A qué huelen los sueños


“…Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos.

Y fue tanta la inmensidad del mar y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y Cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

-Ayúdame a mirar”.

Galeano

 

 

 

Llegué al pueblo en el año treinta y dos con mi plaza recién estrenada de maestra y la ilusión de enseñar a los niños a leer y a escribir, a hacer cuentas, pero también a mostrarles que más allá de la planicie de sus tierras había otro mundo, otras formas de vida, otras realidades, otras formas de pensar, y un pasado, claro está, del que todos proveníamos. Fue así como cuarenta chavales, entre niños y niñas, asimilaron eso que se llama saber y que nos hace más libres.

También pensé que debían aprender a organizarse. E hicimos la biblioteca escolar formada por los propios alumnos, y con ayuda de unos cuantos socios protectores y una rifa que se hizo en Navidad, compramos libros tan esenciales como “Las fabulas de la Fontaine”, “Los cuentos de Perrault”, “La Cabaña de Tom”, “La divina comedia”, “La Iliada y la Odisea”, o “El lazarillo de Tormes”. Eran dos editoriales, lo recuerdo muy bien, Calleja y Araluce, las que nos suministraban los textos que sin salir del aula nos permitieron con la imaginación navegar a Ítaca, alcanzar América, descender al infierno de Dante, o transitar por los lupanares de la picaresca española.

Al final de curso representamos en la Casa del Pueblo recién estrenada varios fragmentos de “Luces de Bohemia” de Valle Inclán. El público formado por los chavales de la escuela, pero también por buena parte de la gente del pueblo, aplaudió entusiasmado.

Tal fue el éxito de obra y las felicitaciones recibidas, que se me ocurrió que quizá los mayores quisieran aprender. E iniciamos, pasado el verano, una clase con media docena de hombres y de mujeres a los que con el tiempo se fueron sumando algunos más.

Fue admirable y para mí una de las mayores satisfacciones como docente ver cómo después de dejar las duras tareas del campo, cansados, pero limpios y curiosines, se entregaban diariamente y con puntualidad férrea a un conocimiento que hasta ese momento les había sido vetado.

El día que desplegué una lámina con los músculos del cuerpo humano en su versión masculina y femenina, algunos alumnos se ruborizaron. Les tuve que aclarar que un cuerpo desnudo no es ofensivo sino algo natural como un roble o una piedra. “Por ahí” dijo Pepín señalando con el dedo el vientre femenino “vienen los niños y hay alguna que desde luego no para de hacerlos”, y ahora miraba a Pacita que con veintitrés años tenía tres hijos y esperaba el cuarto. Algunos alumnos varones rieron. Pacita, la cabeza gacha, estaba roja como la grana. Recriminé a los graciosos, les dije que tener un hijo era cosa de dos, y que además había forma de controlar los embarazos no deseados. Me miraban con los ojos como platos cuando les expliqué que en el ciclo de la mujer, de treinta días, era hacía la mitad de éste donde radicaba el mayor riesgo de embarazo, aconsejándoles evitar las relaciones sexuales esos días.

“Pero Don Tirso, el cura, nos dice que los hijos son un regalo de Dios y que hay que recibir a todos los que vengan”, ahora hablaba Luisa, una muchacha apocada y triste. “Bueno, los curas necesitarían recibir de vez en cuando clase de ciencias naturales y ver más de cerca lo que se cuece en las economías domésticas”. Algo de esto le debió de llegar a don Tirso pues desde ese día, él que era generoso en saludos, ni me miraba cuando a veces, por razón del cargo, coincidíamos en actos públicos.

Pero no solo yo les enseñaba. Ellos también a mí, a hacer el pan, a zurcir, a repasar, a hilar, a hacer quesas con el cuajo de la leche de las vacas, aunque ellos decían que estas cosas no eran importantes. Son las letras, señorita, y los números, lo que de verdad tiene ciencia. Qué equivocados estaban al no apreciar esa sabiduría de antiguo, esos conocimientos trasmitidos de generación en generación.

