Leo por ahí—acá el enlace— que Alabama está presentando cargos penales contra inmigrantes indocumentados basándose en una ley de los años 40 que obliga a personas de origen migrante a registrarse. Lo curioso es que esta ley fue aplicada por última vez en EEUU durante la Segunda Mundial para justificar el internamiento en campos de concentración de personas de ascendencia japonesa. Al leer la noticia, enseguida me vino a la cabeza la conocida fotógrafa Dorothea Lange y si siguen leyendo descubrirán el porqué.

Vamos al origen de esta historia. Una de las fotos icónicas de la Gran Depresión de los años 30 es una madre con dos hijas de corta edad a su lado, con la mirada perdida en el horizonte. Esa foto se titula ‘Madre migrante’ y fue realizada en 1936 por la fotógrafa americana Dorothea Lange, la cual había sido enviada por la State Emergency Relief Administration (SERA) para documentar y mostrar visualmente las pobres condiciones de trabajo y alojamiento de los trabajadores agrícolas migrantes desplazados a California.

Durante la Gran Depresión de los años 30, las grandes llanuras del centro de los EEUU se vieron azotadas por una severa sequía y terribles tormentas de polvo. Años y años de cultivo intensivo, combinado con los efectos de la sequía hicieron desaparecer la cubierta vegetal de los suelos; a su vez, esto destruyó las cosechas arruinando a miles de granjeros. La situación era especialmente grave para propietarios de pequeñas granjas los cuales, al fallar las cosechas, no pudieron hacer frente a las deudas contraídas y terminaron perdiendo sus propiedades a mano de los bancos y acreedores.

Sin trabajo y sin posesiones, cientos de miles de granjeros (más de 375.000, según algunas fuentes) “Okies” y “Arkies” como eran llamados despectivamente los habitantes de los estados de Oklahoma y Arkansas, empezaron a desplazarse hacia el Oeste, hacia California (de donde llegaban rumores que había la posibilidad de encontrar un trabajo temporal en la agricultura). La foto es un ejemplo de la dureza del desplazamiento y de la desesperación de quienes emigraban, los cuales además se encontraban con unas duras condiciones, muy bien descritas en “Las uvas de la ira” de John Steinbeck que tal vez alguno de ustedes haya tenido ocasión de leer (también hay una película basada en la novela).

Las fotos de Dorothea Lange, además de poseer un gran valor estético, son un documental de la Gran Depresión. Gracias a estas fotos, la opinión pública conoció la situación de los granjeros lo cual facilitó la movilización de fondos para paliar su situación; las fotos sirvieron para publicitar las actividades de la Farm Security Administration (organización impulsada por el presidente Roosevelt, en el marco del New Deal, para ayudar a los trabajadores agrícolas afectados por la crisis económica) y que los ciudadanos de estados no agrícolas comprasen sus bonos. Se podría decir que sus fotos además de reportaje fueron también un instrumento de publicidad.

Aunque menos conocidas, destacan también sus fotografías de los americanos de origen japonés —especialmente niños— que, a partir del ataque a Pearl Harbour, fueron enviados a campos de concentración en América. Se trata de fotografías, como la que encabeza esta entrada, donde personas de ascendencia japonesa llevan a cabo actividades cotidianas y donde muestran orgullo de pertenencia a su país: los Estados Unidos de América. Por otra parte, estas imágenes documentan algo siniestro: el internamiento de miles de personas por motivos raciales. Más de 100.000 personas de ascendencia japonesa —de los cuales más del 60% tenían nacionalidad estadounidense— fueron internados en estos campos. Aunque habían sido encargadas por el Gobierno federal como parte de sus programas documentales, las fotografías de D. Lange fueron censuradas durante la guerra. Nunca se distribuyeron y ya finalizada la contienda bélica fueron ‘confiscadas’ y depositadas en los Archivos Nacionales, donde permanecieron durante décadas guardadas en un cajón. Por si el lector tiene interés, alguna de ellas pueden verse en este enlace.

Las fotos de D. Lange no sólo destacan por su potencia visual, sino que reflejan un sólido compromiso con su época y con esas personas ‘invisibilizadas’. Estas fotos son una denuncia de la detención de personas inocentes sin ningún cargo criminal y sin la posibilidad de defenderse. Son una denuncia de unas leyes y unas políticas racistas. Además las fotografías de Dorothea trasmiten humanidad, trasmiten bondad hacia las personas fotografiadas.

No es casualidad que ahora —bajo la Administración Trump— en algunos Estados se haya rescatado esa misma ley que ya había sido utilizada para perseguir y criminalizar a personas por su origen racial. Ahora, de nuevo, se esgrimen motivos de seguridad, pero ese argumento queda invalidado cuando en las noticias vemos la detención de niños de corta edad, de personas perfectamente integradas en sus comunidades o, incluso, de nativos americanos.

Casi un siglo después, el racismo sigue vivo y se recicla bajo nuevos pretextos. Las fotografías de Dorothea Lange nos recuerdan que la historia tiende a repetirse. Entonces, como ahora, se apeló a la ‘seguridad nacional’ para justificar medidas contra personas inocentes e indefensas, como son los niños. Sin embargo hay algunas diferencias inquietantes. En el siglo pasado, los EEUU estaban en guerra con Japón, hoy estas políticas están motivadas por el odio y el racismo. Las imágenes de Lange fueron confiscadas y ocultadas porque resultaban incómodas, porque mostraban algo ‘vergonzoso’. Hoy, en cambio, los responsables de esas políticas se jactan de ellas, mientras la detención de inmigrantes es algo mediático y no falta quien aplaude con entusiasmo estas medidas.

En fin. Frente al matonismo institucionalizado, la obra de Dorothea Lange nos recuerda también que la maldad y el odio deben ser denunciados y combatidos en todo tiempo y lugar. Es un deber moral.


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