Estos días ando a vueltas con mis hijos sobre qué preparar para Halloween. Mi hija, con una creatividad infinita, me bombardea con ideas sobre cómo decorar la casa, qué dulces preparar, qué maquillaje ponerse. Aunque el lector pueda pensar lo contrario, estas cosas no me crean demasiado conflicto. Me hace gracia ver cómo las tradiciones viajan, cambian y se reinventan.
También me hace gracia también ver cómo los cascarrabias lo critican por ser una ‘tradición’ inventada que viene de fuera, como si poner un vistoso ramo de flores en la tumba de los seres queridos nos hubiese acompañado desde la noche de los tiempos. No siempre hubo esa sensibilidad tan romántica hacia los difuntos.
No faltan tampoco quienes defienden que, de alguna manera, Halloween ‘siempre’ se celebró por estos lares, y rescatan alguna fotografía antigua de campesinos con calabazas o nabos, como si una imagen —que podría ser falsa— fuese un sello de autenticidad, como si hubiese sido una tradición de toda la vida.
Sobre lo que no hay dudas es que en torno al 1 y 2 de noviembre, desde hace siglos en España se celebran Todos los Santos y los Fieles Difuntos, vinculados al recuerdo de los muertos, pero de ahí a Halloween hay un buen trecho.
Es cierto también que en algunos lugares del Noroeste de España, como Asturias o León —que es lo que a mí me cae más cerca— la noche del 31 de octubre ya tenía una historia propia mucho antes de que llegaran las calabazas. La noche del 31 de octubre era la noche de Ánimas o de Difuntos donde la linde entre el mundo de los vivos y de los muertos se difuminaba por unas horas. Era una noche propicia para la aparición de la «Güestia» o «Hueste de Ánimas» (también Güeste d’Ánimas, según la zona). Se trataba de una procesión de almas en pena que, según la leyenda, envueltas en sudarios blancos recorría caminos y zonas próximas a los cementerios portando velas, cruces y campanillas. Quien se cruzaba con ella corría el riesgo de recibir una vela, una cruz o el anuncio de una muerte inminente. La frase «Andad de día, que la noche es mía» resume el miedo de esta tradición; la oscuridad era un espacio donde los muertos podían volver a reclamar su lugar. Las versiones varían según las zonas y los relatos, pero en Asturias se contaba que la Güestia podía acudir a la casa de un enfermo antes de su muerte, mientras que en otras variantes del noroeste peninsular aparecen figuras semejantes que obligan al vivo a cargar con una cruz o con algún objeto hasta encontrar a quien lo sustituya.
A diferencia de Halloween esta creencia no ha cristalizado en el folclore a pesar de algunas iniciativas por hacer algo al respecto. Me entero por las redes sociales que en algunas localidades leonesas se «recupera» la Güestia. Concretamente, en Trobajo del Camino (León) la asociación cultural La Parva organizó una Güeste d’Ánimas el 30 de octubre. Dicen que se trata de una reivindicación del patrimonio etnográfico leonés en unas fechas dominadas por Halloween. Hablan de recuperar una tradición. Es interesante el término utilizado —recuperar— como si esta pretendida tradición hubiese estado dormida, olvidada o reducida al archivo y al relato familiar. El problema aquí —y no lo planteo como una crítica— es que en León nunca hubo una tradición como tal relacionada con la Güestia d’Ánimas. Hubo, eso sí, una creencia. Eran relatos que se contaban en los filandones, y advertencias de los más viejos sobre qué hacer si uno se topaba con ella. Nunca hubo un rito ni una celebración colectiva, ni nadie salía en procesión a representar la Güestia. Precisamente, el temor era encontrársela.
Tal y como indica el investigador leonés Nicolás Bartolomé que ha estudiado este tema en obras como «Mitoloxía popular del Reinu de Llión» (2013) y «El imaginario tradicional leonés: mitología, brujería y zoología fantástica en un reino milenario» (2021), las procesiones de almas en pena se inscriben dentro de un conjunto más amplio de creencias populares del antiguo Reino de León, junto a brujas, trasgos, moras y otras figuras de la tradición oral. Su trabajo es especialmente útil porque evita reducir la Güestia a una simple «versión local de Halloween”; la presenta como parte de un sistema de creencias propio, transmitido oralmente y vinculado al mundo rural leonés y asturiano.
