Un día de perros


Aquel día Pericles había salido con el ganado de mala gana. Asuntos de amores en el vecino barrio de la Fuente lo entretuvieron más tiempo del previsto, motivo por el que alcanzó el rebaño cuando ya estaban en la cuesta del Chano camino a Valderrozas. El sentido del deber y la responsabilidad se imponían frente a los arrebatos pasionales. Sabía que no podía faltar a su obligación de cuidar del rebaño.

A pesar de la demora en incorporarse al grupo, Isaías que se había desgañitado llamándolo se alegró al verlo. También Churchill y Yaki se alegraron. Formaban un buen equipo y empezaba una nueva jornada de trabajo.

Ya en el alto, la ausencia de nubes en el cielo anunciaba un día soleado. A estas alturas del año, el frío estaba en retirada y todos los seres vivos del monte iban poco a poco despertando del largo letargo invernal. Tímidamente, en las solanas urces y robles empezaban a brotar y el suelo empezaba a tapizarse de verde. Pequeños roedores e incluso algún lagarto se asomaban al paso del rebaño. También, de vez en cuando algún corzo o una liebre se dejaba ver entre los matorrales distrayendo a Churchill de sus obligaciones. Desperdigadas por los rastrojos las ovejas peinaban codiciosas los surcos del barbecho en busca de yerbas frescas. Los días empezaban a ser más calurosos y más largos. La vida poco a poco cobraba fuerza en el monte.

Todo indicaba que sería un día tranquilo, como la mayoría de los días. Pericles ya conocía bien la rutina. Primero el rastrojo por el alto, bajarían a sistiar a la sombra de los robles en la fuente de la Debesa, pacerían un rato por el valle y cuando el sol empezase a ponerse subirían de nuevo al chano para emprender el regreso a casa. Su mayor y casi única preocupación era que Churchill estaba cuestionando continuamente su autoridad en el grupo. Cada día saltaban chispas entre ellos y a estas alturas la pelea para dirimir quien mandaba parecía inevitable.

Pericles, un perro de torna mestizo, era el líder del grupo. De sus padres, una carea leonesa y un pastor belga, había heredado inteligencia y determinación a partes iguales. Era ya viejo y conocía bien su oficio y todos los códigos. Anticipaba los movimientos del rebaño y una mirada, un gesto, un amago o un ladrido eran suficientes para poner orden. Para Isaías, el pastor, Pericles era más que en un perro; era su confidente: le contaba todas sus penas y alegrías y le consultaba cada decisión importante. En esas conversaciones ininteligibles para Pericles, éste se limitaba a escuchar tumbado en el suelo mirándolo a los ojos. Seguía atento la explicación, limitándose a levantar la cabeza cuando los ojos de Isaías brillaban o a bajarla cuando fruncía el ceño o su mirada delataba preocupación.

El resto del grupo estaba conformado por Churchill el noble mastín leonés que desde octubre sustituía a Sócrates. Comprado a Gerardo el Tuerto, había aprendido lo básico del oficio aunque no había tenido ocasión de mostrar su valía y bravura. Era joven e inexperto y se despistaba con facilidad, cosa que molestaba sobremanera a Pericles. También, desde hacía tres semanas se había incorporado al grupo Yaki una perra menuda de carea, llamada en el futuro a sustituir a Pericles en la torna del ganado.

El resto del día transcurrió sin sobresalto. A medio día, pastor y perros compartieron una merienda escasa y descansaron mientras el ganado sistiaba. Tal y como estaba previsto, a la tarde prosiguieron valle abajo hasta llegar a la muria que marcaba la linde con el monte de Valdenogal. Aunque vedado, Isaías viendo que estaba sin andar y tenía abundante pasto, no lo dudó y metió las ovejas al monte del pueblo vecino.

Medio sin enterarse, se les echó encima la puesta de sol. Era tarde para volver de nuevo al alto y bajar al valle, por lo que Isaías decidió regresar a casa por el camino que bordeaba los pinares del Estado. El cambio de rutina puso nervioso a Pericles. Sabedor de que la noche en el monte es peligrosa, el perro agrupó el rebaño y lo encaminó con prisa hacia la pista forestal. Churchill que venía detrás del rebaño salió corriendo detrás de un bicho, alejándose y desapareciendo de la vista de Pericles.

