Hace muchos años viajaba de Barcelona a León con uno de mis tíos en un R-5. Cuando íbamos por Soria, se encendió una luz en el tablero que nos avisaba de que nos quedábamos sin gasolina. Por alguna razón, mi tío decidió ignorarla y al final acabamos tirados en el arcén de la carretera a la espera que alguien nos socorriese.
La anécdota viene a cuento porque, con la reciente guerra contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz —una de las arterias del suministro energético mundial— se ha encendido un piloto de aviso anunciando problemas a escala global con el abastecimiento energético. En poco más de quince días han aparecido unos cuantos titulares sobre desabastecimientos, racionamientos y regulaciones de precios en varios países. Todos estos síntomas son un recordatorio bastante explícito de nuestra dependencia del petróleo y de lo vulnerables que somos a causa de estas ‘distorsiones’ en el subministro de petróleo.
Considerando además que, según una mayoría de geólogos y expertos en energía, ya hemos alcanzado el peak oil o pico máximo de producción, el panorama es preocupante. Más allá del conflicto de Irán, la producción de petróleo está disminuyendo y al ritmo de consumo actual, tarde o temprano, acabará agotándose. Nada extraño por otra parte, teniendo en cuenta que el petróleo es un recurso finito.
El problema es que la disponibilidad de energía abundante y relativamente barata, como el petróleo, fue uno de los factores —si no el principal— que propició el espectacular crecimiento económico del último siglo y medio. Es decir, la economía actual se cimenta en los hidrocarburos. ¿Qué pasaría, pues, si nos estuviésemos quedando sin petróleo, y más teniendo en cuenta que en algunos sectores no es fácil, o ni siquiera posible, sustituirlo por otras fuentes de energía?
Precisamente sobre qué sucederá en el futuro hay posturas opuestas. Mientras que hay quienes señalan que, si se siguen ignorando los avisos, habrá un colapso generalizado, otros piensan que la tecnología permitirá afrontar la escasez y encontrar salidas a las problemáticas que de ella se derivan.
Bien, como no tenemos una bola mágica que anticipe lo que pasará en los próximos años, podemos recurrir a la Historia que, como ventana al futuro, nos puede dar pistas de cómo se lidió con la escasez de energía en otras épocas, y ya les adelanto que no hay milagros, ni soluciones mágicas.
El precedente más cercano es la crisis del petróleo de 1973. Como represalia por el apoyo de los países occidentales a Israel en la guerra del Yom Kippur, la OPEP redujo drásticamente la producción de crudo. El precio del barril pasó de 3 dólares a 10-12 dólares haciendo que los precios de la electricidad y otras formas de energía se cuadruplicasen entre 1970 y 1985. A corto plazo, el impacto fue inmediato: inflación, contracción económica, facturas energéticas insoportables para familias y empresas. Sin embargo, a medio y largo plazo, la crisis hizo de catalizador. El alto precio de la energía obligó a usarla mejor, a recortar pérdidas en transporte y transformación, a buscar fuentes alternativas y a orientar la economía hacia actividades menos dependientes del petróleo. Dicho de otro modo: la crisis no sólo encareció el sistema, sino que también reveló hasta qué punto era necesario hacerlo más eficiente y menos voraz.
La crisis actual presenta rasgos similares, como inflación, el estancamiento, o la subida generalizada de precios, pero también diferencias que la hacen potencialmente más grave. En 1973 la población mundial rondaba los 3.900 millones de personas. Hoy somos más de 8.200 millones y eso cambia radicalmente la ecuación alimentaria. La agricultura industrializada depende del gasóleo para la maquinaria, del petróleo para los fertilizantes sintéticos y del transporte marítimo y terrestre para distribuir los alimentos a escala global. Al escasear el crudo, toda la cadena alimentaria se acaba tambaleando. Por su parte, el cambio climático añade otra variable de incertidumbre. El aumento en frecuencia e intensidad de fenómenos extremos, ya sean sequías, inundaciones u olas de calor, están comprometiendo la producción agrícola en un momento ya crítico de por sí.