Y aquí, en relación a la Güestia y su ‘recuperación’ aparece una cuestión interesante ligada a Halloween. Lo que se presenta como una ‘tradición recuperada’ no deja de ser más que una ‘reconstrucción’ contemporánea de un conjunto de relatos y creencias pertenecientes al universo de la tradición oral, transmitida de generación en generación. Sin embargo, mal que nos pese Halloween está plenamente anclado en el folclore, aunque en este caso, el folclore irlandés.
Halloween bebe de alguna manera del Samhain celta, una festividad que marcaba el final del verano, la conclusión de las cosechas y el comienzo de la mitad oscura del año. Lo celebraban también otras muchas culturas. Aunque suele afirmarse que en el mundo celta esa transición se asociaba también con una mayor proximidad entre vivos y muertos, diversos historiadores cuestionan hasta qué punto puede establecerse una continuidad directa entre esas creencias antiguas y las celebraciones posteriores. En todo caso, al igual que ocurrió en España, con la cristianización, muchas prácticas ‘paganas’ relacionadas con el calendario estacional y el recuerdo de los difuntos se integraron o convivieron con las celebraciones de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Aunque no se puede establecer una genealogía lineal, de ese entramado de prácticas precristianas, cristianas y modernas —y tras muchas transformaciones— nació el Halloween contemporáneo.
Llegados al siglo XIX, la emigración irlandesa y escocesa llevó a los Estados Unidos costumbres como el guising, los juegos adivinatorios y los faroles tallados en nabos. Fue allí donde el nabo acabó siendo sustituido por la calabaza y donde ese conjunto de tradiciones fue transformándose progresivamente, sobre todo a lo largo del siglo XX, hasta dar lugar al Halloween masivo y comercial que conocemos hoy.
Quizás se pregunten qué es eso del guising. Pues era una costumbre tradicional de Escocia e Irlanda en la que, durante celebraciones como Halloween, niños y jóvenes iban de casa en casa disfrazados —de ahí el término, derivado de disguise— y ofrecían alguna pequeña actuación, como cantar, recitar un poema, contar un chiste o hacer algún truco, a cambio de comida, frutos secos, monedas u otros obsequios. Se considera uno de los antecedentes del actual trick-or-treat estadounidense, aunque no son exactamente lo mismo; en el guising tradicional el regalo solía obtenerse a cambio de una actuación, no simplemente por llamar a la puerta disfrazado. A cualquiera que sea del Noroeste de España todo esto le resultará bastante familiar, y es que los paralelismos con ‘pedir el aguinaldo’ son más que evidentes. Ligada al ciclo festivo invernal y carnavalesco, esta práctica de niños y jóvenes de ir de casa en casa pidiendo alimentos, bebida o dinero, iba de Navidad hasta el Antruejo o Carnaval, y estaba asociada a disfraces y mascaradas como los guirrios, zamarrones o sidros.
En todo caso y, volviendo al hilo, Halloween se popularizó en Estados Unidos de América y llegó a España de la mano del cine, la televisión, la publicidad, las fiestas y el consumo global. A pesar de ello, si nos ponemos exquisitos Halloween tendría más autenticidad que la ‘recuperación’ de la Hueste de Ánimas. El origen de Halloween remite a una mezcla de tradiciones estacionales y populares vinculadas a la muerte, la cosecha y los espíritus. Sin embargo, la Güeste que hoy se quiere recrear no es una supervivencia de siglos anteriores sino una reconstrucción contemporánea de unas creencias del pasado. En este caso a través de una procesión con antorchas y sudarios se pretende convertir una leyenda rural en patrimonio cultural. No es un caso aislado y ocurre con otras muchas celebraciones.
