Reflexiones sobre la prohibición de la caza del lobo


Desde que la sociedad se ha ido transformando hacia modos de vida industriales o postindustriales, abandonando las formas típicas del rural, la caza del lobo siempre ha resultado un tema muy peliagudo, donde se anteponen dos puntos de vista muy polarizados y en los que resulta difícil construir puentes para buscar un punto de encuentro entre ambos.

Por un lado, tenemos a cazadores y ganaderos y, por el otro, a ecologistas y conservacionistas. Unos defienden que la caza es necesaria para evitar pérdidas en el sector agroalimentario —sector que desde los años noventa con la globalización de la economía atraviesa momentos difíciles por tener que adaptarse a una competencia global— y dinamizar económicamente los municipios rurales —por el dinero que dejan los cotos y cupos de caza—. En cambio, la otra postura, a grandes rasgos, apuesta por prohibir la caza pues los ecosistemas tienden a un equilibrio natural donde las poblaciones de lobo se irán adaptando al número de presas salvajes, y donde en esta ecuación los ganaderos tendrían que apostar por la utilización de medidas preventivas (cercados, mastines, burros…).

Si el debate ya estaba crispado, a raíz de la reciente prohibición de la caza del lobo que entrará en vigor en septiembre, como no podía ser de otra manera, se ha afrontado con mucha división y polarización.

Ante esta situación, con un afán de fomentar un debate sano sobre esta cuestión, me gustaría compartir algunas reflexiones aportando mi humilde visión. Además, con la cantidad de comentarios vertidos, entre los partidarios de la caza y sus detractores, tengo la sensación de que en este debate priman más las cuestiones sentimentales que una visión ecológica del asunto, cuando aquí lo importante, o así lo entiendo yo, es la buena gestión del territorio, porque de ello depende en buena medida el futuro de la “España Vaciada”.

Para empezar, me gustaría remarcar que no existen espacios naturales en Europa Occidental, entendiendo estos espacios aquellos en los que no se aprecia la intervención del hombre y se rigen por leyes naturales. Es decir, en mayor o menor grado, todos los paisajes europeos están afectados por las actividades humanas. El ser humano, como una especie más, lleva desde el Neolítico transformando el medio, proceso que se ha acelerado desde la Revolución Industrial, dejando muy palpable que, muchas veces con consecuencias negativas, vivimos en un mundo antropizado.

Con esta primera reflexión, lo que quiero decir es que por muy verdes y bonitos que veamos nuestros Picos de Europa —o cualquier otro espacio natural que nos venga a la mente de la Península Ibérica y nos parezca idílico— no son 100% naturales, puesto que sus paisajes son fruto de la transformación de las actividades humanas desde hace miles de años. Las verdes praderas de alta montaña son porque hay pastoreo, y si abandonáramos esa actividad muchas se convertirían en matorral. Y lo mismo que hay pastoreo, hay otras actividades tan antiguas y milenarias como es la caza. El hombre, nos guste o no, es un elemento más de los ecosistemas e influimos en sus equilibrios desde tiempos muy antiguos.

Ahora bien, con esto no quiero decir que se tenga que permitir una caza libre y sin límites, todo lo contrario. La caza hay que permitirla, aunque no nos guste, porque en muchos casos es necesaria, pero tiene que estar regulada e integrada en un adecuado plan de gestión ambiental: haciendo censos de especies cinegéticas, apoyando a los ganaderos con medidas para que puedan convivir con los depredadores y persiguiendo la caza furtiva.

El problema de esto es que requiere una apropiada intervención por parte de las comunidades autónomas a través de sus consejerías de medioambiente. Se precisa voluntad política e invertir en recursos. Y digo bien claro invertir porque cuidar nuestro medioambiente, base del sustento que nos proporciona los recursos necesarios para vivir, nunca es un gasto. Sobre todo, me parece muy importante el tema de tener censos actualizados de especies cinegéticas, porque precisamente por esta cuestión —al no haber censos de lobos actualizados— ya en el 2019 la justicia tumbo la ley de caza de Castilla y León. Lo que deja entrever que, más allá de las acaloradas discusiones alrededor de la caza, lo que hay es una gestión ambiental funesta por parte de las administraciones competentes.

