País


Palabra que asomaba en las conversaciones de antaño y que con el paso del tiempo comenzó a ralear su uso, hasta convertirse en extraña incluso para quienes la habían susurrado. Fue necesario, entonces, retomar añejas inquisiciones para acercarnos a la atmósfera que abotonó en el pasado la comarca del Condado, de la Confluencia según Alarcos y Martino, y arrimando el hombro, ayudarles a volver al surco. La curiosidad obligó a buscar un sentido a algo que había estado y estaba allí, y explicaba con mayúscula unas vidas adaptadas a una geografía -escrito en la tierra- cerrada, inmediata, una realidad primera que el caciquismo de las autonomías se obsesiona en embrollar, condenándonos a participar en algo sin ganas, a la manera de aquéllos que no pueden ser otra cosa.

Aquellos hombres, torrente de energía y morridos de amor por su tierra, sumidos en la belleza e indolencia de sus animales totémicos, se hallan en trance de acabar como el extremo noroeste de algo extraño, ajeno y raro, cuando son el horizonte, el paisaje, la tierra, el allí mismo y el sentido de pertenencia, tanto y más que la historia, el folclore o cualquier otro aleluya, donde se amarran apegos y ataduras: lazos afectivos, rutinas escritas en los surcos, aperos, indumentaria y arreos, comidas, bebidas, costumbres…, donde los sistemas de riego, la fertilidad de los suelos, matracas permanentes sobre corros de aluches, partidas de bolos, frezaderos de truchas, cangrejadas, los animales, los árboles y el clima son determinantes, pues los hombres hacen su propia historia… bajo aquellas circunstancias con las que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. No sólo esa suma de motivos, también algunos barbarismos, leyendas, calendarios de ferias y romerías comunes que no cabía ignorar, pues se vivían como propias en una época y unas tierras, donde los desplazamientos de más de un día suponían ya otra historia.

Ignoraban si eran únicas o especiales, no les preocupaba, eran suyas, de donde habían nacido, del País donde empatan Curueño y Porma zurciéndole como arteria nutricia, enmarcando hábitos, ritmos de vida y existencias emboscadas entre sebes, hasta que nuevos cultivos, unos proyectos de ganadería intensiva y la concentración parcelaria, les obligaron a desaparecer con la promesa y acicate de otras formas de ganarse la vida. Aquella muralla difusa e inabordable que se creía eterna comenzó a desmoronarse y el desapego dejó de ser considerado una excentricidad. Había comenzado a rodar la década de los 60’ y el presente les inquietaba, no había tierras suficientes, se había oído hablar de comodidad, sueldos fijos ajenos a las riadas y las sequías, Seguridad Social, un futuro diferente… y como allí no había para todos, se inició una forzada y tenaz trashumancia, que no cesaría hasta casi vaciarse los pueblos.

Ignoraron el amenazante No asomarse al exterior de los vagones de tercera y el limes nativo, de contornos precisos, comenzó a difuminarse, pues tras la carretera llegaron el coche de línea y las bicicletas que acarrearían nuevos apellidos al cementerio y, desanudando vínculos, los caminos podrían llevarte a todas partes, aunque a veces sólo para encontrar la cagada del lagarto. Hubo que columbrar nuevos horizontes y los extremos de un perímetro que se desvanecía Curueño arriba, Porma abajo, comenzaron a parecer estrechos y el País que habitaba en las conversaciones y escribía la prosa áspera y rugosa de boletines, papeles oficiales y protocolos notariales, comenzó a perder sentido.

A pesar del paso del tiempo, el sentido afectivo y de pertenencia persisten, están ahí, atávicos, apegados, como células durmientes. Pero es desde la murnia del alejamiento y al entamar cualquier charla con esos paisanos incapaces al desapego, al descuaje -se habían ido para volver y aunque cambiaron de aires nunca renegaron del origen-, es más fácil entenderlo todo, pues en sus palabras y andares sienten, saben y recuerdan que siempre serán Uno de los nuestros, ya que muchos años atrás -hay quien habla de al menos tres generaciones-, alguien les garantizó que siempre habría un sitio en el pueblo aguardándoles, donde amorriñar y guarecerse.

Quizás no seamos capaces de explicarlo, es más, puede que para casi todos carezca de interés, para nosotros no. Sabemos que son necesarios los rescoldos y las vivencias del pasado para formar parte del presente, y no sentir rubor al abrazar palabras tan lejanas como certeras: “Yo quiero cerrar los ojos, / despertar en una aldea con olor a corteza de pan, / a menta y a abono, / bañarme en el río y cortar un trébol.”  

No sabemos si es un deseo o una añoranza particular, pero al sentir la palabra País, sabemos que describe recuerdos comunes y arraigos tenaces, emociones, pues a pesar de la lejanía, siempre estaremos sumergidos en ese ecosistema. Por eso, cuando el coche de línea embocaba en el Puente Villarente aquella carretera hilvanada de chopos, te dabas cuenta de que el humo olía de otra manera, el aire refrescaba más y venía preñado de historias del lugar que se arramaba a los pies de la Quebrantada. Un País para algunos desaparecido, aunque no en tu memoria, pues cabe que sea la toma de tierra, el caldo nativo, que quizás te ayude a resistir y evitar ser electrocutado por la que se nos viene encima.

фром ваика де порма, Marta Nubenegra.

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