Lecturas recomendadas: Tierra de mujeres


Debo aclarar al lector que hace ya unas cuantas semanas que escribí esta reseña, y sin embargo no he querido publicarla. Una de las razones es que al poco de salir publicado el libro que hoy recomendamos han ido saliendo infinidad de reseñas, todas ellas glosando las bondades del libro y su autora. Todo muy ‘mainstream’ que dirían los modernos… Pues no, acá no seguimos corrientes y al igual que criticamos “La España vacía” de Sergio del Molino, en este caso también tenemos alguna cosina para criticar. Pero, vayamos por partes.

El libro en cuestión es “Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rural” y está escrito por una joven veterinaria llamada María Sánchez. Es una obra surgida de profundas reflexiones y que va de mujeres. “Pero ