Lecturas recomendadas: Tierra de mujeres


Debo aclarar al lector que hace ya unas cuantas semanas que escribí esta reseña, y sin embargo no he querido publicarla. Una de las razones es que al poco de salir publicado el libro que hoy recomendamos han ido saliendo infinidad de reseñas, todas ellas glosando las bondades del libro y su autora. Todo muy ‘mainstream’ que dirían los modernos… Pues no, acá no seguimos corrientes y al igual que criticamos «La España vacía» de Sergio del Molino, en este caso también tenemos alguna cosina para criticar. Pero, vayamos por partes.

El libro en cuestión es «Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural» y está escrito por una joven veterinaria llamada María Sánchez. Es una obra surgida de profundas reflexiones y que va de mujeres. «Pero ¿quienes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quien se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas sólo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?”, se pregunta la autora.

No son preguntas inocentes, porque en este libro también hay acusaciones. Denuncia la autora que las personas que viven en los pueblos son tratadas como ciudadanos de segunda y que desde las ciudades se ha visto como algo normal que la gente del campo no tenga el mismo acceso a los servicios básicos: sanidad, educación, infraestructuras… No digamos ya cultura… porque, tal y como María subraya, resulta muy complicado resignificar este concepto en el medio rural.

Se agradece la mirada solidaria… y militante. Así, por ejemplo, para la autora es necesario un feminismo que «contemple también a las mujeres que trabajan en estos sistemas intensivos de producción -véanse las fresas o los invernaderos, los mataderos, las cadenas de producción-, que suelen ser mujeres migrantes, sin contratos ni derechos”. En relación a ello, para la autora es reconfortante ver cómo el feminismo va cogiendo fuerza y espacio, tomando voz y cuerpo, cómo va creando tejido y construyendo entre todas una casa donde dialogar y cobijarse.

Tal y como les anticipaba en el párrafo inicial, también hay alguna ‘cosina’ en la que no estamos tan de acuerdo. Una de ellas es cuando María indica: «Nuestras abuelas lo llevan en la frente. Como tantos mayores de nuestros pueblos. Sentir vergüenza del lugar de donde vienen. Esconder las manos en los bolsillos de sus batas cuando llega visita de fuera. Preferir el silencio a la voz. Trabajar sin descanso para que sus hijos se puedan marchar. Asimilar como normal todo lo que se les arrebató y las convirtió en ciudadanas de segunda. Aceptar que no son ellas las que deciden qué necesitamos. Ver como algo normal que venga siempre alguien de fuera a construir el relato. A decidir qué queremos, qué nos falta, qué sentimos. Incluso a tejer nuestras propias aspiraciones«.

Tengo la sensación de que María, de alguna manera y quizás por la vivencias familiares, ‘entiende’ que la mujer rural ocupaba / ocupa un segundo plano y ahí discrepo. Nací y me crié en un pequeño pueblo de León. Cualquier persona, medianamente inteligente, sabe que en los pueblos la viga maestra que sostenía todas y cada una de las casas era un mujer. En mi pueblo, las mujeres trabajaban la tierra con sus maridos y mientras éstos iban al bar a emborracharse o jugar las cartas, ellas seguían con quehaceres domésticos: lavando la ropa en el lavadero, tejiendo y cosiendo, preparando las comidas, cuidando los rapaces… En mi pueblo, las mujeres no sólo ordeñaban las vacas y hacían muchas tareas del campo sino que cuando enviudaban, o los maridos acudían a los canales del Páramo a ganar el jornal, las mujeres segaban a gadaño, araban con las vacas… etc. Además administraban la casa y decidían, o participaban en la toma de decisiones. Sí, ellas mismas podrían ‘contarle’ a alguien de fuera que las decisiones las tomaban los maridos. Pero una cosa es el discurso y otra es la realidad. La realidad lo que muestra es un tremendo machismo, pero también unas mujeres valientes y fuertes, resilientes como se acostumbra a decir ahora, que a su lado los maridos eran diminutos y casi prescindibles.