En el caso de mi comunidad autónoma —Castilla y León—, tengo la sensación de que nuestros políticos, aquellos aposentados en grandes despachos en Valladolid, tienen un gran desconocimiento del territorio. Pues sólo se acuerdan de nuestro mundo rural cuando llegan las elecciones, sabiendo que este mundo en esta comunidad autónoma es un auténtico “granero de votos” para determinadas opciones políticas. Y es cuando vienen prometiendo medidas populistas de corto alcance pero que suenan muy bien para ciertos sectores.

Y me estoy refiriendo a lanzar eslóganes relativos a permitir la caza por el “gran daño” que hace al sector agroganadero, pues mientras los precios de muchos de nuestros productos se decidan en mercados en internacionales presas de la especulación y con unas condiciones desfavorables para los pequeños productores, difícilmente nuestro campo tenga un futuro asegurado.

Alentar la caza del lobo sin tener una cuantificación las poblaciones existentes es un mero acicate para contentar a ciertos sindicatos agrarios y sacar una rentabilidad económica a costa de uno de los pocos grandes depredadores que quedan en el continente europeo. ¿Cómo se puede permitir cazar una especie tan emblemática que ya estuvo al borde la extinción hace unas décadas sin ni siquiera estimar la presencia que tiene en un territorio? Una gestión ambiental así debería ser denunciable.

Por lo tanto, es importante elaborar censos regulares para conocer cuál es el estado de las poblaciones silvestres, porque sí amigos míos, la caza deja mucho dinero en la España Vaciada. Por eso es una actividad que no podemos desdeñar para dinamizar el mundo rural. Hay que permitirla, pero siempre y cuando se pueda ejercer con unas garantirías suficientes para el mantenimiento de las poblaciones cinegéticas. El mundo rural precisa de una buena gestión en este asunto, pues no se pueden rechazar los ingresos generados por esta actividad en regiones que están muy afectadas por la modernidad y necesitadas de asentar población.

No obstante, hay que tener en cuenta que la caza también puede suponer un beneficio para nuestros ganaderos y agricultores. Una población excesiva de lobos en un territorio provocará ataques al ganado doméstico, pero a mayores, dando una visión más holística sobre el asunto de la caza, otras especies como el jabalí también pueden provocar daños a los cultivos, donde no es la primera vez que arrasan parcelas recién sembradas provocando pérdidas económicas a los agricultores.

Hasta ahora se han comentado algunas reflexiones por las que permitir la caza es una actividad beneficiosa, pero para completar este análisis también habría que mencionar algunos aspectos positivos por los que habría que limitar esta práctica.

Uno de ellos sería el ecoturismo, una forma diferente de hacer turismo relacionado con la naturaleza y que cada vez está más en auge, gracias a que la Península Ibérica es la zona de Europa Occidental con más biodiversidad, albergando a más del 50% de las especies de animales de toda Europa. Una actividad que en ciertas comarcas ayuda a diversificar la economía, dinamizar el territorio y atraer mayores beneficios.

También, la existencia del lobo es beneficioso para ganaderos y agricultores, pues ayuda a controlar las poblaciones de jabalíes, ciervos y corzos. Esto es sumamente importante cuando estas especies son portadoras de la brucelosis. Esta bacteria, que provoca la conocida como “fiebre de Malta”, puede ser transmitida de las poblaciones silvestres al ganado doméstico, por lo que si aquella es elevada en la naturaleza podrían aumentarían los contactos en mitad del monte y la posibilidad de trasmisión. La brucelosis también es peligrosa porque se puede contagiar a humanos, por lo tanto, si a un ganadero se la contagia parte de su cabaña, las autoridades competentes en casos graves —donde se suceden varios positivos de diferentes individuos a lo largo del tiempo— pueden llegar a decretar el exterminio de todo el rebaño.

En conclusión, como sucede dentro de un ecosistema —en el que también está el hombre— hay que buscar los equilibrios de los diferentes elementos. Como ciudadanos, debemos tener una visión crítica y exigir a las administraciones una adecuada gestión medioambiental, tanto de las especies salvajes como de las personas que viven en el mundo rural. Por ello, más allá de afirmar taxativamente sobre el asunto de la caza, lo que pediría serían realizar estudios que nos ayuden a tomar decisiones con mayor claridad. Y, por último, con el conocimiento que manejo actualmente, diría que caza sí, pero que esté bien regulada.

Javier Miguélez, Geógrafo