Un día, recuerdo que era sábado, desplegué una lámina del mar, y al verlo Pepín, que era el más extrovertido, exclamó: “¡Azul y con puntillas!”. “No”, aclaré, “es la espuma, el bálago de las olas”.

Surgieron infinidad de preguntas: ¿Cómo es el mar?, ¿A qué sabe?, ¿Cuánto pesa?, ¿Cómo es de largo?, ¿Qué son olas? El mar es inmenso, les dije, y está frío, al menos el del norte, que es el que yo conozco, y suena… ¿os acordáis que el otro día hablamos del sonido del corazón, con su sístole y diástole? Pues así suena, como un corazón que no se para nunca, ni siquiera de noche, cuando todos descansamos.

¿Y a qué huele el mar, señorita? El mar huele a algas, a peces vivos. Sus miradas de desconcierto me hicieron caer en la cuenta de que los únicos pescados que llegaban a esas tierras de interior eran el bacalao y las sardinas arenques.

No pude pegar ojo esa noche pensando en ese olor que no les podía describir ni comparar con nada y se me ocurrió, ya casi de madrugada, solicitar un autobús a la Diputación para ir a verlo. ¡Qué alegría cuando me llegó la carta con el permiso concedido para que mis alumnos pudieran conocer el mar, tocarlo, olerlo, bañarse en él, oírlo, sentirlo!

La mayoría del grupo de mayores trabajaban y no podían dejar de hacerlo, así que al final solo fuimos ocho adultos y una treintena de chavales. Salimos muy temprano y tardamos ocho horas en llegar a la playa de Salinas. Cuando llegamos había niebla cerrada que poco a poco fue abriendo. De una forma natural y como si las olas les susurraran, “venid, acercaos”, los chavales se quitaron los calcetines, los zapatos, los pantalones, los jerseys, y se metieron en el agua con el calzón solo. Las chicas lo hicieron en combinación. Estaba fría y gritaron, corrieron, saltaron, se mojaron entre ellos. Cuando se cansaron de jugar se pusieron a coger quisquillas, lapas y mejillones en las rocas. Y más tarde a observar a los pescadores lanzando sus cañas a lo lejos. Los mayores, en cambio, renuentes y tímidos, se acercaron al mar con cautela no exenta de asombro. Pero a medida que iban tomando contacto con la arena también a los adultos se les iba quitando el pudor y la vergüenza. Ver a esos adultos que jamás habían salido de su pueblo mirar extasiados el mar es algo que no se puede describir con palabras, tampoco olvidar.

Como recuerdo de aquel día rellenamos botellines con el agua de mar y con arena, cogimos algas, también una buena colección de crustáceos. Y durante algún tiempo, semanas, hablamos en clase de la riqueza del mar, de su cultura, de la forma de vida de sus habitantes que ahora eran un poco nuestros, pues los comprendíamos mejor.

Jamás olvidaré, por mucho tiempo que pase, la descripción que hizo del mar Luisa, la muchacha apocada y seria, a la que por primera vez le reían los ojos. Dijo que olía a maravilla, a horizonte, a azul, a verde, a primavera, a brisa, a libertad, a flor, a gaviotas, a abrazo, que el mar olía al olor de los sueños. Y es que Luisa, sin saberlo, estaba haciendo poesía y metáfora.

Lo que vino después fue tan terrible, oscuro y largo que nos hizo llegar a pensar que aquel tiempo pasado no existió, que fue tan solo un espejismo.

Pero no. ¿Ve el botellín, muchacho, encima de la trébede? Es arena de la playa de Salinas. Puede cogerlo y sacarle foto si quiere para su artículo, ese botellín es prueba irrefutable de que lo que le cuento ocurrió, de que lo que le cuento es tan real, muchacho, como los miles de granitos de arena que contiene.

 

 

 

 

Cuando la cultura importaba: las Misiones Pedagógicas.


Hace mucho, mucho, tiempo hubo un país, llamado España, donde la cultura y la educación importaban de verdad.

