La vuelta de las vacaciones siempre es dura, pero este año la realidad está siendo especialmente cruel. Cada día está más presente la sensación de que nos deslizamos a toda velocidad por un tobogán de miseria moral hacia una época muy oscura.
En todo caso, lo mío es contarte cosas. Cosas varias. Así, que vamos al lío.
Hay por ahí una teoría, medio ridícula, que dice que entre las personas hay seis grados de separación; es decir, cualquier individuo del mundo puede estar conectado con otro a través de una cadena de no más de seis contactos.
Bien. Cuando hace años presenté Tierra de lobos, urces y hambre, hubo gente que me preguntó si la persona que aparecía en la portada del libro era mi abuelo o algún familiar mío. Y no, no lo es, es de un fotógrafo berciano relativamente desconocido llamado Vicente Nieto Cañedo. La foto la eligieron Palmero & Pimentel, los editores del libro y con esa foto quizás se cumple esa teoría de los seis grados de separación.
Vicente Nieto Canedo (Ponferrada, 1913 – Madrid, 2013) fue un fotógrafo español cuya trayectoria, aunque inicialmente amateur, acabó siendo un testimonio visual excepcional de la Guerra Civil española y de la España rural y obrera de la posguerra.
En 1928, con 15 años, Vicente emigró a Madrid. Allí aprendió el oficio de tipógrafo y trabajó en El Socialista. Formó parte del entorno cultural y sindical de la UGT y las Juventudes Socialistas, de modo que su fotografía nació vinculada a la conciencia de clase y al compromiso político. Con su primera cámara, una Kodak Baby Brownie adquirida en 1933, inició un camino autodidacta que alternaba retratos familiares, escenas cotidianas —y posteriormente— con imágenes del frente republicano, especialmente de la Columna Mangada en la Sierra de Guadarrama, donde ejerció como taquígrafo. Tras la derrota republicana, fue recluido en un campo de concentración en Valencia, lo que marcó un largo silencio creativo. En 1955 se incorporó a la Real Sociedad Fotográfica, donde desarrolló un trabajo centrado en el realismo y la dignidad de lo popular.
Recién en los años 2.000 empezó a ser conocido por el público gracias al trabajo de críticos como Francisco Vicent Galdón o e instituciones como el Instituto de Estudios Bercianos (IEB) que reivindicó sus raíces ponferradinas. No obstante, el reconocimiento definitivo vino en 2010. jugando un papel decisivo en la revalorización de su obra el polifacético Jesús Palmero quien, junto con Amando Casado, codirigió el documental La mirada furtiva. Producido con apoyo del Ministerio de Cultura y el propio IEB, más que una biografía fílmica, el documental es una arqueología visual y ética, rescatando del olvido además el archivo de más de 5.000 negativos lo cuales fueron donados al Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca.
Palmero concibe la figura de Nieto Canedo como emblema de una memoria fotográfica marginal; un hombre que, sin pretensiones artísticas, retrató con empatía las vidas interrumpidas por la guerra, los rostros campesinos y la austera belleza de la posguerra española. El título del filme, La mirada furtiva, sugiere esa posición entre la discreción y la resistencia, una mirada que observa y hace de testigo de algo que al régimen no le gustaba mostrar.
El proyecto de Palmero y Casado combina la recuperación documental con una reflexión sobre la ética del testigo. Las imágenes de Nieto Canedo adquieren valor histórico, pero también poético al mostrar un país fracturado, donde lo cotidiano es un acto de resistencia. En ese sentido, Palmero contribuyó a incorporar a Nieto Canedo en la narrativa más amplia de la memoria democrática española.
Para mí fueron un descubrimiento las fotografías de Vicente Nieto porque, como ya se dijo, son memoria, pero también poesía visual. Nieto Canedo dignifica a las personas anónimas y las convierte en protagonistas. Como esa gente que hoy en día trabaja la tierra, que cura, que protege, que cuida a nuestros mayores, que educa a nuestros hijos… Héroes sin estatua, sin nadie que glose sus hazañas pero héroes, al fin y al cabo. Hacen falta miradas como la de Vicente Nieto que, sin renunciar al compromiso con la realidad, sean capaces de rescatar y mostrar la belleza y la poesía escondida en lo cotidiano.
En fin. Se estarán preguntando dónde están los seis grados de separación. Pues quizás no los hay. En este caso hay un vínculo común que es Jesús Palmero, que junto con Cristina Pimentel, son los editores de ‘mi’ libro. Quizás sí que se cumple la teoría —más peculiar, pero más acertada— de mi amigo Pablo J. que viene a decir que uno, más tarde o más temprano, se termina encontrando con la gente que pace en los mismos praos que uno. Y es verdad. Una vez publicado el libro fui descubriendo que eran varias las cosas que compartía con Palmero & Pimentel. No sólo inquietudes o intereses sino también amigos como Alfredo Omaña o Nacho Redondo… por citar a los primeros que ahora me vienen a la cabeza. Y es que, a veces, se producen felices coincidencias. La fotografía de Vicente Nieto es una de ellas.
Estoy seguro que eres más partidario de la teoría de mi amigo Pablo J. que de la de los seis grados de separación. Si es así, puedes comentar, compartir o, si no lo has hecho ya, dejar tu correo para recibir nuevas entradas.

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