Historias de la Historia


Acercarse a la historia de España es tener la sensación de que continuamente hay que estar barriendo suciedad bajo la alfombra. Por algún extraño motivo, hay una mala conciencia colectiva que nos empuja a echar tierra sobre nuestro pasado, sean gestas o sean impresentables estocadas bajeras de las que desafortunadamente vamos bien servidos.

Hoy vamos a ver algunas de estas últimas sabiendo que, felizmente para los que componemos el paisanaje, poco se puede cargar en nuestro debe y bastante en nuestro haber. Veremos algunos ejemplos de cómo en la vieja piel de toro, los de abajo han lucido siempre a mayor altura que sus gobernantes. Mencionaremos pasajes quizá no muy bien conocidos o tal vez olvidados donde la clase dirigente mostró su cara menos amable.

Todo el mundo sabe que Felipe ll fue aquel monarca que afirmó que en sus dominios no se ponía el sol. Lo que ya es mucho menos conocido es que en los treinta y dos años que duró su reinado, España tuvo tres bancarrotas. Sí, era en aquel tiempo en que los galeones españoles llegaban cargados de plata y oro desde las Indias. Semejante malversación de recursos fue debida a su enfermiza obsesión por cristianizar a protestantes, calvinistas y anglicanos. El resultado fue que fracasó en su intento y sumió al pueblo en la miseria.

Años más tarde escribiría Gracián que si no fuera por las sanguijuelas genovesas los palacios de España estarían “murados” de oro. Interprétense por estas palabras cual fue el destino prioritario del incesante flujo de metales preciosos llegados de América. La banca.

Ya Carlos V de Alemania y primero de España, emperador flamenco que no hablaba español y llegó por Villaviciosa, hubo de ignorar a la hoy dolorida Venezuela para ser explotada por banqueros alemanes de las familias Fugger y Welser, quienes junto con los Medici, fueron los precursores del capitalismo europeo. Como se ve los alemanes hace mucho tiempo que nos hacen sombra y nos asombran con su economía y su “savoir faire”.

Sabido es que la dinastía de los Austrias no nos trató demasiado bien. Después vendría la de los Borbones que no nos trataría mejor, escribiendo algunos de ellos las páginas más ignominiosas de nuestra historia. Escribe Maquiavelo que los españoles eran usados como fuerza de choque por los Habsburgo en sus conflictos europeos porque, al ser de cuerpo enjuto y menudo, acostumbrados a penurias y dureza de vida, saltaban entre las picas de sus fornidos enemigos, nórdicos y centroeuropeos, apuñalándolos sin contemplaciones.

Por si fuera poca penitencia, los italianos recriminaban la ferocidad ignorante de los españoles, – refiere Saavedra Fajardo – , que preferían morir luchando sin abandonar su puesto antes que retirarse y servir para otra batalla. Mientras las guerras se basaron en la valía de tropas de infantería armadas de arcabuces y picas, los tercios españoles sembraron el terror entre sus enemigos de los Países Bajos durante siglo y medio.

Cuando la Armada Invencible fue a “poner orden” a Inglaterra capitaneada por el profano, aunque legal, duque de Medina Sidonia, a causa del inesperado fallecimiento del avezado marino Alvaro de Bazán, España sufrió un inesperado descalabro que la haría renunciar para siempre a nuevas aventuras marítimas. Nuestro inefable Felipe II, en otra manifestación de fanatismo religioso, consideró que Dios estaba de su parte y por tanto nada podía salirle mal. Pero salió. “Yo no mandé a mis naves a luchar contra los elementos” se justificaría más tarde. ¿Si Dios estaba de nuestro lado, a quien pudieron tener los ingleses del suyo?

Prolijos serían los episodios donde se dejó a la gente sencilla colgada de la brocha: Portobelo, Cartagena de Indias, Trafalgar, defensa de Cuba, los últimos de Filipinas allá en Baler, ocupación de Guam, Monte Arruit y un larguísimo etcétera. Sí, nosotros somos los descendientes de aquellos protagonistas involuntarios de hechos históricos lamentables. Llevamos sus mismos apellidos, y por eso, mientras tú, ¡españolito de a pie! no reacciones y sigas favoreciendo el advenimiento de cualquier impresentable a ocupar un cargo sin acreditar ser merecedor del mismo, seguiremos condenados eternamente como lo estaba Sísifo con su roca.

 

Urbicum Fluminem, febrero de 2019

 

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