Considerando que para implantar un Estado democrático era necesario un pueblo alfabetizado, el gobierno proclamó la escuela mixta, laica, gratuita y obligatoria y proyectó una escuela en cada rincón del país.

Pensará el lector que le estoy tomando el pelo, pero no. Aunque duró muy poco, ese período histórico fue la II República Española (1931-1939). Quienes saben de historia, saben que pocos gobiernos han sido tan ambiciosos en el ámbito educativo como lo fueron los republicanos.

Considerando al alumno como el centro de la enseñanza, se intentó dotar las escuelas con los mejores maestros; en este sentido, uno de los objetivos era dignificar la carrera de maestro, mejorando su formación y salario. Inspirados en la Institución Libre de Enseñanza, la República se propuso construir miles de escuelas especialmente en aquellas comarcas rurales más olvidadas y pobres.

Una de las primeras medidas en el ámbito educativo fue la creación por parte del Presidente del Gobierno provisional de la República la creación del «Patronato de Misiones Pedagógicas», dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, y «encargado de difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial atención a los intereses espirituales de la población rural«.

Precisamente la entrada de hoy va sobre la labor de las Misiones Pedagógicas en la provincia de León. Como reconocía el preámbulo de la disposición anterior, se trataba «de llevar a las gentes, con preferencia a las que habitan en localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos del avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y goces nobles reservados hoy a los centros urbanos”.

Las misiones más importantes fueron las del Valle de Valdeón en mayo de 1932 y la que recorrió los pueblos de la Cabrera en julio de ese mismo año. Precisamente, como vimos en una entrada anterior, la República prestó una atención especial a las comarcas más empobrecidas de la provincia de León. De cualquier modo y volviendo al tema que nos ocupa, tal y como reflejan las memorias, esta última Misión «fue recibida con entusiasmo indescriptible en todas partes, acudiendo a sus actuaciones hombres y mujeres desde largas distancias. Reúne a veces, en pueblos pequeños, como La Baña, más de un millar de personas, en sesiones nocturnas al aire libre«.

Los propios integrantes de la misión se ven sorprendidos por el grato recibimiento de los cabreireses tal y como quedó reflejado en la memoria: «Pombriego fué una revelación. En la Baña la gente se escondía de nosotros, no miraba al hablar, se pasmaba ante el gramófono y gritaba de susto cuando en una película apareció un tren corriendo en aparente dirección de ellos. En Pombriego los niños nos preguntaban, los mozos se desvivían por ayudarnos en cuantas cosas materiales podían, cargas y transportes; se bañaban en el rio con nosotros, cantaban, tenían gusto por la conversación y afán de saber cosas; una devoción por el maestro y la escuela como no hemos apreciado jamás. Todo fueron atenciones sin palabras, emoción sincera. Los niños de la escuela cantaban canciones regionales y recitaban a Enrique de Mesa. Nunca hemos hecho una actuación de Misiones tan a gusto como en aquel ambiente. Más del 75 por 100 de los vecinos desconocían el cine. Sin embargo, aplaudían con más calor los romances, y les interesaban sobre todo las charlas, que subrayaban con frases y comentarios (…)«.

En el marco de las misiones, hubo visitas de la Delegación de León a comarcas como San Emiliano o Murias de Paredes y Valle Gordo, y fueron creadas 140 bibliotecas rurales; en este sentido, León fue la provincia de España con más bibliotecas. También en Valdeón y La Cabrera depositaron un gramófono utilizado para realizar audiciones en las Escuelas y centros públicos; señala la Memoria de Posada de Valdeón: «Desde el mes de mayo que tuvo lugar la primera, fueron bastante frecuentes. El aparato ha estado por dos veces en todas las aldeas de este valle, permaneciendo cada vez quince días en cada una de ellas. En la primera vuelta las audiciones fueron casi diarias y después todos los días festivos. Debo hacer constar que estas audiciones musicales además de frecuentes, fueron animadas. Los oyentes no habrán sido nunca menos de ciento, alcanzando a veces hasta cerca de trescientos. Número considerable si se tiene en cuenta el carácter aldeano de esta comarca«.