A esto se añaden efectos en cascada menos evidentes pero igual de preocupantes. La menor disponibilidad de petróleo afecta, por ejemplo, a la producción de azufre y ácido sulfúrico, necesarios para la extracción del cobre, metal imprescindible para las energías renovables y los motores eléctricos. Del petróleo se obtienen también plásticos, caucho sintético, detergentes, disolventes y gas butano por lo que las reacciones en cadena que se derivan del déficit de estos productos pueden llegar a tener efectos terribles. Es lógico que, viendo estos efectos encadenados, sean muchos los que sostengan que la crisis económica que se viene será mucho peor que la de 1973.
Es comprensible incluso que, ante este panorama, algunos analistas hablen de colapso. Sin embargo, conviene mantener la cabeza fría. Un escenario postapocalíptico al estilo de Mad Max o un colapso súbito como los descritos por Jared Diamond en su libro “Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen” son históricamente la excepción y no la regla. Las sociedades no suelen desmoronarse de la noche a la mañana sino que se adaptan o se reorganizan, aunque a veces de forma dolorosa. Lo que sí cabe esperar son tiempos de escasez sostenida, tensión social, radicalización política e inestabilidad en regiones vulnerables.
De nuevo, ante los tiempos complicados que se vienen, habrá que volver la vista al pasado, cuando la escasez era la norma. Sabemos que, en las sociedades tradicionales, ante el crecimiento poblacional —y la consiguiente escasez de recursos— funcionaban tanto los frenos malthusianos (caída de la natalidad, retraso de la edad del matrimonio, aumento del celibato, emigración, etc.) como las soluciones boserupianas; es decir, se ponía freno al aumento de la población y/o se buscaban soluciones tecnológicas que permitieran incrementar la producción y la productividad.
Cabe preguntarse si, al día de hoy, ambas vías son viables. Porque en lo que se refiere a encontrar soluciones tecnológicas a la escasez de hidrocarburos, conviene ser realistas. Disponer del conocimiento científico no garantiza su aplicación práctica a corto plazo, ya que siempre aparecen cuellos de botella. El grafeno es un buen ejemplo en tanto que prometía revolucionar múltiples sectores industriales y, años después, sus aplicaciones prácticas siguen siendo limitadas. Con el hidrógeno ocurre algo parecido, la tecnología existe, pero los problemas de eficiencia, obtención y almacenamiento siguen sin resolverse a escala industrial.
A ello se añade que la difusión y adopción de nuevas tecnologías llevan su tiempo y un buen ejemplo podría ser lo ocurrido con el automóvil. El primer motor de cuatro tiempos de gasolina, base de todos los motores posteriores de combustión interna, fue creado por Nikolaus August Otto en 1867. Diecinueve años más tarde, en 1886, Karl Benz comenzó a utilizar motores de gasolina en sus primeros prototipos de automóviles. Sin embargo hubo que esperar casi un siglo a que el automóvil se convirtiese en un medio de transporte más o menos asequible para todo el mundo.
Todo apunta a que, más allá de apostar por soluciones tecnológicas de largo plazo, es urgente aprender a gestionar la escasez en el presente. En ese sentido, merece atención la propuesta del economista Serge Latouche, recogida en su Pequeño tratado del decrecimiento sereno (Editorial Icaria), que plantea ocho principios para reorientar la economía: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar. No es una solución mágica, pero sí una hoja de ruta coherente para una economía que tendrá que aprender a vivir con menos.
Lo de Ormuz es la luz encendiéndose en el salpicadero. Ahora bien, visto que se firmó una tregua entre EEUU e Irán y el estrecho de Ormuz parece abrirse de nuevo, podemos hacer como mi tío, ignorar el aviso y seguir como si nada. Ya sabemos cómo termina esa historia.
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