Otra ‘cosina’ cuestionable es que, aunque no pretendido, hay un sesgo urbano e intuyo que no se reconocen algunos ‘códigos’ del mundo rural. También las mujeres del mundo rural ‘protestan’ pero bajo otras formas / estrategias / símbolos que no son las huelgas, las manifestaciones públicas, las pancartas, etc (esas son formas ‘urbanas’ de protesta). En el mundo rural, como vimos acá (y veremos en nuevas entradas) predominan las ‘formas de resistencia cotidiana’, término creado por James C. Scott. En este sentido, también las mujeres del campo han sabido crear espacios propios para la acción colectiva. Y, aunque históricamente se ha tratado de relegar la mujer al ámbito doméstico, historiadoras como Ana Cabana muestran cómo éstas han sido protagonistas en movimientos de protesta; en el artículo «Mulleres diante. Rostros femininos e acción colectiva no rural galego» encontrarán buenos ejemplos de ello.

En fin. A pesar de estas críticas finales, espero haberlos convencido de leer el libro. Vale mucho la pena, porque María Sánchez tiene una sensibilidad fuera de lo común. Eso no es algo muy corriente y se agradece.

 

 

Lecturas recomendadas: Vidas a la intemperie


Si buscan en internet encontrarán decenas de reseñas sobre el libro que hoy les recomiendo. Se trata de «Vidas a la intemperie. Nostalgias y prejuicios sobre el mundo campesino» de Marc Badal.

Este libro es una algo distinto a cosas que hayan podido leer sobre la «España vacía» o cosas similares. El autor toca otros palos. Es una obra sobre el campesinado que invita a reflexionar buscando el debate. Considera Marc Badal que los campesinos «Han desaparecido y nunca escribieron su historia (…) El suyo no ha sido un final épico. Los campesinos de nuestro medio rural se han ido en silencio. Víctimas de un etnocidio con rostro amable«.

De afirmaciones así también surge algún punto criticable. En primer lugar, el autor ofrece una visión muy teleológica de este proceso de desaparición del campesinado; es decir los cambios se entienden por una causa final y se obvia todo el proceso histórico. Por otra parte esta afirmación en cierta manera ‘destila / supura’ nostalgia e idealización de épocas pasadas; pareciese como si ‘cualquier tiempo pasado hubiese sido mejor’ y no, no fue así, hubo tiempos pasados muy duros, porque en el mundo rural también había desigualdades, miseria y sordidez. El autor parece quedarse con lo mejor de ese mundo ‘desaparecido’ obviando lo negativo. En tercer lugar, considerar al campesinado desaparecido en Europa es una forma (quizás no intencionada) de ‘invisibilizar’ a los ‘supervivientes’ de ese mundo.

Discrepo con Marc, los campesinos siguen ahí y ahí permanece la cultura campesina. No son rasgos. El mundo campesino siempre tuvo multiplicidad de formas y fue evolucionando para adaptarse a los tiempos. Como el autor reconoce, no hubo un único universo campesino, hubo miles de universos campesinos, y algunos ahí están, aunque quizás en muchas partes de Europa únicamente quedan ‘vestigios’.

Es fácil reconocerse en el obra de Marc Badal, porque uno en cierta manera ha sido o es campesino (aunque el propio autor afirma que le cuesta reconocer como tales a gente que ya no vive en ese mundo). En relación a ello a mí me viene a la memoria la canción de José Larralde: «Es por eso / Que quiero que comprenda / Ciertas cosas / A veces duelen fiero / Yo no pialo / Pero he clavado la reja / Y soy criollo lo mesmo / Que el que muenta / Y sepa señor / Que no digo lo que digo / Porque soy maistro / O porque me sobra ciencia / Lo mesmo es criollo / El que puntea la tierra / Que el que hace / Un libro con criolla conciencia»

Y ciertamente el libro de Marc Badal está hecho con «criolla conciencia». Y es que, a pesar de lo que pueda pensar o decir el autor, hay muchas formas de ser campesino…

Lecturas recomendadas: Super Flumina


Meses atrás leí una entrevista a un poeta leonés que me llamó mucho la atención. Ángel Fierro, el entrevistado, decía entre otras cosas: «(…) mis referencias son la inteligencia y la sensibilidad, la cultura y la ética, en todas sus manifestaciones. La sociedad no va ahora por este camino, sino que triunfa la vulgaridad más banal«.

