He tenido la oportunidad de viajar en numerosas ocasiones a Honduras. Es un país que uno acaba apreciando. Tiene gentes maravillosas y paisajes espectaculares. De todos los lugares visitados, me quedo sin ningún tipo de duda con las ruinas de la ciudad maya de Copán. Reconozco que la primera vez que la visité iba poco convencido. Lejos de casa y de la familia, se trataba de pasar la mañana de domingo distraído en alguna cosa. Sin embargo, una vez allí, es imposible no quedar sobrecogido por su grandeza. Uno puede imaginar a los primeros españoles, perdidos entre la exuberancia de la vegetación, contemplando aquellas pirámides y estelas monumentales, preguntándose qué catástrofe ocurrió para que aquella majestuosa ciudad fuese abandonada por sus moradores.

Cuando uno se encuentra con algo así, es normal experimentar una mezcla de fascinación y curiosidad intelectual, e intentar comprender por qué civilizaciones prósperas y sofisticadas llegaron a desaparecer o a transformarse de manera radical. Estas ruinas atestiguan que, por un lado, Copán había sido una ciudad muy próspera, pero, por otro, invitan a reflexionar sobre la fragilidad de las sociedades humanas y la inevitabilidad del cambio histórico.

Vamos al lío. Copán, situada en el actual occidente de Honduras, fue durante siglos una de las ciudades más influyentes del mundo maya, símbolo de logros culturales y arquitectónicos notables. Sin embargo, su abandono en el siglo IX d.C. sigue siendo objeto de debate entre especialistas. Buena parte de la popularidad moderna del “colapso” de Copán se debe a Jared Diamond, quien en su conocido libro “Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen“ propuso que el agotamiento ambiental, particularmente la deforestación y la falta de suelo fértil, habría llevado de forma casi inevitable al derrumbe de la ciudad.

La sugerente hipótesis de Diamond invita a trazar paralelismos con las sociedades actuales, ya que ante el cambio climático, son muchos los que advierten sobre la posibilidad de un colapso similar. Sin embargo, antes de profundizar en estas comparaciones, cabe señalar que numerosos arqueólogos e historiadores han cuestionado la perspectiva de Diamond, argumentando que resulta excesivamente determinista y monocausal. Investigaciones recientes muestran que el final de Copán no puede atribuirse únicamente a la degradación ecológica o la presión demográfica; también influyeron conflictos internos, crisis de legitimidad de las élites, transformaciones regionales y problemas en las redes comerciales. Es decir, el colapso de Copán estuvo lejos de ser un proceso inevitable o lineal, sino que fue largo, desigual y motivado por causas múltiples y entrelazadas. De hecho, sus habitantes pusieron en marcha estrategias de adaptación, como cambios en los cultivos y en la organización social, que lograron retrasar el abandono de la ciudad mucho más tiempo del que sugiere la narrativa de Diamond. Esto es importante de señalar: no se ‘colapsa’ de un día para otro sino son procesos que pueden llegar a durar siglos incluso.

No obstante, y volviendo al reto del cambio climático, el debate sobre el futuro de nuestras propias sociedades parece atrapado entre dos extremos igualmente seductores e igualmente peligrosos. Por un lado está el alarmismo de quienes anuncian el colapso inminente y el optimismo de quienes confían en que la tecnología resolverá, casi por arte de magia, cualquier crisis ambiental, social o política. Cada vez que surgen advertencias sobre los límites ecológicos, la escasez de recursos o el cambio climático, aparecen quienes, con tono profético, anticipan el derrumbe. Frente a esta visión, por otro lado están quienes defienden que nunca hemos estado mejor preparados y que la próxima innovación ‘tecnológica’ nos librará de cualquier apuro.

