El año pasado escribí un artículo que decía que la primera ola de calor había sido especialmente intensa y precoz. Era el 7 de julio (San Fermín) y desde el 20 del mes anterior estuvimos embotados por un calor asfixiante. En Barcelona, ciudad donde vivo con mi familia, en ninguno de esos 18 días la temperatura había bajado de 24,5º, varios días se habían superado los 34, llegándose incluso a los 40º en algunas zonas de la ciudad. Las noches habían sido terribles ya que con 27-28º era imposible dormir. Como es obvio, la salud de muchas personas se resintió y aunque oficialmente se reportaron 43 muertes en toda Cataluña en una semana, a saber cuántas fueron en realidad. En todo caso, ¡un desastre!
Este año no hizo falta llegar a julio para ‘disfrutar’ del calor. Estamos a finales de mayo y esta semana los termómetros han superado los 30º. Los expertos lo llaman “cúpula de calor” pero tal vez sea un aviso de lo que se viene este verano.
No es lugar este de analizar este fenómeno ni qué hay detrás de esta ola de calor. Aquí me limito a constatar que, con estos fenómenos las ciudades empiezan a no ser habitables. Cada vez las olas de calor llegan antes y cada vez son más largas. Por otra parte, esta prematura canícula ha puesto de manifiesto que son muchos años de hacer mal las cosas a nivel de planificación urbana y son décadas de no pensar en las necesidades de las personas que viven todo el año en las ciudades. Puesto que es lo que mejor conozco, pondré dos ejemplos de Barcelona que ilustran elocuentemente sobre estos aspectos: uno son las palmeras y el otro las plazas duras.
Las palmeras son un árbol muy llamativo pero que dan menos sombra que una farola. Si alguien conoce Barcelona sabrá que en las zonas más emblemáticas y turísticas todo son palmeras en lugar de árboles con ramas. Las palmeras fueron introducidas en Barcelona por los “indianos” —emigrantes que regresaron de América con dinero— como símbolo de prosperidad y estatus social. Se popularizaron especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, y a raíz de los Juegos Olímpicos de 1992 se consolidaron como un icono urbano. La idea era proyectar la imagen de una ciudad mediterránea y cosmopolita en los paseos marítimos y en plazas céntricas. Pero, se pensó en los visitantes y en la proyección exterior de la ciudad y no en quienes viven todo el año aquí. Hay quien dice que detrás de la elección de las palmeras también hay motivos climáticos y de gestión urbana, en tanto que se adaptan a un clima más o menos árido, ocupan poco espacio sin dañar infraestructuras y no obstaculizan la visibilidad ni la seguridad vial. En todo caso, el resultado es que en lo que al calor se refiere, las palmeras únicamente sirven de adorno, de atrezzo para que los turistas se lleven una foto bonita de Barcelona.
Por suerte, las plagas y las talas de los operarios municipales —por miedo a que se cayesen por sequías como la del año pasado y dañen a alguien, que ya lo han hecho— están diezmando a estos elementos decorativos. No obstante, el Ajuntament o los responsables de Parques y Jardines, erre que erre, en lugar de plantar árboles están sustituyendo las palmeras taladas por otras de menor edad y envergadura las cuales todavía dan menos sombra.
En lo que respecta a las llamadas plazas duras, durante las olas de calor, estos espacios urbanos, mayormente compuestos por cemento, piedra o asfalto y con escasa o ninguna vegetación, se han convertido en un un problema. En verano, estos espacios, lejos de ofrecer una sombra donde resguardarse del calor, agravan la sensación térmica y a nadie se le ocurriría refugiarse en ellos porque acabaría achicharrado. No hay árboles, no hay césped, no hay nada. Sólo cemento o piedra. Estas plazas, además, son ‘islas de calor‘: acumulan calor por el día que liberan a la noche, haciendo que su entorno sea poco amigable. El resultado es que en verano, muchas plazas duras de Barcelona se vuelven prácticamente inutilizables durante el día, afectando la vida social y la salud de los/as ciudadanos/as, especialmente de niños/as y personas mayores. Ah! y no digamos esos parques infantiles sin un mísero árbol (como el de la foto que ilustra esta entrada) o con toboganes metálicos que se calientan como una sartén al fuego, y que el calor los hace inutilizables y peligrosos…
El problema es que en Barcelona hay demasiadas ‘plazas duras’ ya que fue el modelo de ‘espacio público’ impulsado durante las últimas décadas del siglo XX por los distintos gobiernos de la ciudad. Se priorizó la funcionalidad y el diseño moderno sobre el confort climático y además —tal como ha venido pasando en las últimas décadas— se pensó más en los turistas que en los propios habitantes de la ciudad que son, al fin y al cabo, los que pagamos impuestos.