Uno de los aspectos a destacar de las Misiones pedagógicas es que se proponían ir más allá de la labor educativa de la escuela, sensibilizando para «enriquecer el hogar emocional del niño, sus reacciones, y suscitar en él la emoción de lo trascendente, el sentido de lo humano y de lo suprahumano«. Por otro lado, la idea era que la escuela interesase a los padres y a las madres y que las enseñanzas organizadas respondiesen a sus inquietudes así como las bibliotecas, lecturas, audiciones y conferencias. Con el gramófono, el libro, el cinematógrafo, y todo lo que las «Misiones Pedagógicas» iban sembrando por los pueblos se pretendía unir escuela y pueblo, haciendo que la escuela fuese el eje de la vida social del lugar y el pueblo acabase sintiendo la escuela como algo propio.

En fin. Poco que ver con la función de la escuela hoy en día y la consideración que tienen los maestros tanto para el gobierno como para la gente… Y ¡qué decir del interés por la cultura!

Un amargo epílogo:

El 25 de agosto de 1936, apenas unas semanas después del golpe de Estado del general Franco, en una disposición publicada en el BOPL el Gobernador Civil de León exigía la colocación del crucifijo en las Escuelas, y mandaba sustituir los libros de las Bibliotecas creadas por las Misiones Pedagógicas  “por otros en los que resplandezca el amor a Dios, a la Patria y al Orden”. En noviembre, en una disposición más completa se mandaba «retirar e inutilizar los libros, folletos y opúsculos, revistas y periódicos comprendidos en los siguientes apartados: a) Todos los que se consignan en el Índice de la Congregación Romana del Santo Oficio. b) Los que aun cuando no estuvieren sean atentatorios a la Religión católica, moral y buenas costumbres. c) Los que signifiquen propaganda del socialismo, comunismo, anarquismo y masonería. d) Los que directa o indirectamente ataquen la unidad de la Patria Española«.

Lo peor no fue eso. Las reformas republicanas entusiasmaron a los maestros que se convirtieron en los mejores ‘evangelizadores’ del nuevo régimen. A la postre acabarían pagando muy caro este apoyo a la República: con la guerra civil y posterior represión franquista hubo 60.000 maestros ‘depurados’, aunque un número importante de ellos ya habían sido asesinados en los primeros días del golpe por falangistas y militares.

Comunales en 1931 #2. Valderas: un comunal conflictivo en Tierra de Campos


Para aquellos que tengan interés, en este enlace encontrarán la respuesta enviada en 1931 por el Ayuntamiento de Valderas al Ministerio de la Gobernación sobre los bienes comunales existentes en el municipio.

Aunque en una entrada anterior ya detallamos cómo el reparto y roturación de la Dehesa fue un asunto conflictivo en los años previos a la Guerra Civil, a riesgo de ser un poco pesados, hay varias ‘cosinas’ a destacar de la respuesta proporcionada por el Ayuntamiento.

En primer lugar destaca la extensa superficie de comunales en el sur de la provincia, en un municipio como Valderas situado en Tierra de Campos; de nuevo se demuestra que la existencia o no de comunales depende más de la organización social y económica que no de la geografía.

Otro aspecto llamativo es que, como se puede comprobar en el Archivo Municipal de la villa, la Dehesa Trasconejo hasta 1925 tuvo un uso ganadero; anualmente era arrendada a ganaderos de la localidad que pagaban una importante cantidad al Ayuntamiento.

En este sentido, aunque era un bien comunal su uso estaba ‘privatizado’ ya que la mayoría de vecinos de Valderas quedaba excluido de los aprovechamientos; únicamente podían acceder a los disfrutes de la Dehesa quienes tuviesen ganados y dinero.

Como puede intuir el lector avispado, aquí reside una de las claves de que no se privatizase con la desamortización de Madoz (cabe recordar que con motivo de la Guerra de la Independencia ya habían sido vendidas numerosas diversas fincas comunales); es decir, no se privatizó porque los que sacaban partido de la Dehesa eran los «cuatro ricos» -que además controlaban el Ayuntamiento- y para seguir utilizándola no era necesario comprarla.

