—No le digas a tu padre lo que pagué por esto —decía mi madre en Benavides mientras me probaba unos pantalones vaqueros de la marca Lee— Si se entera, nos crucifica. ¡Ay, Virgen Santa lo que valen las cosas! Ya podéis estudiar…

Era septiembre y en unos días empezaba el curso. Todo debía estar listo para ese comienzo. Nada podía quedar al azar. Previsores, días antes de nuestra partida al internado, los frailes habían enviado un listado con todas las prendas de ropa que había que cargar en la maleta y también el número con el que había de ir marcada.

Estrenar aquellos pantalones me hacía feliz, aunque aquella inocencia de sentirme más mayor venía acompañada por el temor de dejar el hogar materno y tener que enfrentarme a todo un mundo desconocido. Para mí que nunca había salido del pueblo, el internado de Valencia de Don Juan era una tierra ignota llena de peligros y nuevos códigos. Me reconfortaba no saberme solo, que allí en el colegio también estarían Manolo, Rafa, Marcial y otros amigos de la infancia, refugios sólidos a los que acudir.

Desplazarse del pueblo al colegio de frailes exigía una cierta organización y los padres se encargaban de buscar a un taxista o conductor de confianza. Llegado el día de partir, con todo listo, las madres se agolpaban alrededor del coche que nos trasladaba. Lloraban. También, secándose la cara con pañuelos de tela que un día fueron blancos, algunos padres disimulaban las lágrimas. No el mío, que no podía soportarlo y desaparecía. Nosotros reíamos y de alguna manera celebrábamos aquel viaje como si fuésemos presos a punto de consumar una fuga. Estábamos convencidos que nada podía ser peor que aquellos veranos en el pueblo cuidando las vacas y compartiendo las fatigas del trabajo en el campo.

Ya en el coche, los nervios, las curvas, el olor a tabaco, gasolina y plásticos sintéticos traían primero mareos y después vómitos. No recuerdo un solo viaje placentero a aquel colegio.

Tras casi dos horas de trayecto, con un hueco cada vez más grande en el estómago, el castillo de Coyanza anunciaba la llegada a la villa. Cruzando el puente sobre el Esla, a mano izquierda a pocos minutos aparecía el colegio de los Agustinos, un imponente edificio de ladrillo de tres plantas y decenas de ventanas. Unas enormes puertas de madera marcaban la frontera entre el internado y el mundo exterior. Franqueado ese umbral, todo empezaba a regirse por un nuevo orden. Todo se organizaba por filas, para ir a comer, para ir a estudiar, para ir al dormitorio… toda actividad era precedida por una ordenada fila. Eran los primeros esbozos de un paisaje que habríamos de contemplar los próximos meses y años. Eran trazos de la sobria disciplina a la que habríamos de acostumbrarnos. No obstante, los frailes, sabedores que esos primeros días eran propicios a las deserciones, ofrecían su cara más amable. Una enorme piscina azul de agua cristalina y los juegos en el patio, así como una deliciosa comida, ayudaban a disuadir miedos y preocupaciones entre los internos.

Ese primer día, desorientados y acompañados por compañeros más mayores, tratábamos de familiarizarnos con las distintas dependencias: acá el salón de juegos, allá el comedor y la cocina, acá el despacho de Fray Pepe, el rector. Cada nuevo descubrimiento añadía sensaciones encontradas. Veteranos en aquel colegio, los amigos del pueblo nos hablaban de aventuras pero nosotros, recién llegados, veíamos también muros y peligros.

Y al final del intenso primer día, la noche.

En fila nos dirigimos a un dormitorio gigantesco con dos hileras de camas separadas por una mampara de madera. Una vez se apagó la luz, los miedos empezaron a pasearse entre nosotros y nos cubríamos la cabeza con la sábana. Era también una manera de evitar que tus compañeros te viesen llorando. Contenidos y contagiosos sollozos se colaban por las grietas de aquella oscuridad quebrantando el obligado silencio. Aquellas lágrimas disimuladas revelaban un temor compartido, el de tener que empezar a volar solos sin el ala protectora de los progenitores.

Poco a poco, el cansancio fue diluyendo los miedos y a los pocos minutos de estar en la cama, un protector sueño acabó venciéndonos a todos.

Derrotado el desasosiego, llegó el nuevo día. Y llegó acompañado por música. En los altavoces del dormitorio sonaba la canción “Rivers of Babylon” de Boney M. Era una forma dulce de despertarnos.

En aquel momento desconocíamos que aquella canción de ritmo pegadizo era un salmo, el lamento de un pueblo que había sido arrancado de su tierra. No sabíamos tampoco que también era una metáfora de nuestra situación. Que lo nuestro era el inicio de un éxodo. Nacidos para trabajar la tierra con las manos, como nuestros padres y los padres de nuestros padres y decenas de generaciones anteriores, nuestro destino ahora era estudiar. De alguna manera empezábamos un destierro; internado, estudios, universidades, trabajos que no exigían mancharse las manos… el pueblo quedaba únicamente para el verano y las vacaciones.

El pueblo que llevábamos dentro empezó a morir ese día. En su lugar quedaba un vacío, una orfandad que aún nos acompaña.


Un segundo libro de relatos avanza poco a poco… lo que acabas de leer es un pequeño adelanto. Si te gustó, deja tu correo y te avisaré cuando haya noticias. Quizá, muy de vez en cuando, te llegue algún post sobre cualquier otra cosa, aunque ya te adelanto que —de momento— no estoy mucho por la labor de publicar por acá.


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