Esas palabras me animaron a comprar el libro que, en aquella fecha, el poeta presentaba y hoy les recomiendo: «Super flumina. Las cabeceras de los ríos. Memorial de pérdidas«. Ya el propio título indica por dónde van los tiros. Super flumina son las palabras latinas con las que comienza uno de los salmos del Antiguo Testamento referido al destierro de los judíos en Babilonia. Como título, es una excelente metáfora de los tiempos presentes: vivimos cada vez más alejados de la tierra que nos vio nacer, prisioneros en una Babilonia rica, donde reina la confusión. Es el mismo autor quien, en la introducción del libro, indica que el desarraigo es el núcleo sobre el que pivotan estos relatos, con la despoblación y pérdida del acervo cultural como ejes.

Es un placer leer a Ángel Fierro porque utiliza un lenguaje cuidado, lleno de referencias a otras obras y autores; precisamente, esas citas las utiliza como refuerzo a sus argumentos y no como un alarde vacío de erudición. Muestra el autor que lo culto no está reñido con lo sencillo; es un libro de fácil lectura. Es una obviedad, pero lo que se revela es que lo culto está reñido con lo vulgar, con lo superficial. En este sentido, otro de los aspectos a destacar esta obra es la invitación que hace a la reflexión. Es el propio lector quien debe encontrar las conclusiones.

Otro motivo más para recomendar este libro es que compartimos una misma sensibilidad y preocupaciones. Desde aquí hemos venido alertando de la desaparición de los pueblos, recordando costumbres e historias, criticando el poco aprecio por la cultura y también el abandono por parte de los gobernantes. Alegra leer ciertas cosas escritas, porque uno siente que no esta solo. Así por ejemplo, hace años en una de las entradas de este mismo blog criticábamos que «la construcción de la presa [de Riaño], para satisfacer intereses de unos pocos, dejó tocado de muerte todo el valle«. Leemos acá:

«Faraónicas presas de la Dictadura anegaron vida y memoria, con el señuelo de un progreso que no alcanzamos a vislumbrar. La erradicación de los vecinos de de sus solares ancestrales se pretendió justificar por el superior argumento del bien común. Este endeble criterio nos llevaría a aceptar que el fin justifica los medios, pero hay que preguntarse si un supuesto beneficio económico es el único elemento para la toma de decisiones. ¿No ha de tener el bien común respeto alguno por los derechos de los individuos, aunque sean escasos, a seguir habitando el espacio elegido por ellos y sus familias desde generaciones? La respuesta de economistas y políticos es bien conocida. La ética exige exactamente lo contrario«.

Es sólo un detalle. Si leen el libro, que espero que así sea, verán que hay muchas cosas en común con este blog, lo cual nos hace sentir bien.

Acabada la lectura del libro, hay una cuestión no abordada abiertamente aunque intuida, y es la propia condición de emigrado. Creo que no es casual que al inicio del libro se cite aquella frase de Pessoa que decía que: ‘El lugar al que se vuelve es otro… ya no está la misma gente ni la misma luz‘. Para quienes somos emigrantes, y el autor lo es, no se oculta que esta condición modifica profundamente no sólo la mirada sino también el sentimiento hacia la tierra materna. Muchas veces hay dolor es esa relación. Tomás González, cuyos versos son reproducidos por el autor, lo explica perfectamente:

Por tus calles, tus ríos, tus montañas,
por todas partes hallo gente extraña
que acaso cuando niño conocí.

Nunca sufrí un dolor más verdadero
que el de sentirme solo y extranjero 
en este viejo pueblo en el que nací

Es por eso que intuyo que esa ‘Coda airada’ final además de un manifiesto contra la estupidez de los tiempos también es reflejo del dolor y la rabia de sentirse ‘exiliado’ en la propia tierra. En fin…

En este enlace pueden acceder a la entrevista a la que aludíamos al inicio.

Lecturas recomendadas: La casa de mi padre


Debo reconocer que empecé a leer este libro con ciertos prejuicios. No sabría ahora explicar convincentemente a qué respondían. Quizás había un recelo hacia el optimismo del autor.

Como ya saben, esto es una reseña, una opinión particular, no un resumen del libro. Y si lo reseñamos acá, es que es un libro que vale la pena. Antes de entrar en materia cabe notar que el título completo es: “La casa de mi padre: manual para la reinserción de los territorios campesinos en la sociedad contemporánea”; es decir, conviene precisar que este libro es también un manual de ‘desarrollo rural / local’.

