Unas reflexiones sobre el trabajo y la autoexplotación…


Dice la Biblia que cuando Dios expulsó a Adán del paraiso le dijo «Ganarás el pan con el sudor de tu frente». A partir de ese momento, el pobre hombre tuvo que empezar a doblar el lomo para conseguir todo lo que antes tenía de balde. Tuvo que trabajar, vaya. También esa biblia moderna que es la Wikipedia dice que la palabra ‘trabajo’ proviene de ‘tripalium’ un instrumento de tortura utilizado por los romanos. Con esos antecedentes, cuesta creer a quienes dicen que el trabajo santifica, o que nos da la posibilidad de autorrealizarnos.

Sea como fuere, que el trabajo tiene algo de antinatural lo entendió mi hijo cuando tenía cinco años. Quería que mi mujer fuese a trabajar a la oficina y, una vez realizadas las tareas, regresase temprano a casa. Sin éxito, le explicamos que eso no era posible, que antes de las 5 de la tarde no podría salir. Él le pedía que hiciese el trabajo más rápido y que si no tenía trabajo para hacer, la dejarían irse a casa. Tuvimos que explicarle que había que trabajar 40 horas a la semana y seguía sin entenderlo. «Pero y ¿qué pasa si haces el trabajo en menos horas? ¿Por qué tienes que quedarte en la oficina?», insistía.

Su madre le explicó que a la puerta de la oficina había un reloj que registraba la hora de entrada y salida.

Mi hijo me miró a mi, miró a su madre y moviendo la cabeza de un lado a otro dice:

—¡Vaya tela!

Hasta hace unos dos años, el modelo de trabajo —encerrados en las oficinas, fábricas o espacios de trabajo— era reflejo del sistema fabril implantado en el siglo XIX con la Revolución Industrial para la producción de manufacturas. Anteriormente, durante la llamada Revolución Industriosa, predominaba la modalidad de trabajo conocida como putting-out system. Este tipo de producción normalmente se hacía por encargo; comerciantes urbanos suministraban a las familias / artesanos la materia prima y pagaban por pieza producida. Cuanto más se producía más se ganaba, lo que a su vez permitía mejorar el ingreso de la unidad familiar.

Ahora bien, en esta modalidad de trabajo los artesanos se tomaban su tiempo para hacer sus tareas, tenían sus días de descanso, respetaban las fiestas, etc. Con las fábricas todo esto cambió, porque además de sacar ventaja de las economías de escala y de las nuevas máquinas movidas por el vapor o por otro tipo de energías, permitían ‘disciplinar’ a la mano de obra. Ya no era trabajar en casa al ritmo que a uno le pareciese con pausas para comer, para atender el ganado o la huerta o para dormir la siesta. Con la fábrica, el reloj marcaba la hora de entrada y salida, los descansos eran mínimos o no existían y había que producir una cantidad mínima. Los obreros estaban físicamente ‘encerrados’ en galpones o edificios y había ‘capataces’ vigilando que nadie se distrajese.  Ya sabe el lector qué pasaba si alguien llegaba tarde reiteradamente o no cumplía.

Poco a poco, y gracias a que los obreros se fueron organizando,  las condiciones laborales y los salarios fueron mejorando. Podríamos decir que en los años 70 del siglo pasado, en general, ya se habían alcanzado condiciones más o menos ‘decentes’. A partir de ahí, se ha ido mejorando en temas de salud laboral, prevención de riesgos, permisos de maternidad / paternidad, pero se ha perdido en salarios y derechos laborales.

Hasta hace unos meses, no importaba que en las últimas décadas hubiese habido una revolución tecnológica con los ordenadores, internet, teléfonos móviles, etc., la forma de trabajar básicamente seguía organizada de la misma manera que en el siglo XIX. Había que cumplir horarios en la oficina, hubiese trabajo o no; si no había trabajo, pues a ‘calentar la silla’, pero la presencialidad era obligatoria. Además era obligatorio trabajar de lunes a viernes unas 40 horas, etc.

Pero, con la llegada del coronavirus todo eso cambió. Con la pandemia, la gente se tenía que quedar en casa y se demostró que buena parte del trabajo que se hacía en la oficina se podía hacer desde casa. No sólo se vio que era posible ‘teletrabajar’ sino que —en ocasiones— trabajar desde casa se demostraba más productivo, permitía una mayor conciliación familiar y aumentaba la disponibilidad de tiempo libre (al ahorrarte por ejemplo el tiempo de desplazamiento diario a la oficina).

Aunque no todo es color de rosa con el teletrabajo —las mujeres han salido claramente perdiendo, por ejemplo—, parece que esta modalidad ha venido para quedarse.  Lo que no tengo claro es si salimos ganando o perdiendo con el trato. Con el teletrabajo, salvo que seas funcionario, cada vez queda menos clara la frontera entre trabajo y ocio y, a pesar de la laxitud con los horarios, el trabajo parece invadirlo todo. Y ya no les cuento si uno trabaja como autónomo.

A ello se añade que en los últimos años, con el pensamiento mágico, el mindfulness, el coaching y demás chorradas, caminamos cada vez más hacia la autoexplotación. Dicen que Steve Jobs dijo: «Tu trabajo va a llenar gran parte de tu vida, la única manera de estar realmente satisfecho es hacer lo que creas que es un gran trabajo y la única manera de hacerlo es amar lo que haces«. El problema es que la gente se cree esas tonterías, y esa frase ‘haz lo que amas’ se ha convertido en un mantra. Pero, como señala Miya Tokumitsu, ver el trabajo bajo ese prisma no conduce a la salvación sino a devaluar aún más el trabajo.

Así por ejemplo, al mantenernos enfocados en nosotros mismos y en nuestra felicidad individual, eso de ‘haz lo amas’ nos distrae de las condiciones de trabajo de los demás mientras valida nuestras propias elecciones y nos libera de las obligaciones con todos los que trabajan, les guste su trabajo o no.  De acuerdo con esta forma de pensar, el trabajo no es algo que uno hace por compensación, sino un acto de amor hacia uno mismo, y si no se obtienen beneficios, es porque la pasión y la determinación del trabajador fueron insuficientes. Sin embargo, el verdadero logro de este enfoque es hacer creer al trabajador que su trabajo sirve a uno mismo y no al mercado.

Con este enfoque se devalúan los trabajos que nadie quiere hacer, pero que alguien tiene que hacer. Irónicamente, se refuerza la explotación en los trabajos ‘guays’ o ‘cool’ donde el trabajo fuera de horario, mal pagado o no pagado es la nueva norma: así por ejemplo se exige a los reporteros que hagan el trabajo de sus fotógrafos despedidos, se espera que los publicistas trabajen y tuiteen en los fines de semana. Lo cierto es que —indica el autor—, el 46 por ciento de los/as trabajadores/as revisa el correo electrónico laboral en días de enfermedad.  Por tanto no hay como convencer a los trabajadores de que están haciendo lo que aman, para que no se den cuenta de que están siendo explotados.

Al enmascarar los mismos mecanismos de explotación del trabajo, subraya Tokumitsu, el enfoque de ‘haz lo que amas’ es, de hecho, la herramienta ideológica más perfecta del capitalismo. Deja de lado el trabajo de los demás y nos encubre la naturaleza de nuestro propio trabajo. Oculta el hecho de que si reconociéramos todo nuestro trabajo como trabajo, podríamos establecer límites apropiados para él, exigiendo una compensación justa y horarios humanos que permitan la conciliación familiar y el tiempo libre.

En fin… ¡Vaya tela!

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Foto de Kateryna Babaieva en Pexels