Unas notas sobre la historia del lúpulo en León (3/3)


La entrada en 1986 en la Comunidad Económica Europea supuso una debacle para la provincia de León y los productores de lúpulo, al ser una producción excedentaria, fueron otro de los colectivos damnificados. Se dieron ayudas para el arranque de plantas, el barbecho temporal y la reconversión varietal. El resultado de todas esas medidas fue que de 1.950 hectáreas cultivadas en 1985 se pasó a menos de 500 en 2010. No vale la pena entrar en detalles. Se dice bien: la superficie cultivada de lúpulo en León se redujo en más de un 75%. Precisamente, en 2010 cuando la superficie alcanzaba mínimos, la Unión Europea comenzó de nuevo a subvencionar nuevas plantaciones de lúpulo. 

Con todos esos avatares el lúpulo dejó de ser el cultivo seguro de antaño. El broche llegó en 2015 cuando la multinacional Hopsteiner adquirió el 80 por ciento del capital de la SAE de Fomento del Lúpulo abriéndose una nueva etapa para el sector…

Hasta aquí llega la historia del lúpulo en León, aunque hay detrás hay otras historias más personales que también merecerían ser contadas. Podríamos escribir la historia de miles de familias, como la mía, que éramos cultivadores. Seguramente que cada una de estas historias tienen su amargor, como el propio sabor del lúpulo, pero también su dulzura como el aroma de las flores de esta planta.

Les podría contar de cuando en primavera salíamos de la escuela y al llegar a casa, encima de la mesa de la cocina, encontrábamos una nota de mi madre que decía “Estamos en el lúpulo”. Ya sabíamos lo que había que hacer: salir raudos hacia la tierra a ararlo, cavarlo, abonarlo, repelarlo, ponerlo a trepar… Les podría detallar los mil y un cuidados que requería. Prácticamente cada día requería una labor nueva. Les podría contar de la dureza de aquellos trabajos, especialmente el riego, pero también de aquellas hermosas y estrelladas noches de verano durmiendo al lado de la tierra vigilando para que las balsas no reventasen.

Recuerdo también con nostalgia los días de la ‘pela el’uplo’ (recolección del lúpulo), a primeros de septiembre. Niños y mujeres pasaban el día en la tierra depositando los conos (flores maduras), en cestos y ‘sacas’ que, al final de la jornada, eran pesadas y anotadas en una libreta. Eran días alegres. No puedo evitar emocionarme recordando a muchas personas que ya no están y que se volcaban a ayudarnos en los momentos críticos, y particularmente en esos días intensos de la cosecha.

Me vienen a la cabeza aquellas noches frías cuidando del secadero, durmiendo al lado de la caldera vigilando que se mantuviese la temperatura. Uno no se olvida nunca del dulce aroma de aquellas noches.

¿Cómo no acordarse también de la celebración del ramo? ¿Qué les podría contar? Ese día se pagaba a los peladores y se hacía una cena con todos los que, de alguna manera, habían ayudado. Por supuesto que también recuerdo el día en el que se entregaba el lúpulo en la factoría. El pesaje, la medición de la humedad, los montones de lúpulo, las tolvas… Y me reconozco en mi hijo, observando todo con unos ojos abiertos como platos y tratando de entender cómo funcionaba aquello.

Y, ¿cómo, no? También me identifico con mi padre y con mi madre. Les podría contar la historia de mi padre, pionero en el cultivo del lúpulo, que lo entendía mejor que nadie y que, año tras año, podía presumir de tener la mejor cosecha. O la historia de mi madre que en la época de la recogida se multiplicaba por diez y además de ir a la tierra se encargaba de prepararlo todo: la comida, la ropa, atender los animales…

Y es que detrás de los números y estadísticas, en toda HISTORIA hay personas detrás…
La foto que acompaña el texto es de Susana Cámara, creo…