Nada nuevo bajo el sol. Todas las tradiciones son, en mayor o menor medida, inventadas. Y no hay nada malo en ello. Como explicaron E. Hobsbawm y T. Ranger, una «tradición inventada» es un conjunto de prácticas rituales o simbólicas que, mediante la repetición, busca inculcar determinados valores y normas de conducta y establecer una continuidad con el pasado. Esa continuidad puede ser real, parcial o construida, pero su función es dotar de sentido y legitimidad al presente.
Halloween en España es una tradición importada que no necesita apelar a un pasado local, aunque buena parte de su legitimidad procede de un supuesto origen celta. La Güestia y otras muchas tradiciones, en cambio, necesitan apelar a un pasado ancestral porque su legitimidad descansa precisamente en la identidad territorial, la memoria de una cultura rural casi desaparecida y la diferenciación frente a lo global.
La contradicción no está, por tanto, en que una tradición sea «verdadera» y la otra «inventada», sino en exigir a unas prácticas una continuidad histórica que no se exige a otras.
En este punto, la mirada de E. P. Thompson ayuda a entender que la cultura popular no era un simple conjunto de supersticiones, sino una forma de interpretar el mundo. Rituales, creencias y costumbres expresaban la experiencia de unas sociedades marcadas por la enfermedad, la muerte, la escasez y la autoridad. La Güestia no era solo una historia para dar miedo; era también una forma de pensar la muerte, la comunidad y la relación entre vivos y difuntos. Sus reglas —no aceptar nada de los espectros, no mirarlos directamente o trazar un círculo protector— formaban parte de ese mundo de creencias compartidas. Con la modernidad, muchas de estas prácticas fueron perdiendo espacio y las élites empezaron a verlas como supersticiosas, vulgares o propias de la gente del pueblo.
Por eso no es tan fácil «rescatar» estas tradiciones; hoy las miramos desde un mundo muy distinto al que les daba sentido. Podemos recuperar sus formas, pero no exactamente la manera en que fueron vividas. Para un historiador, lo interesante es preguntarse qué había detrás de ellas y qué función cumplían. Y ahí Halloween y la Güestia tienen algo en común; ambos convierten el miedo a la muerte y a lo desconocido en una experiencia compartida. Sin embargo, lo hacen de manera distinta. Halloween lo convierte en espectáculo, disfraz y consumo; la Güestia recreada pretende convertirlo en memoria e identidad, pero también en espectáculo y celebración pública. La historia de ambas nos recuerda que el folclore sobrevive porque se adapta. Halloween, de ser un conjunto de prácticas vinculadas al calendario, los difuntos y el cambio de estación, pasó a ser una fiesta global. En el fondo, conserva su fuerza porque sigue evocando lo que ninguna sociedad ha resuelto del todo: la presencia de los muertos entre los vivos.
Tratar de recuperar —si se puede decir así— a la Güestia o a otras muchas tradiciones no es más que una forma de reivindicar la cultura local frente a la homogeneización que acompaña a ‘tradiciones’ como Halloween, asociadas además a un consumo desaforado. Es un rechazo a la globalización. Pero —de nuevo— aparece aquí un problema o una paradoja, y es que para reivindicar una tradición local frente a una celebración global se recurre hoy a mecanismos muy contemporáneos —teatralización, disfraces, redes sociales, programación cultural, turismo— que no tan distintos de aquellos que han permitido expandirse a Halloween y a otras tradiciones importadas.
La tradición no consiste en repetir mecánicamente lo que se supone que hacían los antepasados, sino en preguntarse qué necesitamos hoy de aquellas historias; en el caso de los difuntos, qué nos dicen sobre la muerte, la memoria, la tradición o la comunidad a la que pertenecemos.
No se trata de elegir entre celebrar Halloween o llevar flores a nuestros difuntos. Lo importante es recordar a quienes ya no están y mantener viva su memoria. Celebrar Halloween o no hacerlo es, de alguna manera, secundario. Tampoco tiene demasiado sentido empeñarnos en decidir qué tradiciones son auténticas y cuáles no. Estas contradicciones forman parte del funcionamiento normal de la cultura popular.
La propia historia de Halloween demuestra, además, hasta qué punto el folclore puede separarse de su contexto original y, aun así, conservar intacta su capacidad para fascinar.
En fin: ¡Feliz Día de Todos los Santos!
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