Por otra parte, ahí está la clave también de los conflictos habidos por el uso de la Dehesa. Mientras que el vecindario abogaba por la roturación y reparto en quiñones entre los vecinos, el Ayuntamiento prefería seguir arrendándolo a los ganaderos; de hecho, a pesar de todas las presiones la Dehesa se siguió arrendando hasta 1925. Ese año los vecinos en un escrito dirigido al Ayuntamiento de dicha villa solicitaban que la Dehesa destinada para pastos “rindiendo poco para dicho fin y en cambio pudiendo producir en abundancia cereales y leguminosas” les fuese cedida en arrendamiento, dejando para dehesa boyal y pastos la parte de la misma que se considerase conveniente.

Haciéndose cargo de estas peticiones, finalmente el Alcalde municipal solicitó la roturación remarcando que se pretendía una cesión temporal y no la enajenación de estas tierras. Ya en 1915, en un informe sobre colonias, la Junta Central de Colonización y Repoblación Interior, notaba que en los últimos 5 años habían emigrado más de 300 familias de Valderas, a pesar de que la construcción del ferrocarril de Palanquinos a Medina de Rioseco había frenado la sangría emigratoria, y proponía que la Dehesa fuese colonizada (sometida a cultivo).

Finalmente en 1926 es autorizada la roturación, habiendo 444 adjudicatarios de las parcelas, aunque muchos vecinos de Valderas quedaron fuera del reparto. Por esta razón, de nuevo durante la II República, al acceder al poder los partidos obreros, fueron puestas en marcha nuevas roturaciones que beneficiaron a 713 vecinos, aunque ello creó importantes enfrentamientos dentro de la comunidad… pero eso ya es otra historia.

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Comunales en 1931 #1. Carrizo: en la ribera del Órbigo también hay comunales


Acarreo #2En diversas publicaciones sobre comunales, que ni siquiera merece la pena citar, se da por supuesto que la propiedad comunal es algo exclusivo de las zonas de montaña, por lo que la misma existencia del comunal se explicaría por factores geográficos. Grave error, como explicaremos a continuación.

No cabe duda que el factor geográfico puede «favorecer» la propiedad comunal puesto que en las zonas de montaña hay amplios espacios rocosos que son «improductivos» y zonas de aprovechamiento extensivo como pastizales o bosques susceptibles de aprovechamiento colectivo. Sin embargo, hay varias matizaciones que hacer al respecto.

Una de ellas es que como no hay una estadística de comunales como tal, los estudiosos del tema han trabajado con los catálogos de montes ‘públicos’ (ya saben que cuando decimos públicos nos referimos a montes cuya gestión está supervisada por el Estado): es precisamente en las zonas de montaña donde más monte hay. La otra es que, como veremos, en la provincia de León hay numerosos municipios que no son montañosos donde hay importantes superficies de comunales.

En este sentido, hace unas semanas, en una entrada del blog señalábamos que en 1931, el Gobernador Civil de la provincia pedía a los alcaldes que enviasen una relación de los bienes comunales existentes en cada municipio comprobándose que había comunales a lo largo y ancho de la provincia, incluso en zonas de ribera.

Así se comprueba por ejemplo en este documento, fotocopia de la relación original enviada por el alcalde de Carrizo de la Ribera. Sin entrar en demasiado detalle, hay varios aspectos llamativos:

  • Uno de ellos es que en un municipio como Carrizo, situado en la ribera del Órbigo, donde además había una agricultura de regadío, haya una superficie tan amplia de comunales.
  • Relacionado con lo anterior, se observa que los comunales era sometidos a una aprovechamiento intensivo, cultivándose en ellos lino o legumbres.
  • Otro aspecto destacable son los «coutos» de Huergas y la Milla del Río, indicativo de la importancia de los comunales en el sostenimiento del ganado vacuno (imprescindibles para el trabajo de las tierras y como fuente de fertilizante)

En el caso de Carrizo se constata la existencia de comunales en una zona que no es de montaña y donde además había una agricultura intensiva de regadío muy dinámica. Con ello se demuestra que los comunales no son exclusivos de las zonas de montaña ni de comarcas donde predominan los usos extensivos; es más comunales y agricultura dinámica no son términos antitéticos.

