La noche más larga


Pobreza
– Santiaguín, fiyo, espierta… Santiago, por el amor de Dios, despierta…
– ¿Qué ocurre padre? Es noche cerrada – protestó el muchacho intentando abrir los ojos llenos de legañas.
– Levántate hijo mío. Vete a casa de tía Alejandra y dile que venga corriendo que madre empeoró. Pídele también a tío Eliseo el caballo para ir a buscar el médico a Vegas.

Santiago, un muchacho menudo que no aparentaba los catorce años que acababa de cumplir, se levantó de un salto. A su lado, en un jergón de paja, dormían otros dos muchachos que no tenían ni diez años. Salió de la habitación a tientas, procurando no despertarlos. Al fondo de un pasillo de madera iluminado por una luz tenue que escapaba por una puerta entreabierta, un candil dibujaba un cuadro dramático. En un camastro una mujer respiraba con dificultad y a su lado una muchacha delgada con los ojos llenos de lágrimas sostenía una palangana con esputos y sangre.

– Tíooo, tíooo Liseu, ¡abra la puerta!
– ¿Qué pasóu fiyu? ¿Qué horas son estas pa venir chamando d’esa manera?.
– Tío, deben ser las cuatro de la mañana. Mi madre se muere, y dice mi padre a ver si nos deja el caballo para ir a buscar al médico.
– Alejandraaaa, llevántate, que la mi hermana empioróu.

La escarcha crujía bajo el paso regular y firme del caballo y el tapabocas con el que se cubría se iba tapizando con diminutas gotas blancas. El aire frío de la montaña, ese aire que le hería el rostro estaba a punto de llevarse a su mujer. Con siete hijos pequeños su mujer no tenía otra que ir al lavadero. Pobres pero limpios. Pobres y huérfanos, a partir de ahora. Tal vez el médico pudiese hacer algo. Tal vez no, ya que no, no era una pulmonía. La cosa pintaba bastante peor. Bien sabía que se trataba de tisis. Desde la siega de la hierba, Lucía tenía una tos fea y se había ido debilitando. Aún así, necesitaba llegar a Vegas lo antes posible para avisar al médico.

Los pensamientos se agolpaban en su cabeza como las abejas en primavera acuden a los enjambres. Padre, quería casarme con Lucía. ¿Pensástelo bien, fiyu miu?. Fíxate que nun tienes capital nengunu y quiciás nun te quieran. Padre, tengo brazos pa’ trabajar. Usted sabe que llevamos unos meses de novios y tiene que acompañarme a pedirla… Buenos días Ezequiel ¿da permiso pa’ entrar? Alantre. Pasaí, pasái a la cocina. ¿Qué vos trae por eiquí? Mira… Mateo quería casase con Lucía. Bueno, bueno, quisióu… Se yía voluntá d’ellos, el miu permiso tiénenlu.

Ensimismado por los recuerdos, el paso cadencioso del caballo y el cansancio hacían que la modorra se fuese apoderando de Mateo. Una extraña calma parecía invadirlo todo. De repente, el lejano aullido de un lobo convocando a la manada sobresaltó a jinete y montura. Como un rayo en una noche oscura, se iluminó todo un paisaje de miedos instintivos y atávicos. El caballo movió las orejas y relinchó nervioso y un escalofrío recorrió la espalda de Mateo que para conjurar el miedo empezó a rezar en voz alta un padrenuestro.

Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre… Se lo dije. Se lo dije. Lucía, no vayas hoy al lavadero. Se lo repetí. No vayas hoy al lavadero. No vayas, por Dios, avienta nieve… ¡Dios santo! ¡Qué desgraciado que soy! ¿Por qué la dejé ir al lavadero con la helada que había caído y por qué no le dije nada?…venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad… Mateo, cuida de Juanín. Baja al mercado este jueves y en casa del gallego cómprale unas botas nuevas. No mires el dinero, anda descalzo el pobrín… Quizás esas fuesen las últimas palabras que Mateo escuchó de Lucía.  …así en el cielo como en la tierra… ¡Arre, caballo! ¡Vamos, bonito, vamos!