En todo caso, y como los ‘problemas’ con los parques duros cada vez son más evidentes, el Ajuntament está ‘haciendo cosas’ como por ejemplo instalar toldos o considerar la posibilidad de colocar pavimentos reflectantes. Bueno, es lo de siempre: el progresismo más preocupado por las cuestiones estéticas que en transformar estructuras. Todo es cosmético y la idea es ‘maquillar’ el problema con la esperanza de que el próximo verano no sea tan hostil. Para muestra un botón: después de una reforma de tres años, la Via Laietana cuenta con aceras más anchas y un nuevo pavimento, pero sigue sin haber un solo árbol ni especie vegetal alguna. Que si no se podía por el metro, que si entorpecen a los viandantes, que si mi abuela fuma, vaya… el caso es que no hay árboles. Tal vez en unos años instalen unos toldos, como han hecho recientemente en la Plaça del Mar, en la Barceloneta, y en otros lugares.
Otro ejemplo: el año pasado justo días después de escribir unas reflexiones en torno a este tema, una empresa había excavado unos grandes agujeros en el suelo del parque que aparece en la foto del encabezacimiento. ¡Qué bueno —pensé— por fin van a plantar unos árboles! Por un momento pensé que el Ajuntament me iba a dejar en mal lugar por mal pensado. Pero no, aquellos huecos eran para instalar unos aparatosos toldos llenos de agujeros que sombra —lo que se dice sombra— dan poca. Eso sí, están alineados con la estética de la ciudad.
Pero no, no hacen falta toldos, lo que hace falta es un cambio en el modelo de ciudad. Es necesario y urgente pensar y diseñar una ciudad para los que viven acá todo el año. Una ciudad pensada para los desafíos que vienen en relación al clima. No sé… Yo no soy experto, pero me vienen ideas a la cabeza; estas son algunas:
- Priorizar a las personas sobre los coches: reducir el espacio destinado al tráfico y aumentar zonas peatonales y verdes.
- Priorizar a los habitantes de la ciudad frente a los turistas y los negocios turísticos.
- Plantación masiva de árboles en calles, plazas y parques, apostando por especies autóctonas que den sombra y requieran poco mantenimiento.
- Sustituir superficies de cemento por tierra y vegetación, para reducir la acumulación de calor.
- Fomentar la participación ciudadana en el diseño de zonas verdes.
- Integrar la infraestructura verde en la planificación urbana y la gestión del agua de lluvia.
- Establecer objetivos claros de cobertura arbórea y espacios verdes por habitante.
En fin. La situación actual de Barcelona ilustra sobre la urgente necesidad de repensar los modelos de ciudad ante el reto del cambio climático y el aumento de las temperaturas. No sólo habría que corregir errores del pasado, sino que habría que poner en el centro de las políticas urbanísticas el bienestar de las personas que viven todo el año en las ciudades. Barcelona, al igual que otros muchos centros urbanos de España, no está preparada para afrontar temperaturas extremas. Se puede seguir mirando hacia otro lado, pero este calor terminará expulsando a mucha gente que vive en esta ciudad. Como siempre, quizás a algunos no les importe, porque los más pobres —los que no tienen a dónde ir— seguirán viéndose obligados a quedarse, trabajando por un salario de miseria en el sector turístico.

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