Ambas visiones simplifican una realidad mucho más compleja. El relato del colapso suele quedarse en lo superficial: en el caso de Copán, o de cualquier otra “civilización perdida”, reducir el desenlace a una única causa, como propone Diamond, oculta la interacción de factores sociales, políticos, ambientales y económicos, y minimiza la capacidad histórica de adaptación y transformación social. Por otra parte, el tecnooptimismo olvida que la tecnología, si bien poderosa, no es invulnerable a los límites planetarios. Además, puede generar nuevas desigualdades y problemas imprevistos. Confiar ciegamente en el avance técnico, como si fuese una garantía automática de salvación, es desconocer lecciones esenciales que nos ha dejado la historia.

La caída de Copán, como la de Angkor (en el noroeste de Camboya capital del Imperio Jemer) o la de Harappa (situada en el actual Punyab paquistaní y uno de los centros de la antigua civilización del Indo), no fue determinada por un único factor. En cada caso, las causas se entrecruzan y se amplifican. Por su parte, en Angkor, sequías prolongadas y lluvias extremas afectaron el complejo sistema hidráulico, sumándose a crisis internas, transformaciones religiosas y conflictos militares como la invasión siamesa de 1431. En Harappa, el cambio climático, las modificaciones del curso de los ríos, catástrofes naturales y tensiones sociales debilitaron el tejido urbano y agrícola. Ninguno de estos ingredientes, por sí solo, explica lo esencial, sin embargo todos ellos sumados revelan lo vulnerable que puede ser cualquier entramado social ante la combinación de presiones externas y errores internos. Las investigaciones actuales sugieren que estos “colapsos” no fueron automáticos ni totales; en muchos casos, como entre los mayas de Copán, parte de la población sobrevivió, migró o adaptó sus formas de vida. La cultura, los sistemas de conocimiento y las tradiciones mayas, al igual que los legados de otras civilizaciones, nunca desaparecieron del todo, aunque lo hicieron con profundas transformaciones y adaptaciones.

En el extremo opuesto, aunque el progreso técnico ha proporcionado a las sociedades herramientas sin precedentes para enfrentar crisis, la historia muestra que la tecnología, por sí sola, nunca ha sido una garantía de supervivencia o resiliencia. La literatura científica es clara: la capacidad de una sociedad para superar grandes desafíos depende tanto de la innovación como de la equidad en el acceso y los beneficios, de la cohesión social y de la existencia de instituciones sólidas y políticas redistributivas. Cuando la tecnología se concentra en manos de unos pocos, la desigualdad se profundiza y aumenta la vulnerabilidad de la mayoría, dejando a amplios sectores expuestos ante catástrofes. Nuestros problemas no se resuelven simplemente porque una minoría acumule riqueza o construya búnkeres exclusivos: la protección frente a crisis ambientales o sociales depende, sobre todo, de estructuras colectivas capaces de compartir el riesgo y asegurar que nadie quede atrás. Poseer tecnología nunca impidió crisis, ni evitó las cadenas de catástrofes cuando fallaron estos aspectos clave; por el contrario, la historia y la ciencia señalan que solo allí donde se combinaron innovación, justicia social y colaboración, fue posible afrontar exitosamente los desafíos más graves.

Frente a estos desafíos actuales, es crucial evitar tanto el pesimismo paralizante como el optimismo sin límites. Las ruinas de Copán nos ofrecen lecciones valiosas: ni el pesimismo extremo ni la confianza ciega en la tecnología son suficientes. Lo que realmente necesitamos es ser humildes ante el pasado, recordar nuestros errores, estar abiertos al aprendizaje conjunto y tener una visión realista de nuestras capacidades y límites.

Solo si se acepta que la historia cambia de forma compleja y a veces impredecible, y si se combina innovación con justicia social y se toman decisiones políticas, se pueden empezar a anticipar el desastre. Las explicaciones simples sobre el colapso o la fe ciega en la tecnología no ayudan a entender el pasado ni a prepararse para lo que viene. La Historia no tiene respuestas mágicas. Más bien nos recuerda que el futuro hay que construirlo con esfuerzo y espíritu crítico, alejándose tanto del fatalismo como del optimismo ingenuo.


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