Me gustó el libro porque, por un lado y desde lo personal, me reconozco en el padre del protagonista, con esa añoranza permanente de la tierra materna. Por otro lado, considero que este libro hace aportes muy interesantes y esa es la razón de que aparezca recomendado acá.

Para mi, uno de los principales aportes es la crítica que hace a los ecologistas y sus propuestas de conservación incompatibles / enfrentadas con las actividades tradicionales. Acertadamente, señala el autor que en muchos casos, los ecologistas, surgidos de un movimiento urbano, están fascinados por la idea del regreso de una naturaleza salvaje ajena al hombre. Sin embargo, como indica Jaime Izquierdo, “Conservar no es permanecer impasibles al desconcierto, la extinción de la cultura local y la deriva ecológica del territorio. Es hora de decir bien alto que ningún paisaje campesino, espacio, territorio protegido, parque natural o nacional se conservará si un activo sistema económico local agroecológico y pertinente que lo gestione. Es hora de decirlo con toda claridad: el proceso de deriva ecológica en el que han entrado los espacios protegidos de montaña está poniendo en peligro la propia conservación de la naturaleza y de la biodiversidad para la que, paradójicamente, fueron creados”. Y es el autor tiene claro que incluso los paisajes naturales son creación humana.

Para Jaime es necesario «contrarrestar y poner freno a la potente maquinaria de propaganda institucional nacida del pensamiento industrial y alimentada desde las Administraciones públicas, desde buena parte del movimiento ecologista y desde algunos reductos de la ciencia, impulsores en España de una política de conservación de la naturaleza ajena y separada de la historia agraria, la gente de las aldeas y de las miles de pequeñas culturas campesinas locales que construyeron los paisajes que, y injustificada incomprensiblemente también, llamamos naturales. Porque, en el fondo, y esta es otra de las paradojas, cuando se habla de espacios protegidos, de lo que se está hablando al fin y al cabo es de convertir en parques temáticos para consumo turístico alguno de territorios surgidos de la intervención humana y que siempre tuvieron un uso agroganadero«.

Como afirma vehementemente, no es que algunas actividades tradicionales sean compatibles con los objetivos de conservación de la naturaleza, como se ha venido sosteniendo. No es una cuestión de compatibilidad entre los objetivos de conservación y los de desarrollo, es una cuestión de necesidad. Afirma el autor del libro, y coincido plenamente con él, «la actividad agroecológica local bien regulada e integrada es necesaria para conservar ecosistema y la diversidad tanto silvestre como doméstica. Dicho de otra manera, la conservación de la naturaleza depende del acierto, pertinencia y la excelencia con que se aplique una renovada gestión campesina. La conservación de la naturaleza está subordinada y es tributaria de la forma y la intensidad con la que se desarrolla la actividad agraria”.

Otro de los aportes, es la crítica a las políticas desarrollistas de los años 60-70 del siglo pasado. No sólo se pusieron en marcha políticas marcadas “por una visión simple, dogmática, paternalista, autárquica y radicalmente tecnocrática” sino que “el conocimiento campesino fue primero denostado por las élites políticas y técnicas del franquismo y después -salvo excepciones- obviado por el ejército de licenciados salidos de las universidades y escuelas técnicas españolas entre los años sesenta y setenta del pasado siglo XX que nutrieron los dos principales, poderosos e influyentes cuerpos de burócratas al servicio de la Administración pública que se repartieron el mundo, partiéndolo por la mitad: unos se encargaron intensamente del desarrollo, y se hicieron desarrollistas, otros hicieron lo mismo con la conservación de la naturaleza, y se hicieron conservacionistas”.

Un tercer aspecto interesante del libro es el análisis y caracterización del conocimiento campesino. Nota el autor, muy acertadamente, que el conocimiento campesino forma en técnicas y en VALORES; en relación a ello, los cuentos, fábulas, leyendas, etc, son un ‘mecanismo de transmisión’ de una generación a otra. También otorga una gran importancia a las formas de cooperación campesina y al derecho consuetudinario, recogido las ordenanzas.

En cuarto lugar, y no es un aporte menor, Jaime construye todo un modelo, una propuesta metodológica para el diseño y gestión de los territorios campesinos que ‘abre la puerta a la esperanza’ para evitar la desaparición del mundo rural. De ese modelo, yo rescataría algunos aspectos interesantes, aunque se trata de capítulos que parecen dirigidos a gestores públicos, o una herramienta para los gestores / agentes de desarrollo rural.

