La señora de la foto es María —una paisanina de Foncebadón, un pueblo situado en la comarca de Maragatos (León)— que el día que fueron a llevarse las campanas del pueblo lo impidió subiéndose al tejado de la iglesia. Ahí está sentada al lado de la espadaña del campanario mientras un guardia civil trata de disuadirla de su empeño.

Lo que hizo María en Foncebadón tiene bastante de excepcional, porque demostró una valentía fuera de lo común. Sin embargo, estos actos de ‘plantar cara’ a la autoridad ya sea eclesiástica, civil o militar no es algo infrecuente. Recuerdo por ejemplo, que hace años con motivo del asfaltado de las calles de San Feliz de las Lavanderas, una señora mayor, al igual que María trató de impedir por todos los medios que los operarios del ayuntamiento talaran un castaño centenario que había a la puerta de su casa. No sé cómo acabó la historia, pero hubo una controversia interesante.

También, en mi pueblo ya hace unos cuantos años hubo una agria polémica con el cura de la localidad que quería vender los ‘santos’ de la iglesia. Un domingo, a la hora del sermón, explicó que las tallas eran viejas, que no tenían valor y que lo mejor era venderlas. Un estafador, vaya, porque la figura de la Virgen es una talla románica. Estaba el cura con estas ‘alicantinas’, cuando al fondo de la iglesia, en la parte donde se sentaban los paisanos, se escuchó un vozarrón:

—“De eso, nada. La Virgen no se toca”.

Enseguida se armó todo un revuelo de gente y comentarios, con el resto de los paisanos dándole la razón al que había elevado la voz contra el cura. Más que un lugar de culto parecía el ‘concejo de vecinos’ con todo el mundo protestando y opinando. El resultado final fue que no se vendieron las imágenes y el cura no paró mucho tiempo por el pueblo.

Todas estas historias entrarían dentro de lo que se ha dado en llamar “formas de resistencia cotidiana” y estarían relacionadas con un concepto que es la ‘economía moral’. Es decir, tanto María la de Foncebadón, como la señora que defendía el castaño, como los paisanos y paisanas de mi pueblo que se opusieron al cura, entendían que lo que defendían era legítimo. Básicamente la ‘economía moral’ es eso: la legitimidad que avala ciertas protestas o resistencias por parte de gente humilde. Este aval para ‘plantar cara’ a lo que se considera injusto o inmoral, generalmente viene de la costumbre o de ciertos valores que todo el mundo acepta y respeta.

La foto de María sentada en ese tejado, ilustra perfectamente todo lo señalado en el párrafo anterior. María defendía algo más que unas campanas: defendía el derecho de los vecinos y vecinas a decidir sobre su propio patrimonio y su propia memoria.


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