Toda la vida con Lucía desfilaba por la cabeza de Mateo. Recordaba la mujer delicada que fue. Se fijó en ella por primera vez en las fiestas del Cristo de Monterredondo del año anterior a la guerra. Para Mateo, cuarenta largos meses había durado el noviazgo, como la guerra. Recordaba los cientos de cartas que imaginó en la trinchera y nunca le escribió. Recordó el lazo rojo que le compró en Oviedo y que nunca le mandó. Querida Lucía, espero que a la llegada de la presente te encuentres bien de salud. Por aquí no hay grandes novedades. Cada día te tengo presente, desde que amanece hasta que se pone el sol. Eres la mujer más guapa que conocí… Para Lucía el noviazgo comenzó el año que acabó la guerra. Mateo había vuelto del frente asturiano, y ya no era el muchacho lampiño de tres años atrás. Ahora era lo que se decía un buen mozo y tenía la energía de quien puede con todo y nada se le pone por delante. En la fiesta de San Juan la había sacado a bailar y allí empezaron a conversar. Después vino San Pedro, el Carmen, San Lorenzo, la Asunción… Para las Candelas ya eran novios. Después vinieron los ‘aproclamos’ y la boda. Y llegó un primer hijo, y un segundo, y un tercero… y un cuarto. Y así hasta siete. El último de ellos cumplirá tres años en la primavera.

Quizás tenía que haber buscado al médico hace días, cuando se le agravó la tos. Esto pasa, Mateo, esta tos acaba pasando, le decía Lucía. ¿Por qué le hizo caso?

Dice Tirso que dijeron en la radio que salió un medicamento que cura la tisis, pero seguro que los pobres nunca llegaremos a probarlo. ¡Qué desgracia más grande ser pobre! Dicen que los pobres no vivimos la muerte de la misma manera que el resto de la gente. Dicen que tenemos muchos hijos y que estamos acostumbrados a ver cómo se nos mueren y que no sentimos el dolor de la misma manera. Dicen que estamos acostumbrados a la muerte… ¿Qué sabrán ellos? ¿Qué voy a hacer con siete rapacines, con siete boquinas que alimentar? Dios mío, ¡qué dolor! Me va a partir el pecho en dos.

¿Qué voy hacer con siete hijines? ¿pero qué voy a hacer yo solo? ¡Virgen santa! Padre nuestro que estás en cielo, santificado sea tu nombre… Un sollozo entrecortado interrumpió el rezo. La luz de la luna reflejada en la escarcha mostraba toda la crudeza del invierno leonés. Aun así, urces, robles desprovistos de hojas y yerbas chamuscadas por la helada probaban que había vida en medio de tanta aspereza.

– Ale, caballín, ale. Ale, valiente, vamos. Que detrás de esa cuestina está el pueblo.  Vamos, valiente, vaaamos, que ya llegamos. Un repechín más y llegamos, intentaba animarse.

Al fondo, detrás de la ladera, el sol comenzaba a desperezarse. Serían casi las ocho de la mañana, y el ladrido lejano de un perro avisaba de la cercanía de Vegas, el pueblo del médico. 

– Don Rosendo, Don Rosendo, gritó Mateo golpeando con fuerza el picaporte de un portón grande de madera.

Un criado del médico envuelto en una manta le abrió la puerta del portal y lo invitó a sentarse en un escañil al lado de una estufa de leña que aún conservaba brasas de la noche anterior. Al aparecer el médico, Mateo con un movimiento rápido se quitó la boina y retorciéndola nerviosamente con las dos manos, explicó con un hilo de voz: Buenos días Don Rosendo. Perdone que lo moleste a estas horas. Vengo de Valdeferrera, mi mujer se muere. A ver si usted puede hacer algo.

– Ulpiano, ensilla el caballo lo antes que puedas. Pero primero lleve a este hombre a la cocina que se caliente un poco y coma algo. Con este frío le va a dar una pulmonía, ¿no ve cómo está tiritando?

Cierto. Mateo tiritaba, pero no era frío. Era miedo. Ahora que llegaba el día, para él comenzaba la noche más larga.

 

Gregorio Urz – León, enero de 2017
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