Pueblos maragatos


Según el antropólogo Julio Caro Baroja, sobrino del excelso escritor Pio Baroja, los maragatos tenían unos orígenes más oscuros que los oscuros orígenes de sus compatriotas vascos, lo que no es poco para los no poco chauvinistas euskaldunes. Muchos ríos de tinta han corrido sobre la Maragatería y sus naturales, así es que no será mucho lo que aquí se pueda aportar pero tampoco será cargosa una opinión más.

Vaya por delante que soy un enamorado de esta comarca, singular como pocas en todo el país y, sin ningún género de dudas, la más singular de todo León. Tan es así que viendo las torres de las iglesias de Salamanca o Extremadura tienen un regusto maragato que se hace extensivo a otros ámbitos. Un buen ejemplo puede ser la torre de Val de San Lorenzo, cuya estética luce en Plasencia e incluso en otras localidades de la Ruta de la Plata más al Sur.

Muchos son los pueblos maragatos que conservan su esencia prístina, como Santiago Millas, Santa Colomba de Somoza, Lucillo, Filiel, Luyego o la vedette de todos ellos, Castrillo de los Polvazares. El elenco no es pequeño y los rasgos diferenciales que los definen, inapelables. Casas sobrias con patio empedrado, ventanas y portales (en arco de medio punto) adornados por orla blanca, son algo irrepetible, como irrepetible era ver sus rebaños tutelados por pastores que tañían rústicos instrumentos, audibles en la lejanía de pagos apartados y yermos.

Notable es el vuelco que el turismo jacobeo ha traído a aquellos recónditos lares que se extienden hasta el alto de Foncebadón, y sin embargo la Maragatería hoy, como ayer, es una zona deprimida, al igual que se van deprimiendo todos los pueblos ubicados en áreas donde el frío pugna por roer los huesos de sus moradores. Sea como fuere, este apartamiento tiene alguna contrapartida que hace de ellos algo sublime. Visitarlos es paladear la esencia del país.

Para mí, un pueblo que tiene algo que no soy capaz a describir con palabras —supongo que Pío Baroja sí lo sería — es Turienzo de los Caballeros. Es esta una localidad que, al parecer, fue fruto de la repoblación por el conde Gatón con gente de la localidad homónima de Turienzo Castañero en el Bierzo. También parece haber sido la capital de la Maragatería o Somoza, antes de que este título se quedara en Astorga.

Levemente apartado del Camino Francés, se accede a Turienzo por un pequeño puente que salva un arroyo donde las aguas del estío se muestran escasas. El ganado pastando a la entrada ya inspira la paz que se respira en un pueblo de unas pocas decenas de habitantes. Más, al entrar en contacto con él, se llega a la conclusión de resulta un enclave rural que no teniendo prácticamente nada resulta, sencillamente, impactante. Es uno de esos lugares que cautivan al viajero y le dejan una huella imperecedera.

La torre del castillo de los Osorio, aquellos cuyo mote heráldico se jactaba de no haber rendido jamás su espada, bien merece una visita, Mudo testigo pétreo de algún lírico recital veraniego. En el centro se encuentra un espaciosísimo enclave salpicado de vetustos nogales que le pone un toque de distinción irrepetible en ningún otro lugar conocido. Un poco más lejos se halla una iglesia con vestigios románicos deteriorados por la tiranía que impone el paso del tiempo. Cuenta con largo acceso rampante a su campanario. Sencillamente soberbio.

Poder civil y religioso en ambos extremos de la localidad y el ágora popular en medio. Toda una metáfora. Por desgracia, la arquitectura tradicional de tejados de “teito” y muros de piedra, languidece y está en buena medida perdida o ha dado paso a extemporáneos materiales modernos. Un signo más de la desolación que embarga a nuestro amado León.   

Urbicum Flumen, enero de 2020

Cinco motivos por los que (de momento) no pienso regresar a vivir al pueblo…


Con esto del Covid-19 parece que un montón de gente se está planteando volver al pueblo. Fíjate que yo detesto la ciudad, pero no he necesitado pensar mucho para darme cuenta que, hoy por hoy, tengo claro que no voy a volverme al pueblo a vivir. Yo tengo mis motivos y acá se los cuento:

#1. La escuela del pueblo está cerrada

Hasta hace no mucho, en mi pueblo había una escuela donde iban todos los críos que allí vivían. Yo estudié en esa escuela. Lo habitual era levantarse un rato antes de las 9 y —una vez desayunado— salir corriendo hacia la escuela. Allí permanecíamos hasta la hora de comer cuando regresábamos de nuevo a casa. Y a la tarde, pues lo mismo. Hoy, los pocos críos que quedan en el pueblo, y no importa lo pequeños que sean, tienen que levantarse a las 7 de la mañana para ir al autobús que, después de 40-45 minutos de recorrido, los deja en un centro escolar que está a poco de más de 10 minutos en coche.

