Como ya hay una cierta familiaridad con los lectores de este blog, puedo confesarles alguno de mis defectos. Uno de ellos es que soy un desastre en general, pero en particular soy muy poco confiable en lo que a planificación se refiere. Prueba de ello es que cada verano me veo improvisando dónde ir de vacaciones y este año no fue una excepción. A última hora decidimos ir a León y fueron las típicas —y espectaculares— vacaciones con amigos, familia, turismo, temperaturas agradables… y muchos momentos casi mágicos. 

Precisamente uno de esos buenos momentos lo viví en Carrizo de la Ribera, acompañando a Alberto Flecha en la presentación de su libro «Un dueño para un paisaje» que es la obra que hoy quiero recomendarles.

Aunque una caprichosa tormenta de verano amenazaba con arruinar la presentación prevista al aire libre, todo salió a la perfección. El escenario —los jardines del monasterio— no podía ser más espectacular, y fueron muchos los vecinos y vecinas de Carrizo que acudieron a arropar a Alberto. Lleno total. También el alcalde y el ayuntamiento pusieron todos los medios para que, a nivel logístico, todo estuviese perfecto. 

Antes de seguir adelante, quiero aclarar que Flecha es mi amigo. Quizás el lector pueda pensar que digo que escribe bien porque somos amigos. Pues no, ambas cosas son independientes. Lo primero, que escribe bien, es un hecho comprobable; basta leer los artículos que publica quincenalmente los domingos en la contratapa del Diario de León. Lo segundo es una parcialidad que asumo sin disimulo.

Vamos al libro en cuestión. 

Imagino que ya lo saben, pero Flecha es historiador y tiene una mirada muy peculiar, una mirada llena de preguntas. Es, en cierto modo, el castigo que arrastramos los historiadores, esa necesidad de preguntarnos por qué, de intentar entenderlo todo. Un poco como los niños pequeños, que encadenan un porqué tras otro y nunca parecen darse por satisfechos con la primera respuesta. Se podría decir que esa forma de mirar, de interrogar la realidad, es lo que sostiene este libro. Flecha empuja al lector a ir un poco más allá de lo evidente, hacia esos espacios que normalmente quedan fuera de nuestra mirada, esos «puntos ciegos» en palabras del autor.

Son muchas las razones por las que les recomiendo esta obra. Una de ellas es la crítica a esa modernidad que, asumida como algo inevitable, en muchos casos únicamente ha traído desolación, desarraigo y una profunda sensación de pérdida. Frente a esa lógica, Flecha se detiene en los vínculos, en los rituales, en las tradiciones que todavía perduran y que siguen siendo el pegamento que mantiene unida a la comunidad. Lo expresa muy bien en este pasaje: “Cada año, las romerías vuelven a convocar a los de aquí y a los de allá a lo largo de nuestra geografía. Muchos regresan desde destinos lejanos para sentarse junto a los que resisten en los pueblos y contemplar juntos ese muro de rostros. En estos tiempos de abandono, estos santuarios de la memoria actúan como trincheras imprevistas: un último cordón umbilical que mantiene a la comunidad en pie antes de que el olvido repinte las paredes y se apodere definitivamente de nosotros”.

Por otra parte, para Flecha —en la línea de lo señalado por Marc Bloch en su momento— ser historiador es un ‘deber público’. En sus textos rigor intelectual y compromiso cívico van de la mano. Como él mismo indica: «La tierra y el paisaje son cada vez menos nuestros. Y recuperarlos, una empresa cada vez más lejana. Es preciso hacerse de nuevo con ellos, hacer un agujero en ese muro que nos separa del paisaje y volver a hacerlo nuestro. Disputar la tierra y volver a hacer de ella una obra de todos«. Coincido con el autor en que no se puede permanecer neutral ante las cosas que están pasando. 

Por último, y para ir cerrando esta breve reseña, hay que señalar que Flecha es un observador agudo y, además, posee algunas cualidades que no abundan entre los historiadores. Una de ellas es su forma de escribir con una sensibilidad poco común y una notable capacidad para convertir una escena o un paisaje en algo cargado de emoción. Escribe: «El otoño y la melancolía tienen una relación fuera de toda duda. Dejamos atrás la explosión juvenil del verano y nos embarcamos en un atardecer nostálgico que nos pone a las puertas del ocaso. Los días se acortan y nuestra mirada languidece al posarse sobre una luz y unas cosas que empiezan, otra vez, a ponerse mustias. Pero es este un pesar que encuentra, sin embargo, cierto solaz en algunas cosas —que la melancolía requiere cierto recreo en la tristeza— y el paisaje es sin duda una de ellas«.

En otras ocasiones, a partir de una escena cotidiana arma una reflexión profunda; por ejemplo, hay un texto que empieza así: “Veo, sobre la encimera, los tarros de cristal y unos paños de cocina. Hierve el agua. Hay un borboteo en la olla que se mezcla con el sonido del televisor y sus noticias. Y siento que, si cerrara los ojos, podría ver que esas manos que ahora abren un grifo, que pelan un tomate, que cierran con energía uno de esos frascos, no son las de mi madre sino las de mi abuela en otros tiempos; otros tiempos en los que cada uno de esos rituales cotidianos eran tan parte de mí que ni siquiera era capaz de reparar en ellos”. A partir de esa escena, el autor explora de forma sugerente el peso y la pervivencia de las tradiciones.

No es cuestión de destripar aquí todo el libro. Creo que únicamente resta añadir que «Un dueño para un paisaje» es un libro que demuestra el poder de la escritura como forma de resistencia. Con estos textos breves el autor nos obliga a mirar de otra manera unos paisajes que «se resisten a capitular ante el olvido«. Desde esta mirada, el paisaje —lo local— es también un espacio desde el que pensar cuestiones mucho más amplias y complejas como las relaciones entre el centro y las periferias, la construcción de las identidades o problemáticas como la despoblación. Y es que, al final, lo local no es otra cosa que el lugar concreto desde el que formular y tratar de responder alguna de las grandes preguntas de nuestro tiempo.

En fin…

Y para momentos mágicos, el que se vivió en los momentos finales de la presentación del libro de Flecha. Acompañado por la música de Rodrigo Martínez, el autor leyó uno de los textos. En ese justo momento, el sol se filtró por entre las nubes iluminando los jardines donde se desarrollaba el acto, una bandada de pájaros cruzó el cielo sobre nuestras cabezas y, al mismo tiempo, sonaron las campanas de la iglesia. Si hubiese estado preparado no hubiese salido tan bien. Son esos momentos que hay que vivirlos, explicados quedan muy cursis. En todo caso, la calidez de la voz y la música de Rodrigo y la lectura pausada de Flecha fueron un cierre de lo más emotivo.


Un dueño para un paisaje’ ha sido publicado por Marciano Sonoro Editores dentro de la colección ‘Articulismos’. El libro se puede encontrar en la página de Marciano Sonoro así como en muchas librerías; únicamente tienen que buscarlo en internet.


Descubre más desde La nuestra tierra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Un comentario en “LNT te recomienda: ‘Un dueño para un paisaje’

Deja tu respuesta:

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.