Por tanto si en algunas localidades la propiedad colectiva no se explica por factores geográficos, ¿por qué otros factores se explica?. Bien, la respuesta no es sencilla ya que habría factores históricos estando la presencia o no de comunales muy relacionada con la organización económica y social. Pero eso ya es harina de otro costal que daría para varias entradas en este blog.

En próximas entradas irán apareciendo las relaciones de comunales enviadas en 1931 por diversos ayuntamientos de la provincia ¿Te lo vas a perder? Suscríbete al blog.

El rescate de comunales en León durante la II República


 

Este mes de abril se cumplen 83 años de la proclamación de la Segunda República Española. Como ya comentamos en anteriores entradas, una de las medidas del primer gobierno republicano fue plantear una reforma agraria integral con tres objetivos: evitar el paro obrero, distribuir la tierra y racionalizar la economía agraria.

Comentábamos también que una de las medidas propuestas, y que afectó a la provincia de León, fue el rescate de los bienes comunales que habían sido usurpados o despojados a los pueblos durante el siglo XIX. Precisamente en el último número de abril de la revista científica Historia Agraria sale publicado el artículo ««Reviviendo el sueño de varias generaciones»: comunales y reforma agraria en la provincia de León durante la II República (1931-1936)».

Si estás interesado en consultar esta publicación, envíanos un correo o pídelo en los comentarios y te la enviamos sin problemas puedes descargarla en este enlace.

Resumen: Con la llegada de la II Republica el nuevo gobierno provisional impulsó un verdadera reforma agraria centrada en mejorar las condiciones del campesinado, con un programa que iba más allá de la expropiación y reparto de los grandes latifundios, al proponer la reforma de los contratos agrarios, del mercado de trabajo, la abolición de las prestaciones señoriales o el rescate de comunales. En la provincia de León el marco de la reforma agraria se autorizaron roturaciones en comunales y montes públicos sin socavar los derechos posesorios colectivos y se restituyeron a los pueblos derechos sobre los comunales de los cuales habían sido desposeídos en el siglo XIX. En este artículo se argumenta que el reformismo republicano colocó como protagonista al campesinado al plantear una revisión de la reforma agraria liberal, al tiempo que apostaba por la consolidación de la pequeña explotación campesina sin dejar de lado los reclamos populares sobre el reparto y acceso a la tierra. También se defiende que detrás de las reclamaciones de los pueblos para recuperar espacios que habían sido comunales hay una explicación de orden moral, relacionada con la defensa de un modo de vida y una cultura campesina.

Si te interesa el tema, son especialmente interesantes las publicaciones del historiador Ricardo Robledo, a las que puedes acceder haciendo click aquí.

Las Hurdes Leonesas y la Segunda República Española


A principios de los años 60 un escritor berciano, Ramón Carnicer, después de un viaje por el suroeste de la provincia de León publicó ‘Donde las Hurdes se llaman Cabrera».

A partir de ese momento, la etiqueta de Hurdes Leonesas pasó a ser aplicada ‘en exclusiva’ a la comarca de La Cabrera aunque también en comarcas como Ancares, Fornela o en La Cepeda, incluidas en el Patronato de las Hurdes durante la II República Española, se vivía una situación de pobreza y abandono similar. En las líneas que siguen te lo contamos…

Ya señalamos en otras entradas de este blog que el progresivo deterioro de las condiciones de vida del campesinado de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX era muy evidente. Concretamente en la provincia de León, un geógrafo llamado Modesto Medina Bravo en el libro «Tierra leonesa: ensayo geográfico sobre la provincia de León» publicado en 1926 señalaba que había comarcas en el partido de Villafranca “pobres y abandonadas, verdaderas Hurdes leonesas»