Bien, aunque esos pequeños —y pequeñas— tienen servicio de transporte y comedor gratis, el esfuerzo que tienen que hacer es grande. Además, esa es la única opción para las familias que viven en el pueblo. Y está situación es algo generalizado ya que en los últimos 20 años se han ido cerrando escuelas en casi todos los pueblos de la provincia. No me vengan con la despoblación y con que no hay alumnos…

¡Vaya cómo nos vendieron la moto! Ya hace muchos, muchos años que empezó la historia. Hace más de 40 años en algunos pueblos de La Cepeda cerraron la escuela y mandaron a los rapaces a estudiar ‘internos’ a Astorga y a otros lugares. En ese momento tenían que haber prendido fuego a la Delegación de Educación. Porque, poco a poco, utilizando criterios de racionalidad económica —imagino— se fueron cerrando las escuelas de los pueblos. Otro tanto ocurrió con los CRA (Centros Rurales Agrupados). En vez de dotar de medios a las escuelas rurales, fueron concentrando a los rapaces en los CRA. Con todo eso, hubo un momento en que la gente, aunque tuviese el trabajo en un pueblo, prefería irse a vivir a la capital o a un centro urbano. Era por el bien de los hijos. Con ello, más escuelas y más escuelas se fueron cerrando, y… de aquellos polvos, estos lodos. A mediados de los años 70 del siglo pasado, cada una de las 1.200 localidades de la provincia de León tenía su escuela. Hoy el 60-70% de los pueblos de la provincia, o más, tienen la escuela cerrada.

No tengo ni idea cómo se puede solucionar este problema. Lo que sí se, es que acá donde vivo, tengo el colegio a 5 minutos de casa. Mis hijos van y vienen caminando a la escuela. Obviamente, si viviese en un pueblo, querría lo mismo para mis hijos: una escuela de calidad a la que puedan ir y volver caminando.

#2. En mi pueblo NO es posible teletrabajar

Hoy nos venden el teletrabajo como la nueva realidad y nos dicen además que puedes ‘teletrabajar’ en el medio rural. ¡Qué poco conocen la realidad! Con lo del teletrabajo nos toman por tontos. Y a las pruebas me remito…

Este verano, en algunos pueblos de La Cepeda, durante el mes de agosto el 80% de los días no había manera de conectarse a internet —¡ni siquiera se descargaban los mensajes del Whatsapp!— y varios días tampoco hubo conexión telefónica. ¿Así quieren que hagamos teletrabajo? Estamos arreglados. Y es que el quid de la cuestión del teletrabajo es tener una conexión ‘decente’ a internet. No importa que en los últimos diez años hayamos escuchando eso de que el medio rural necesita banda ancha, que patatín, que patatán… Nos presentan la banda ancha como la panacea y la solución a todos los problemas del mundo rural, pero uno: la banda ancha no es la solución; y dos, la realidad es que la mayoría de pueblos pequeños de la provincia, y especialmente en algunas comarcas, las conexiones a internet o no existen o son de muy baja calidad.

#3. No hay transporte público en condiciones

Cuando yo era pequeño funcionaba un autobús o ‘coche de línea’ que permitía desplazarse a los mercados y a otras localidades. No es que fuera maravilloso, pero quien no tenía coche podía desplazarse a Astorga, a León o a cualquier otro sitio. Ahora creo que funciona ‘a demanda’. Llamas por teléfono y ese día pasa el coche de línea.

Bien. Yo no tengo problema y me podría comprar un coche, pero mi mujer —como otra mucha gente— no tiene carnet de conducir. No cabe duda, pues, que la falta de transporte es una limitación.

Y en el caso del transporte, pasó más o menos lo mismo que con las escuelas. Primero desmantelaron líneas de tren —la Ruta de la Plata, por ejemplo— argumentando que eran deficitarias. Después cerraron líneas de autobús. Y así todo…

#4. Los servicios sanitarios son escasos

Quien tiene hijos pequeños sabe que es fundamental tener el médico cerca. No es que los servicios sanitarios sean malos y debo decir que cada vez que, en vacaciones, hemos visitado las Urgencias Pediátricas del Hospital de León, la atención ha sido más que excelente. Pero, justamente, hemos tenido que acudir a León porque en los Centros de Salud no hay atención pediátrica. A todo ello se añade que la Junta de Castilla y León ha ido cerrando consultorios rurales, como se puede ver en esta noticia.

Como es lógico, uno se puede adaptar a todo, pero lo deseable sería que en el lugar donde uno vive, sea un pueblo o una ciudad, disponga de servicios públicos de calidad. O al menos disponga de unos servicios mínimos.

#5. En los pueblos no hay trabajo

Unos párrafos más atrás les comenté que yo podría trabajar desde cualquier lugar que disponga de conexión a internet. Pero, la realidad es que el trabajo lo tienes que llevar tú, porque no hay trabajo en algunos sectores. Es algo lógico que el trabajo en las zonas rurales esté ligado al sector primario, pero de nuevo se pone de manifiesto que la falta de empleos también es consecuencia de los procesos de abandono institucional. No tiene que ver únicamente con la despoblación.