Por último, este libro ‘ofrece’ pequeños descubrimientos. Cosas que estaban ahí, pero que uno desconocía, o no se había parado a pensar, como por ejemplo lo de ‘educar a los ganados’ los cuales son casi de la familia; el rol de las abuelas en la transmisión del conocimiento; etc.

El libro vale mucho la pena, aunque también hay aspectos criticables. Desde mi punto de vista ofrece una visión ‘antropológica’ (y no histórica) de los territorios campesinos y, quizás por ello, se le escapan cosas o el análisis es errado. Desde mi punto de vista hay varias ‘imprecisiones’, por decirlo de alguna manera.

Una de ellas es considerar que el origen de la desarticulación de la agricultura preindustrial está en la industrialización y se aceleró con el modelo de ‘modernización agraria industrial’ impulsado por el Plan de Estabilización de 1959 y las reformas estructurales de la economía española impulsadas por éste. Cabe precisar por un lado que este proceso de desarticulación empezó en la segunda mitad del siglo XIX con el liberalismo y medidas como las desamortizaciones (que incluye la puesta en venta de los comunales), la retirada de atribuciones de gobierno a los concejos y la creación de los municipios (eje del caciquismo) y con la intervención del Estado en el monte a través del Cuerpo de Ingenieros de Montes (creado, si no recuerdo mal, en 1853). Por otra parte, los procesos de modernización no siempre son malos y la mecanización de las labores del campo o la introducción de cultivos industriales no siempre fue negativa (ejemplo de ello serían la difusión de la electricidad y la introducción de los tanques de frío en la montaña para la conservación de la leche, o la difusión del cultivo del lúpulo en la ribera del Órbigo en León). Lo que sí es criticable es que estos procesos de modernización en muchos casos rompan con la lógica de funcionamiento precedente, creando una excesiva dependencia de insumos exteriores o del mercado.

Otra pequeña imprecisión es señalar que el modo de organización campesino se remonta al Neolítico lo cual no es exacto. Los concejos, la división en hojas del terrazgo, o las rotaciones de cultivos, por ejemplo, son ‘creaciones’ originadas en la Edad Media que se fueron perfeccionando a lo largo de la Edad Moderna. Por otra parte, se debe notar que las instituciones (y las regulaciones locales) también son ‘innovaciones’. En relación a ello, el análisis de Jaime de la parroquia como una célula es demasiado estático y no registra que el propio ordenamiento consuetudinario era algo dinámico. Las costumbres no eran inamovibles y las ordenanzas se iban redactando para acomodarlas a los tiempos; es más, siempre hubo tensiones entre las prácticas diarias, los usos consuetudinarios y las leyes impulsadas por el Estado.

Por último, es discutible considerar que las economías de montaña preindustriales fuesen de subsistencia. Es cierto que estaban orientadas a la reproducción de la unidad familiar, pero no eran de subsistencia ya que había intercambios (vendían ganados, maderas y leñas y compraban cereales y vino), e incluso en algunos casos eran economías muy dinámicas, capaces de sostener a un mayor número de población. Justamente en relación al crecimiento demográfico, tradicionalmente funcionaban frenos maltusianos o soluciones boserupianas lo cual se ignora y encaja mal en la visión estática de la parroquia como una célula.

En fin. Ya para acabar, coincido con Jaime cuando defiende la rehabilitación y actualización de la cultura campesina porque su experiencia histórica y su extenso currículo como gestora, la acredita como idónea para la gestión de los territorios rurales. También estoy de acuerdo cuando señala que ‘tenemos la obligación de crear un futuro y que ese futuro puede ser una oportunidad para los jóvenes’. Lo que nos diferencia es que yo soy tremendamente pesimista respecto al futuro de los espacios rurales y la gente del campo.

Lecturas recomendadas: Fantasmas de piedra


Tengo un amigo que lee mucho y además sabe mucho de libros (y de otras cosas). Llevaba meses diciéndome que leyese este libro y, aunque sus recomendaciones siempre han sido acertadas, nunca le hice demasiado caso. Ante su insistencia compré el libro y lo leí. Pues bien, cuando crees que nada te puede sorprender, descubres que no es así. Que siempre hay un libro que te puede emocionar. Y este es el caso de la recomendación de hoy: «Fantasmas de piedra. Cuando una aldea era el mundo» del italiano Mauro Corona.

