Lecturas recomendadas: La casa de mi padre


 

Debo reconocer que empecé a leer este libro con ciertos prejuicios. No sabría ahora explicar convincentemente a qué respondían. Quizás había un recelo hacia el optimismo del autor.

Como ya saben, esto es una reseña, una opinión particular, no un resumen del libro. Y si lo reseñamos acá, es que es un libro que vale la pena. Antes de entrar en materia cabe notar que el título completo es: “La casa de mi padre: manual para la reinserción de los territorios campesinos en la sociedad contemporánea”; es decir, conviene precisar que este libro es también un manual de ‘desarrollo rural / local’.

Me gustó el libro porque, por un lado y desde lo personal, me reconozco en el padre del protagonista, con esa añoranza permanente de la tierra materna. Por otro lado, considero que este libro hace aportes muy interesantes y esa es la razón de que aparezca recomendado acá.

Para mi, uno de los principales aportes es la crítica que hace a los ecologistas y sus propuestas de conservación incompatibles / enfrentadas con las actividades tradicionales. Acertadamente, señala el autor que en muchos casos, los ecologistas, surgidos de un movimiento urbano, están fascinados por la idea del regreso de una naturaleza salvaje ajena al hombre. Sin embargo, como indica Jaime Izquierdo, “Conservar no es permanecer impasibles al desconcierto, la extinción de la cultura local y la deriva ecológica del territorio. Es hora de decir bien alto que ningún paisaje campesino, espacio, territorio protegido, parque natural o nacional se conservará si un activo sistema económico local agroecológico y pertinente que lo gestione. Es hora de decirlo con toda claridad: el proceso de deriva ecológica en el que han entrado los espacios protegidos de montaña está poniendo en peligro la propia conservación de la naturaleza y de la biodiversidad para la que, paradójicamente, fueron creados”. Y es el autor tiene claro que incluso los paisajes naturales son creación humana.

Para Jaime es necesario “contrarrestar y poner freno a la potente maquinaria de propaganda institucional nacida del pensamiento industrial y alimentada desde las Administraciones públicas, desde buena parte del movimiento ecologista y desde algunos reductos de la ciencia, impulsores en España de una política de conservación de la naturaleza ajena y separada de la historia agraria, la gente de las aldeas y de las miles de pequeñas culturas campesinas locales que construyeron los paisajes que, y injustificada incomprensiblemente también, llamamos naturales. Porque, en el fondo, y esta es otra de las paradojas, cuando se habla de espacios protegidos, de lo que se está hablando al fin y al cabo es de convertir en parques temáticos para consumo turístico alguno de territorios surgidos de la intervención humana y que siempre tuvieron un uso agroganadero“.

Como afirma vehementemente, no es que algunas actividades tradicionales sean compatibles con los objetivos de conservación de la naturaleza, como se ha venido sosteniendo. No es una cuestión de compatibilidad entre los objetivos de conservación y los de desarrollo, es una cuestión de necesidad. Afirma el autor del libro, y coincido plenamente con él, “la actividad agroecológica local bien regulada e integrada es necesaria para conservar ecosistema y la diversidad tanto silvestre como doméstica. Dicho de otra manera, la conservación de la naturaleza depende del acierto, pertinencia y la excelencia con que se aplique una renovada gestión campesina. La conservación de la naturaleza está subordinada y es tributaria de la forma y la intensidad con la que se desarrolla la actividad agraria”.

Otro de los aportes, es la crítica a las políticas desarrollistas de los años 60-70 del siglo pasado. No sólo se pusieron en marcha políticas marcadas “por una visión simple, dogmática, paternalista, autárquica y radicalmente tecnocrática” sino que “el conocimiento campesino fue primero denostado por las élites políticas y técnicas del franquismo y después -salvo excepciones- obviado por el ejército de licenciados salidos de las universidades y escuelas técnicas españolas entre los años sesenta y setenta del pasado siglo XX que nutrieron los dos principales, poderosos e influyentes cuerpos de burócratas al servicio de la Administración pública que se repartieron el mundo, partiéndolo por la mitad: unos se encargaron intensamente del desarrollo, y se hicieron desarrollistas, otros hicieron lo mismo con la conservación de la naturaleza, y se hicieron conservacionistas”.