¿Cómo va a haber trabajo en los pueblos si cerraron las escuelas, los centros médicos, las oficinas bancarias, las farmacias, los cuarteles de la Guardia Civil, las líneas de tren y la mayoría de servicios? Es de cajón… Antes, la gente que atendía esos servicios quedaba a vivir en los pueblos… Fue un verdadero proceso de desmantelamiento.

En fin… no les doy más la tabarra. Seguramente que, a pesar de todo, sigue habiendo muchos más motivos para irse a vivir al pueblo, pero en mi caso tendré que esperar a la jubilación para volver. La buena noticia es que cada vez me queda menos…

Riaño como «tragedia de los cerramientos»


En una entrada anterior, hacíamos referencia a la ‘tragedia de los comunales’. Decíamos que allí donde se privatizaron los comunales, los campesinos más pobres se vieron despojados de sus medios de vida, ocurriendo la llamada ‘tragedia de los cerramientos’ (Tragedy of Enclosure, en inglés).

La privatización o cerramiento (enclosure) de los comunales ocurrido a lo largo y ancho de la mayoría de países europeos durante los siglos XVIII y XIX fue un verdadero drama. Miles de campesinos desposeídos de sus comunales vagaban por los campos en busca de trabajo, viéndose obligados finalmente a emigrar a las ciudades y los centros industriales, donde hacinados subsistían con salarios míseros.

En España, con la desamortización de Madoz se pusieron en venta los bienes de los pueblos, lo que en algunos casos tuvo como resultado la venta de molinos, fraguas, cantinas, quiñones, montes o puertos de merinas. Posteriormente, con la intervención del Estado en los montes se vio limitado el acceso a las leñas, maderas, o pastos. Antonio Ortega Santos en su libro «La tragedia de los cerramientos: desarticulación de la comunidad en la provincia de Granada» estudia este proceso para Andalucía, afirma que con los “cerramientos” y la intervención estatal en los montes se subordinó la lógica de la subsistencia a la lógica del mercado. Es decir, allí donde los comunales fueron privatizados, la prioridad de los compradores era hacer dinero con ellos: se talaron bosques, se roturaron montes, y se impusieron arrendamientos abusivos a quienes los venían explotando. Por otro lado con las restricciones impuestas por el servicio forestal, aprovechamientos del monte que eran gratuitos fueron prohibidos y sacados a subasta; por tanto, si alguien necesitaba maderas o leñas, debía acudir al mercado a comprarlas. 

En León, como ya veremos, la desamortización de Madoz no tuvo demasiada importancia. Sin embargo en aquellas comarcas donde hubo privatizaciones es posible que ocurriese como en el resto de España, que el pequeño campesinado quedase excluido de los beneficios ya que las oligarquías gobernantes habrían utilizado las reformas agrarias en su provecho adquiriendo tierras. En León, es posible que, allí donde los comunales fueron vendidos, los campesinos más pobres se viesen despojados de recursos que eran fundamentales para su supervivencia (tampoco hay que olvidar, no obstante, que el uso de muchos de estos bienes ya había sido privatizado, dado que eran bienes de propios, arrendados al mejor postor.

Una versión de la tragedia de los cerramientos en la provincia de León podría ser la desaparición de numerosos pueblos bajo los pantanos. El ejemplo más evidente es Riaño, donde para satisfacer los intereses de las empresas eléctricas y de unos pocos regantes fueron anegados los pueblos  y propiedades de Anciles, Éscaro, La Puerta, Huelde, Burón, Pedrosa, Salio y Riaño. Imagino que los vecinos fueron indemnizados por las fincas que perdieron, pero ¿qué indemnización recibieron por los comunales que quedaron bajo el pantano?. Lo grave no fue sólo que los vecinos tuviesen que abandonar los pueblos y sus medios de vida sino que la construcción de la presa, para satisfacer intereses de unos pocos, dejó tocado de muerte todo el valle.

Una vez más los bienes comunales de toda la provincia de León están en peligro y un nueva tragedia se cierne sobre ellos: La Ley Montoro. Si los bienes de los pueblos pasan a ser gestionados por los ayuntamientos, visto el endeudamiento de éstos, el peligro es evidente. Parece que de nuevo se quiere expulsar de la tierra a los pocos agricultores y ganaderos que viven de ella. Los pueblos de León agonizan por el envejecimiento y porque apenas queda gente que trabaje las tierras. Si desaparecen las juntas vecinales estaríamos contemplando una nueva versión de la ‘tragedia de los cerramientos’. De la misma manera que el pantano de Riaño perjudicó a toda la comarca, estas medidas no sólo afectarían a quienes dependen de los comunales, sino a la provincia entera. Es triste reconocerlo, pero hoy en día, los pocos agricultores y ganaderos que quedan, son los que mantienen a los pueblos con vida.

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Foto: J.M. Pando Barrerro / Color: Antonio Aláiz

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