolo doloroso y vergonzoso: soldados que habían arriesgado su vida por Francia fueron recompensados con la muerte y el olvido.
La masacre de Thiaroye fue un acto de violencia brutal que dejó una huella profunda en la conciencia nacional senegalesa. El recuerdo de Thiaroye se convirtió en un referente para el nacionalismo y de la lucha soberanista africana. Thiaroye pasó a ser un símbolo anclado en la memoria colectiva. Alimentó la desconfianza hacia Francia y aceleró el deseo de ruptura con su pasado colonial, convirtiéndose en un recordatorio para líderes independentistas como Léopold Sédar Senghor, que lideraron la construcción del Estado senegalés y la autonomía política del país.
Hasta cierto punto es entendible que este episodio sea incómodo para Francia; no es tan comprensible, sin embargo, que haya habido que esperar hasta 2024 para que un presidente francés, Emmanuel Macron, reconozca ‘oficialmente’ la masacre. Bueno, lo de oficialmente es un decir, porque lo hizo en un correo enviado a su homólogo senegalés. Por su parte, en Senegal, descendientes de los soldados asesinados han ido impulsado demandas de reconocimiento y justicia. También en 2024, coincidiendo con el 80º aniversario de los hechos, Senegal conmemoró esta tragedia con gran solemnidad, y anunció la denominación de calles, plazas y edificios con los nombres de las víctimas, así como la incorporación de esta historia en los programas escolares, reafirmando así su compromiso con la memoria y la justicia. Recientemente, las nuevas autoridades senegalesas, encabezadas por el primer ministro Ousmane Sonko, comprometidas con un cambio profundo y una mayor soberanía nacional frente a la antigua metrópoli, han constituido un comité de investigadores para que realice un informe sobre la masacre.
Y así están las cosas. Queda bastante claro que más allá de si hubo decenas o centenares de ciudadanos senegaleses masacrados, lo ocurrido en Thiaroye fue un acto brutal de violencia. Por su parte, y no menos grave, la impunidad que rodeó estos hechos evidencia una traición flagrante a los ideales de la Francia republicana y a los principios de libertad, igualdad y fraternidad.
Recordar Thiaroye es un acto de justicia. Pero, más allá de eso, esta masacre nos obliga también a preguntarnos cuántas veces los grandes principios —como la libertad— no son más que pura retórica o una coartada para imponer doctrinas o mercados. Sin embargo, hay otros valores como la ‘teranga’, en apariencia más humildes, que se sostienen y cobran fuerza en los gestos cotidianos. Y es que aquí —en Francia, en Senegal o donde sea— obras son amores…
¡Gracias por leerme! Si te gustó, se puede compartir. Deja tu correo si quieres que te lleguen las nuevas publicaciones.

Deja tu respuesta: