Colombia tiene paisajes espectaculares. En una ocasión, tuve la suerte de viajar por carretera de Riohacha a Barranquilla, y los paisajes de esa ruta son de una belleza impresionante. Apenas se abandona la capital guajira, la carretera discurre paralela a la costa. A la derecha, aparecen unas espectaculares vistas abiertas al mar, con acantilados, playas de arena y zonas donde los pescadores locales se detienen a faenar o a descansar. A la izquierda de la ruta se alza la majestuosa Sierra Nevada de Santa Marta —sí, se trata de la cordillera que fascinó al geógrafo francés Élisée Reclus— cuyas cumbres nevadas se elevan vertiginosamente desde el nivel del mar hasta alcanzar casi los seis mil metros de altura. Pasada Santa Marta, aparece la Ciénaga Grande y la vía transita por el borde de una vasta laguna salobre salpicada de manglares, caños y pequeños lagos. Se pueden ver numerosas aves y también los pueblos palafitos (casas construidas sobre pilotes). Ya llegando a Barranquilla aparece el imponente Puente Pumarejo sobre el mítico río Magdalena, protagonista de tantas canciones del folclore colombiano. Desde allí se contempla una vista panorámica del mayor río de Colombia y su desembocadura en el Caribe. Todo parece sacado de una postal.

A mí hay tres cosas que me gustan especialmente de estos viajes: una es la comida, otra es observar los campos de cultivo y la última, es charlar con el chófer del vehículo. Respecto a la comida, en esta ocasión no paramos a comer en ningún sitio por lo que nada les puedo contar. En cuanto a los cultivos, me llamaron la atención las impresionantes bananeras de la zona de Santa Marta: extensiones inmensas donde la vista se perdía en hileras interminables, signo inequívoco de que los dueños no eran pequeños propietarios. Esa noche —una vez finalizase la jornada laboral— ya tenía un tema para ‘investigar’. Y en lo referido a la conversación con el conductor del vehículo, pues tuvo su interés. Me contó que el famoso cantante Carlos Vives procede de una de las familias más ricas de Santa Marta. También a la altura de Tasajera comentó que en 2020 quedó varado un camión cisterna y los habitantes del pueblo empezaron a extraer la gasolina que transportaba. Entonces hubo una explosión con resultado de 7 personas muertas y más de medio centenar heridas.

En Barranquilla —después de hacerme la foto de rigor a los pies de la estatua de Shakira—, ya a la noche en el hotel empecé con mis búsquedas. Descubrí que en las primeras décadas del siglo XX La Ciénaga, derivado de su localización estratégica, fue un centro clave para la producción y exportación de banano durante el auge de la United Fruit Company. Me enteré también que en la plaza central de este municipio tuvo lugar uno de los episodios más trágicos de la historia laboral colombiana: el 6 de diciembre de 1928, el ejército disparó contra los trabajadores bananeros en huelga y sus familias, quienes se habían congregado pacíficamente para exigir mejores condiciones laborales.

Este evento, conocido como la ‘masacre de las bananeras‘ o ‘masacre de la United Fruit‘, es uno de los episodios más infames de la historia laboral y política de América Latina, en el que se puso de manifiesto la brutalidad ejercida en defensa de los intereses de la United Fruit Company (hoy Chiquita Brands International) y la subordinación del Estado colombiano a los intereses de una multinacional extranjera.

A finales de 1928, más de 25.000 trabajadores de las plantaciones bananeras de la United Fruit Company en la región de Santa Marta, Colombia, iniciaron una huelga. Exigían condiciones laborales dignas: fin de la subcontratación, pago en dinero y no en vales, seguro colectivo, compensación por accidentes, viviendas higiénicas, jornada de seis días, abolición de las tiendas de la empresa y mejoras en los servicios de salud, entre otras demandas. La empresa, que no contrataba directamente a los trabajadores y los mantenía en condiciones precarias y endeudados, se negó a negociar.

La huelga fue la más grande de la historia colombiana hasta ese momento y bloqueó la economía bananera de la región; durante un mes se paralizó la producción y exportación de banano. Ello generó alarma tanto en la empresa como en el gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez. La United Fruit Company, empresa estadounidense con vasto control sobre tierras y economía local, presionó al gobierno colombiano, que temía tanto el impacto económico como la amenaza de intervención militar de Estados Unidos si no se restablecía el orden. El caso es que el gobierno colombiano declaró la ley marcial y envió tropas bajo el mando del general Carlos Cortés Vargas.

El 6 de diciembre de 1928, en el municipio de Ciénaga, miles de trabajadores y sus familias —muchos de ellos tras asistir a misa— se congregaron en la plaza principal, esperando escuchar un discurso del gobernador. El ejército rodeó la plaza, instaló ametralladoras en los techos y, tras dar una advertencia de cinco minutos para desalojar el área, abrió fuego sobre la multitud, que incluía mujeres y niños y que, por la aglomeración, no pudieron escapar. El número exacto de víctimas es incierto: fuentes oficiales hablan de 47 muertos, pero testimonios contemporáneos y documentos diplomáticos estadounidenses estiman entre varios cientos y más de mil fallecidos. No existe registro claro de los cuerpos ni de su entierro. Pero, la represión no se limitó a la masacre: en los meses siguientes hubo detenciones masivas, torturas, trabajos forzados, ejecuciones extrajudiciales y abusos sexuales, en un clima de terror financiado en parte por la propia United Fruit Company.

Más allá de las muertes —que no es poco—, este episodio merece figurar en una historia de la infamia ya que la masacre no tuvo consecuencias penales ni políticas para los responsables. El general Cortés Vargas fue ascendido a director de la Policía Nacional, y no hubo sanción para los directivos de la United Fruit Company ni para los funcionarios del gobierno involucrados. La represión fue justificada con el argumento de que los huelguistas planeaban una insurrección comunista, una versión promovida por los empresarios y aceptada por el gobierno para legitimar el uso de la fuerza. La United Fruit Company no fue sancionada y continuó operando en Colombia y otros países de la región, manteniendo su influencia sobre gobiernos y economías locales.

En síntesis, el episodio dejó una huella profunda en la memoria colectiva, simbolizando la desigualdad, la violencia institucional y la impunidad frente a los crímenes contra los trabajadores más humildes. El Estado colombiano quedó señalado como garante de los intereses de las multinacionales por encima de los derechos de sus ciudadanos. En cierta manera, consolidó un patrón de impunidad y represión que ha persistido en la historia del país. No obstante, también marcó el inicio de una mayor conciencia sobre los derechos laborales en Colombia, aunque el cambio real tardó en llegar y la explotación persistió durante décadas. Por último habría que señalar que esta tragedia inspiró obras literarias como Cien años de soledad de Gabriel García Márquez o La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio, que describieron su magnitud e impacto en la memoria colectiva.

En fin.

Quizá sea esa una de las paradojas más amargas de América Latina: mientras que la naturaleza es pródiga y deslumbrante, su historia reciente nos enseña que la infamia no distingue escenarios y, en ocasiones, detrás de los paisajes más hermosos y deslumbrantes se ocultan las tragedias más sombrías y vergonzosas.


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