No obstante no fue hasta 1932, con la Segunda República Española, que los gobernantes empezaron a ser conscientes de la desastrosa situación y a tomar medidas para remediarla. Así, ese mismo año, en La Gaceta de Madrid (el equivalente a nuestro Boletín Oficial del Estado), apareció publicado lo siguiente:

En la provincia de León existen dos extensas comarcas denominadas “La Cabrera”, prolongada por su limítrofe La Cepeda, con unos 2.000 kilómetros cuadrados de extensión y 20.000 habitantes, y la región de los “Ancares” con 500 kilómetros cuadrados y 3.000 habitantes, cuyo estado de pobreza y de atraso material y cultural en las distintas actividades humanas son notorios.
Deseando el gobierno, al que hondamente preocupa tan lamentable situación, procurarla el posible remedio, de acuerdo con el mismo y a propuesta de su Presidente, 
Vengo en decretar:
Artículo único. Las Direcciones Generales de Caminos, de Sanidad y de Primera enseñanza designarán cada una un funcionario, los cuales, en unión de un miembro de la Comisión gestora de la Diputación Provincial de León, designado por la propia entidad, constituirán una Comisión que a la mayor brevedad visitará las comarcas aludidas, y como resultado elevará al Gobierno propuesta de las medidas que hayan de adoptarse para remediar la aflictiva situación de aquellos pueblos, determinando la proporción en que hayan de colaborar a ellos los organismos provinciales y locales. 
Dado en Madrid a primero de Julio de mil novecientos treinta y dos. 
NICETO ALCALÁ-ZAMORA Y TORRES 
El Presidente del Consejo de Ministros.
MANUEL AZAÑA”.

Esta comisión, en la que participó el citado M. Medina Bravo, hizo público un informe que destacaba la urgencia de acudir a remediar la situación estas comarcas mejorando las comunicaciones para romper el aislamiento y construyendo equipamientos sanitarios y educativos. Precisamente, basados en el informe presentado, en octubre de 1933 el Gobierno decretó la construcción de varias carreteras, y también de edificios escolares con vivienda para maestros y campo escolar anexos en los pueblos de estas comarcas.

Meses más tarde, en febrero de 1934, en un nuevo decreto el gobierno “adopta una medida de eficaz e innegable trascendencia: y es la de subordinar el problema que presentan determinadas zonas montañosas de la provincia de León al mismo esfuerzo del Patronato hurdano. Parece natural que ofreciéndose entre ambos territorios la mismas singulares características -por su miseria, por su aislamiento, por su abandono- se confíen las llamadas “Hurdes leonesas” a la acción tutelar del órgano de la Administración pública especialmente dispuesto para remediar aquellas lacras nacionales”.

Concretamente el artículo 2º establecía que “Desde esta fecha y ejercitando las mismas atribuciones, delegaciones y competencias del que está investido con relación al territorio de Las Hurdes, el Patronato extenderá su actividad institucional sobre la región denominada “Las Hurdes Leonesas” o en términos más propios “Las Cabreras” -y las que se encuentran en pareja situación-, es decir sobre aquellos núcleos de población con sus respectivos territorios, enclavados dentro de los ocho Municipios de Truchas, Benuza, Castrillo de Cabrera, Encinedo, Peranzanes, Balboa, Barja y Oencia en la provincia de León (…)«. Cabe notar que fueron incluidos tanto municipios de La Cabrera, como de Fornela y Ancares, quedando fuera La Cepeda que sí había sido incluida en las primeras medidas de acción.

El caso es que con la desaparición de la II República estas comarcas volvieron a caer de nuevo en el olvido de las administraciones públicas, quedando paralizadas todas las infraestructuras e inversiones planificadas. Hubo que esperar tres décadas hasta la publicación de lo que era un libro de viajes titulado ‘Donde las Hurdes se llaman Cabrera‘ que, para vergüenza de las autoridades provinciales, denunciaba el lacerante abandono de esta comarca leonesa. Pero esa es otra historia, sobre la que quizás volveremos otro día…

La foto que ilustra la entrada es de Ramón Carnicer

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