Este artículo lo escribí el año pasado, semanas antes que unos pavorosos incendios estivales asolasen numerosos pueblos de provincia de León —donde nací y de donde me reconozco— y, en general, el Noroeste de España. Aquellos incendios sufridos por mis paisanos me obligaron a rehacer un poco el texto sin perder de vista aquel refrán que decía algo así como que, una vez que atollas el carro, vendrá mucha gente a decirte por dónde no debías pasar. Por tanto, Dios me libre de dar consejos de lo que se debería haber hecho con los montes.
Como ya estamos en verano —y en plena ola de el calor— y ya ha habido algún que otro incendio puntual, me permito reproducir las reflexiones del año pasado por estas fechas.
Decía yo que los escépticos del cambio climático tienen razón en un punto, las mediciones instrumentales fiables de temperatura solo abarcan unos 150 años, un periodo relativamente corto para entender las tendencias climáticas a largo plazo. La historia del clima está repleta de episodios extremos y transformaciones profundas. Si se mira atrás, vemos que olas de calor, sequías, lluvias torrenciales, inundaciones y grandes incendios marcaron el devenir humano en diversas regiones. Por ejemplo, la Pequeña Edad de Hielo (siglos XIV al XIX) fue un periodo de enfriamiento que afectó especialmente a Europa; es sabido que el descenso de las temperaturas provocó hambrunas como la de 1315-1317 favoreciendo también la expansión de epidemias como la peste a causa, en parte, de la desnutrición generalizada. Hubo también otros momentos en lo que el clima se volvió más benigno. Así por ejemplo durante el Período Cálido Medieval (siglos X al XIII), Europa occidental experimentó temperaturas suaves que permitieron el cultivo de la vid incluso en Inglaterra. Sin embargo, este fenómeno fue sobre todo regional y no afectó por igual a todos los continentes.
Lo que hoy nadie puede negar es que el registro de fenómenos extremos parece intensificarse en las últimas décadas. Los fuegos devastadores sufridos este pasado verano en León son solo el último ejemplo de una larga lista de incendios graves en la península Ibérica y el Mediterráneo. En 2023, Grecia perdió más de 150.000 hectáreas por el fuego y Portugal, en los últimos veinte años, ha visto cómo la superficie arrasada se duplicaba respecto a décadas anteriores. California, por su parte, registró los mayores incendios de su historia reciente en 2020 y 2021, superando el récord histórico al arder más de 1.600.000 hectáreas en una sola temporada. Estos desastres tienen consecuencias inmediatas como la pérdida de biodiversidad y la erosión de suelos lo que a su vez afecta a las economías rurales, el empeoramiento de la calidad del aire y del agua, o el desplazamiento de miles de personas.
Me preguntaba yo qué, vista la ola de calor interminable que estábamos padeciendo aquellos meses, qué podría contarles de nuevo. Dicen también los escépticos que siempre hubo olas de calor en verano, y tienen razón. Pero lo que es innegable es que en España, la tendencia de las temperaturas ha cambiado drásticamente en los años recientes. 2022, 2023 y 2024 han sido los años más cálidos jamás registrados, con récords sucesivos de olas de calor —en 2024, por ejemplo, León y otras zonas del noroeste vivieron más de veinte días consecutivos de temperaturas superiores a lo habitual—. La sequía prolongada y los periodos de calor extremo crearon condiciones ideales para los incendios, agravados por el abandono institucional del campo y la acumulación de combustible vegetal en los montes.
Pero esta intensificación de los fenómenos no es exclusiva de España; a nivel mundial, desde los años 90, se ha observado una tendencia al alza en el número y extensión de grandes incendios forestales, sobre todo en zonas mediterráneas y californianas, pero también en Siberia, Canadá y Australia, donde los fuegos de 2019-2020 arrasaron más de 18.000.000 hectáreas. Los expertos coinciden en que factores como el aumento de temperaturas, la alteración de los patrones de lluvia y la actividad humana (regadíos, urbanización, abandono rural) contribuyen a la vulnerabilidad del territorio.
Tal vez todo esto sea un ciclo ‘natural’ de calentamiento y de aquí a unas décadas vuelva un período frío, muy frío. Vale, vale, ‘aceptamos pulpo como animal de compañía’. Lo que no están considerando los escépticos —y estoy convencido que no, no son sólo son Trump y sus acólitos los únicos ‘negacionistas’— es que en épocas como la Pequeña Edad de Hielo, las comunidades respondieron adaptando prácticas agrícolas; así, por ejemplo, el cultivo de la patata vivió una fuerte expansión en el siglo XVIII y se desarrollaron nuevas técnicas de conservación de alimentos, a la vez que se vivieron migraciones hacia las ciudades en busca de mejores condiciones de vida.
A lo largo de la historia, los cambios ambientales han marcado el rumbo de civilizaciones enteras: crisis alimentarias, migraciones, colapso de sistemas sociales y políticos. En cada época, la adaptación ha sido clave para la supervivencia. Hoy quizás nos enfrentamos a una urgencia similar, pero con otras dimensiones y en un escenario mundial donde los episodios extremos se multiplican. Por tanto es necesario adaptarse y las soluciones deben atender tanto lo estructural y lo sistémico como lo práctico a nivel local.
Es mucho más cómodo, pero muy poco productivo, seguir debatiendo sobre si hay o no hay calentamiento, sobre si las causas son antrópicas o es un ciclo natural. Las evidencias apuntan a la rapidez del cambio y, como ya dije, eso exige tomar medidas concretas. No sé, no soy un experto, pero se podría optar por una mejor gestión del agua, prevención activa de incendios, restauración de bosques autóctonos, transformación de los hábitos de consumo y alimentación, y fortalecimiento de los sistemas y espacios rurales. En todo caso, son medidas que tienen que aparecer en los presupuestos y en los boletines oficiales. De lo contrario, son un ‘brindis al sol’. También a nivel local, los Ayuntamientos deberían confiar menos en la acción previsora y provisora del Estado y hacer algo. Seguramente hay margen para iniciativas interesantes y útiles.
La Historia enseña que esperar soluciones desde lo macro sin cuidar lo micro —el trabajo cotidiano, la participación local, la anticipación a los riesgos— nos deja indefensos ante la magnitud del desafío.
Ahora, como en otras épocas, la resiliencia depende de adaptarse y actuar. Los fuegos del verano en León y otras partes del mundo nos recuerdan que el clima cambia y que la reacción no puede limitarse al debate; debe ser concreta, coordinada y, sobre todo, inmediata. No se puede esperar a que el verano de este año sea más benigno y hacer como que el año pasado no pasó nada.
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