Ya el título lo dice todo o casi todo: ‘cuando una aldea era el mundo…’ Todos fuimos pequeños y nuestro mundo era el pueblín y este libro nos devuelve a la infancia en la aldea. Además Mauro Corona escribe bien y narra con maestría esas historias, leyendas y vivencias en los pueblos. Es por ello que, además de emocionar, es entretenido de leer. Sin embargo, este libro es pura literatura, es la historia de un mundo que se extingue. Ese mundo al que uno pertenece y que, de alguna manera, se te quedó ahí dentro; en este párrafo lo expresa de manera soberbia:

«Después del Vajont se fueron a vivir a la ciudad y han creado allí una familia. Entre tanto sus padres se han muerto o son ya muy viejos. Ninguno ha vuelto a abrir aquellas puertas, ni a airear las habitaciones, ni a encender el fuego. Ha sido, sin embargo, una traición forzosa. Por ese motivo el recuerdo de la casa donde ha transcurrido su infancia se les ha quedado metido a algunos de ellos como un clavo en un tronco. Año tras año, el árbol crece, envuelve al clavo, lo acepta haciéndolo parte de sí mismo, casi como una rama que le hubiera crecido dentro. Pero el acero no es madera, es un cuerpo extraño, un huésped que no es admitido de buen grado. Cada tanto su punta hace daño. Y entonces es cuando alguno de estos amigos, furtivamente, como si se avergonzase, aparece por el pueblo y va a ver a escondidas su casa abandonada. Vuelve al nido donde ha crecido, donde ha visto sucederse las estaciones y donde se ha curtido la piel. He sorprendido a alguno de estos ‘peregrinos por afecto’, solitarios viandantes de la memoria. Miran al pasado con los ojos melancólicos de quien tiene la certeza de que aquellos tiempos no volverán y se contenta con ver de nuevo los lugares. Aquel pasado, materialmente barrido por los años y la ruina, se ha petrificado para siempre en el recuerdo«.

Resumiéndolo en pocas líneas, te recomendamos este libro porque «es un libro esencial para entender la vida en los pueblos» y porque «hay libros que tienen ese poder de despertar en uno lo que está dormido dentro, lo que habías olvidado, libros que te transforman y te mejoran», como dice su traductora al castellano —la leonesa Álida Ares—. 

Lecturas recomendadas: La ruta del Tuerto


Abel Aparicio es un poeta cepedano. Sí, cepedano. Abel es cepedano por deber, por compromiso, por responsabilidad, por amor a una tierra y a unos valores. Y si alguien tiene dudas de su pertenencia emocional que le pregunte directamente.

En este blog no sólo somos cepedanos como Abel sino que también compartimos con él valores, ideas, visiones y muchas otras cosas. Por estas razones, y antes de entrar en detalles, conviene aclarar que no podemos ser imparciales al reseñar la lectura que hoy recomendamos: La ruta del Tuerto.

El motivo de este libro y la idea de escribirlo surge de las pregunta que Abel se hacía cuando era pequeño y se bañaba en el río de su pueblo sobre de dónde vendrían esas aguas. El río en cuestión es el río Tuerto que nace en Nistoso y en Tabladas, recorre toda la Cepeda baja y desemboca en el río Órbigo en La Bañeza.

Un fin de semana de otoño Abel junto con Álvaro, un amigo de su etapa en Illescas, recorren en bicicleta la ruta y los pueblos por los que transcurre el Tuerto. Pedaleando, Abel va explicando a su amigo las particularidades de las tierras bañadas por el río.

No obstante, este libro es más que una conversación o un libro de viajes. Hay historias, reflexiones, poesía, anécdotas, vivencias… y también hay mucha cultura, historia y erudición, cosa que sinceramente sorprende… y se agradece. Además es una obra hecha con amor. Con amor a la tierra que recorre y describe. Y eso también ya es mucho.

En fin. Lean el libro. Vale la pena… y además lo van a disfrutar.

Debería añadir que el libro está ‘ilustrado’ por las fotografías de Amando Casado, un fotógrafo astorgano encargado también de la maquetación, aspecto que me desconcierta pero, como diría Abel, de eso hablaremos otro día…

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