Ya en el camino, las ovejas caminaban presurosas azuzadas por Pericles y Yaki. Con un poco de suerte, llegarían a casa con algo de luz.

Súbitamente, como si hubiese recibido una descarga, a Pericles se le erizó el lomo. Era el instinto que lo alertaba de la presencia del lobo. Empezó a ladrar nervioso para avisar a Eliseo y a Churchill, que seguía desaparecido. Antes de que éstos se hubiesen percatado del peligro, de entre las sombras del pinar salieron tres lobos grandes con la casi segura intención de sustraer del rebaño alguna oveja rezagada.

– “Al loboooo, al loooobooo. Favor, vecinos. Favooooor. Al looooboooo”- gritaba Isaías con todas sus fuerzas agitando los brazos en alto al ver las alimañas.

Las ovejas al sentir el peligro se arremolinaron nerviosas berrando y a lo lejos apareció Churchill dando grandes zancadas en dirección al rebaño. Cabeza en alto, el pecho arriba y moviendo el rabo, ladraba con fuerza para que notasen su presencia.

En un santiamén los tres perros estaban frente a los lobos, ladrando amenazantes. Éstos, que no habían advertido la presencia del mastín, adoptaron una posición defensiva: el rabo medio recogido entre las piernas, los pelos erizados y la espalda encorvada los delataba. Con la cabeza baja, la mirada clavada en los perros, gruñían y mostraban sus fauces en las que impresionaban unos colmillos blancos y grandes como navajas.

Uno de los lobos hizo amago de atacar. Yaki salió corriendo buscando refugio entre las piernas de Isaias que con la cayada en alto seguía vociferando. Pericles ante la embestida de los lobos retrocedió unos pasos lo que dejo a Churchil solo frente a las alimañas.

Las fieras gruñían y, amenazantes, tiraban dentelladas en dirección a Churchill. El mastín giraba en círculos sobre las patas delanteras y lanzaba furiosos mordiscones tratando de aprovechar su única ventaja: las ‘carrancas’, ese incómodo collar con clavos que mantenía protegido su cuello del colmillo de los lobos.

– “Vamos valiente, al lobooo, al lobooo!”, seguía gritando Isaías para asustar a las bestias y alertar a otros pastores para que acudiesen a socorrerlo. Todo en vano. Las voces se perdían entre los árboles del pinar junto los berridos de las ovejas y los ladridos angustiosos de Pericles y Yaki. A esa hora de la tarde ya no quedaba ni un alma en el monte.

Churchill, acorralado, seguía plantando cara con bravura. En uno de los giros se trastabilló perdiendo el equilibrio. Los lobos se abalanzaron contra él. Le llovían las dentelladas, en el hocico, en las patas traseras, en el lomo. Retorciéndose desesperadamente para liberarse de las alimañas, el mastín repartía tarascadas con fiereza.

Pericles al ver a su compañero en peligro saltó como un resorte a las gorjas de uno de los lobos más grandes. Aferrado con sus mandíbulas al pescuezo de aquella bestia, el perro sacudía con energía la cabeza tratando de inmovilizarla. Estéril intento. Unos pocos segundos más tarde la situación se había invertido: era el lobo quien aprisionándole el cuello lo revoleaba con saña como a un muñeco de trapo.

En ese trance, Isaías enloquecido comenzó a repartir cayadazos, con tan buena fortuna que uno de los golpes aterrizó en el hocico del lobo. Éste, aturdido, soltó su trofeo y dio dos pasos atrás.

Mientras tanto Churchill mantenía a raya a los otros lobos que, viendo a su compañero malherido, empezaron a recular. Unos pocos minutos más tarde, emprendían una pausada y amenazante huida desapareciendo entre la negrura y la maleza del pinar.

Finalizada la batalla, Pericles, ensangrentado, yacía tendido en el suelo gimiendo, con Yaki lamiéndole las heridas. Isaías maldecía a los lobos, al rebaño, al monte y a santos, dioses y vírgenes. Churchill con varios cortes en las patas y en el hocico, se mantenía erguido vigilante.

Isaías sacó un pañuelo arrugado del bolso del pantalón, se secó el sudor y las lágrimas, cargó el perro en sus hombros y dio órdenes a Yaki para agrupar el rebaño y volver a casa. Ya era de noche.

 

Gregorio Urz, diciembre de 2017
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