Hace unos días, leía un artículo en El Diario de León sobre el cultivo de la adormidera en la provincia de León. Me acordé de que hace años, paseando por el pueblo, al lado de una leñera, vi un saco de yute lleno de semillas de adormidera. Aquel descubrimiento me intrigó: ¿alguien en el pueblo estuvo produciendo materia prima para la fabricación de ‘opio’?. Pregunté a varios vecinos y la respuesta a aquel enigma era más prosaica de que lo que yo imaginaba. Y es que en los años grises de la postguerra, las políticas autárquicas y la prohibición de importaciones obligaba a buscar sustitutos de casi todo, incluidas las drogas y medicamentos básicos que escaseaban en farmacias y hospitales.

En esta prisa por encontrar sustitutos, por Orden del Ministerio de Agricultura de 1942, fue creado el Servicio de Plantas Medicinales, el cual ya funcionaba de facto desde 1939, año en el que la Dirección General de Agricultura encargó provisionalmente a su Sección de Cultivos de las investigaciones agronómicas relativas a dichas especies. En la provincia de León, concretamente en Pola de Gordón, se instaló un campo experimental donde se ensayaron especies como el acónito (matalobos / nabieyu), el beleño, heléboro (llavera), belladona, genciana, digital (dedalera), menta, ruibarbo… y, por supuesto, la adormidera. Y parece que se cultivó en unos cuantos pueblos de la provincia, pero tampoco fue un éxito como lo fueron otros cultivos industriales.

Bueno, volviendo al surco, se detalla en el artículo del Diario de León que la adormidera (Papaver somniferum), conocida como amapola de opio, es una planta milenaria cultivada por sus usos medicinales, alimentarios e industriales. De su látex se obtienen alcaloides como la morfina, codeína y tebaína, esenciales para fabricar analgésicos, mientras que sus semillas, completamente inocuas, se emplean en la cocina y la producción de aceites. Como requiere menos agua que otros cultivos, en León se está valorando como alternativa sostenible a la remolacha.

De alguna manera, el artículo del periódico suena a publirreportaje pagado por una empresa. Parece que nos están vendiendo una moto. No es casual que hace unos días se haya anunciado el cierre definitivo de la fábrica azucarera de La Bañeza, la única que quedaba en León. Habrá más de 250 despidos. El caso es que en el susodicho artículo, citando informes de la FAO, de la AEMPS y toda clase de boletines técnicos, se repite hasta la saciedad que la adormidera es una alternativa sostenible, que necesita menos agua, que soporta mejor el calor y que sus semillas alimentan a la industria alimentaria, cosmética y farmacéutica. Todo eso suena muy bien sobre el papel, pero no hay soluciones milagrosas. El hecho cierto es que ya no quedan fábricas azucareras en la provincia de León. Como saben, llegaron a funcionar hasta cuatro fábricas —la de Boñar, que apenas duró unos años, y las de Veguellina, Santa Elvira (León capital) y La Bañeza— aunque nunca coincidieron todas abiertas a la vez. A ello se añade que, aunque en los últimos años ha habido un importante aumento, la superficie cultivada de remolacha se ha reducido a la mitad desde los años 70.

Qué no vengan con milongas ni cuentos ni adormideras, que si las cosas siguen este camino, no me extrañaría que una de las próximas entregas de esta serie —Pérdidas, desapariciones y olvidos— tenga que dedicarla, con cierta amargura, a la remolacha.

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La imagen que acompaña esta entrada es de Hasan Kurt


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