En esta época de canículas, entre dos luces, los sapos suelen dejar el frescor de cunetas e invadir las calles. Con ello, suelen poner en riesgo su vida.

Hace muchos años, cuando éramos pequeños los matábamos a piedrazos. Es triste reconocerlo, pero teníamos ese instinto de la tribu y hacíamos lo que todo el mundo hacía: odiar a los sapos. Y es que, en esa época, cuando no había alumbrado público, no resultaba nada agradable pisar uno de esos bichos. No digamos ya agarrarlo accidentalmente con la mano cuando buscabas algo entre la yerba. El caso es que estos anfibios son repulsivos por su aspecto negruzco y viscoso. A ello se añade que, según la creencia popular los sapos son venenosos y te pueden ‘mear’ en los ojos. Sin embargo, la realidad es más simple: los sapos tienen glándulas en la piel que, como mecanismo de defensa, pueden liberar sustancias tóxicas o irritantes. Lo de la orina es algo reflejo, debido al miedo. ¡Pobres animales! Como nosotros, en ocasiones se mean de miedo. Sea como fuere, su orina es inocua.

Al llegar a cierta edad uno se da cuenta de que no tiene ningún sentido matar a un sapo que se cruza en tu camino, que basta con apartarlo con el pie y dejarlo que siga con sus labores. Porque los sapos, como todo bicho viviente, cumplen funciones ecológicas fundamentales en los ecosistemas donde habitan. Por un lado, son depredadores naturales de insectos y pequeños invertebrados, ayudando a mantener bajo control las plagas agrícolas y a los insectos transmisores de enfermedades. Esto reduce la necesidad de pesticidas químicos lo cual beneficia a los cultivos y a la salud humana; es decir, los sapos protegen la biodiversidad. Por otra, son un eslabón en la cadena alimentaria al ser presas para aves, reptiles, mamíferos y otros animales. Por último, la presencia o ausencia de sapos es un indicador del estado de salud de los ecosistemas.

Bien. Aquí viene la parte interesante. Si me dan a elegir entre defender a los lobos o a los sapos me quedaría con estos últimos. Ya sé que la mayoría de lectores del blog se quedarían sin duda con el lobo y mi afirmación puede parecer una boutade o una provocación.

La comparación entre el sapo y el lobo es mucho más que una anécdota, refleja nuestra relación con la naturaleza y de cómo elegimos a qué animales admirar o proteger. El afortunado lobo ha sido bendecido con una imagen carismática y poderosa. Su mirada, sus aullidos y su vida en manada lo han convertido en protagonista de cuentos, mitos y leyendas que todos conocemos. El lobo simboliza la libertad salvaje, el liderazgo, el misterio e incluso la nobleza. Su figura adorna banderas, escudos y camisetas deportivas. El sapo, en cambio, ha corrido una suerte muy distinta. Carece de ese aura mítica y, en la cultura popular, suele asociarse con la fealdad, la suciedad, el veneno o la magia negra. ¡Está gordo como un sapo! ¡Es feo como un sapo! ¡Tiene ojos de sapo! ¡Saltó como un sapo! Tragarse un sapo… todo son cosas negativas. Ni una sola virtud tiene el pobre batracio. El sapo rara vez es protagonista de historias de coraje o sacrificio; su papel en los cuentos suele ser secundario, cuando no es el malo, vaya. Pero el sapo no se mete con nadie, y ni siquiera su silbido nocturno es molesto. ¿Por qué tanto odio?

Me pregunto por qué la gente no defiende al sapo con la misma intensidad que al lobo. Quizás la respuesta esté en nuestra empatía selectiva y en el hecho de que la ‘naturaleza’ sea también una construcción cultural. Construimos historias en torno al lobo, humanizamos su comportamiento para bien o para mal: inteligente, noble, solidario, astuto, despiadado, sanguinario, implacable… Vemos emociones humanas en el lobo e incluso lo convertimos en símbolo. El sapo, en cambio, no despierta ningún tipo de admiración ya que no reconocemos en él valores positivos; es más, en el imaginario popular —especialmente en América Latina— el sapo es símbolo de la traición y por ejemplo en países como Colombia es sinónimo de soplón, buchón, chivato, delator…

Atendiendo a su función en la naturaleza, esta diferencia de trato es profundamente injusta. Tanto el lobo como el sapo cumplen funciones ecológicas cruciales. Yo incluso diría que hay una importante diferencia entre ellos: el sapo es inofensivo, el lobo no. El lobo es depredador y por eso es normal que los ganaderos lo odien. Detesto la hostilidad de los cazadores y los políticos hacia el lobo, pero entiendo en buena medida la de los ganaderos. En primer lugar, por ser hijo y hermano de ganaderos. Pero no sólo por eso, sino que reconozco que la forma en que percibimos el mundo no es neutra; está teñida por nuestras emociones, creencias y necesidades. Miramos la naturaleza como un espejo de nuestra cultura, de nuestra historia, de nuestros valores e incluso de nuestros miedos; por decirlo de alguna manera, la mirada humana “contamina” todo lo que observa. No vemos a los animales tal como son, sino como queremos o tememos que sean. Es por ello que los defensores del lobo, aunque no sean del todo conscientes de ello, también tienen una mirada sesgada por la cultura, por su experiencia, por la educación recibida, por su procedencia geográfica, etc., e incluso por su clase social.

Esta forma de ver y juzgar a los animales refleja cómo construimos significados sociales y culturales que van más allá de la realidad natural. El sapo, en este contexto, emerge como una potente metáfora de todo aquello que la sociedad tiende a invisibilizar o desvalorizar por no ajustarse a los cánones de belleza, simpatía o heroicidad que dominan el imaginario colectivo. Un imaginario que, saturado de mitos infundados, moldea percepciones y actitudes que frecuentemente distorsionan la realidad. Por eso, esta metáfora sirve también para grupos sociales o personas que —ya sea por su situación económica precaria, su origen, sus rasgos físicos, su color de piel u otras características— son objeto de desprecio o marginación. La metáfora pone en evidencia que, en muchas ocasiones, la exclusión y la desvalorización social se fundamentan en construcciones simbólicas alejadas de la realidad objetiva.

En fin…

PS. Utilicé el sapo como metáfora pero también las hienas, por su misma mala fama no justificada, podrían servir como ejemplo. Hace poco leí por ahí que son animales muy sociales y solidarios. Resultan que son matriarcales, que cooperan para cazar presas mucho más grandes que ellas, que se ayudan mutuamente, que protegen a las crías juntos y que mantienen lazos sociales duraderos. No veo por ahí a nadie que se reconozca tampoco en las hienas…

Si llegaste hasta aquí leyendo, lo tuyo tiene mucho mérito. Creo que, si no lo has hecho, deberías suscribirte a la newsletter semanal.


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