Un tercer aspecto interesante del libro es el análisis y caracterización del conocimiento campesino. Nota el autor, muy acertadamente, que el conocimiento campesino forma en técnicas y en VALORES; en relación a ello, los cuentos, fábulas, leyendas, etc, son un ‘mecanismo de transmisión’ de una generación a otra. También otorga una gran importancia a las formas de cooperación campesina y al derecho consuetudinario, recogido las ordenanzas.

En cuarto lugar, y no es un aporte menor, Jaime construye todo un modelo, una propuesta metodológica para el diseño y gestión de los territorios campesinos que ‘abre la puerta a la esperanza’ para evitar la desaparición del mundo rural. De ese modelo, yo rescataría algunos aspectos interesantes, aunque se trata de capítulos que parecen dirigidos a gestores públicos, o una herramienta para los gestores / agentes de desarrollo rural.

Por último, este libro ‘ofrece’ pequeños descubrimientos. Cosas que estaban ahí, pero que uno desconocía, o no se había parado a pensar, como por ejemplo lo de ‘educar a los ganados’ los cuales son casi de la familia; el rol de las abuelas en la transmisión del conocimiento; etc.

El libro vale mucho la pena, aunque también hay aspectos criticables. Desde mi punto de vista ofrece una visión ‘antropológica’ (y no histórica) de los territorios campesinos y, quizás por ello, se le escapan cosas o el análisis es errado. Desde mi punto de vista hay varias ‘imprecisiones’, por decirlo de alguna manera.

Una de ellas es considerar que el origen de la desarticulación de la agricultura preindustrial está en la industrialización y se aceleró con el modelo de ‘modernización agraria industrial’ impulsado por el Plan de Estabilización de 1959 y las reformas estructurales de la economía española impulsadas por éste. Cabe precisar por un lado que este proceso de desarticulación empezó en la segunda mitad del siglo XIX con el liberalismo y medidas como las desamortizaciones (que incluye la puesta en venta de los comunales), la retirada de atribuciones de gobierno a los concejos y la creación de los municipios (eje del caciquismo) y con la intervención del Estado en el monte a través del Cuerpo de Ingenieros de Montes (creado, si no recuerdo mal, en 1853). Por otra parte, los procesos de modernización no siempre son malos y la mecanización de las labores del campo o la introducción de cultivos industriales no siempre fue negativa (ejemplo de ello serían la difusión de la electricidad y la introducción de los tanques de frío en la montaña para la conservación de la leche, o la difusión del cultivo del lúpulo en la ribera del Órbigo en León). Lo que sí es criticable es que estos procesos de modernización en muchos casos rompan con la lógica de funcionamiento precedente, creando una excesiva dependencia de insumos exteriores o del mercado.

Otra pequeña imprecisión es señalar que el modo de organización campesino se remonta al Neolítico lo cual no es exacto. Los concejos, la división en hojas del terrazgo, o las rotaciones de cultivos, por ejemplo, son ‘creaciones’ originadas en la Edad Media que se fueron perfeccionando a lo largo de la Edad Moderna. Por otra parte, se debe notar que las instituciones (y las regulaciones locales) también son ‘innovaciones’. En relación a ello, el análisis de Jaime de la parroquia como una célula es demasiado estático y no registra que el propio ordenamiento consuetudinario era algo dinámico. Las costumbres no eran inamovibles y las ordenanzas se iban redactando para acomodarlas a los tiempos; es más, siempre hubo tensiones entre las prácticas diarias, los usos consuetudinarios y las leyes impulsadas por el Estado.

Por último, es discutible considerar que las economías de montaña preindustriales fuesen de subsistencia. Es cierto que estaban orientadas a la reproducción de la unidad familiar, pero no eran de subsistencia ya que había intercambios (vendían ganados, maderas y leñas y compraban cereales y vino), e incluso en algunos casos eran economías muy dinámicas, capaces de sostener a un mayor número de población. Justamente en relación al crecimiento demográfico, tradicionalmente funcionaban frenos maltusianos o soluciones boserupianas lo cual se ignora y encaja mal en la visión estática de la parroquia como una célula.

En fin. Ya para acabar, coincido con Jaime cuando defiende la rehabilitación y actualización de la cultura campesina porque su experiencia histórica y su extenso currículo como gestora, la acredita como idónea para la gestión de los territorios rurales. También estoy de acuerdo cuando señala que ‘tenemos la obligación de crear un futuro y que ese futuro puede ser una oportunidad para los jóvenes’. Lo que nos diferencia es que yo soy tremendamente pesimista respecto al futuro de los espacios rurales y la gente del campo.

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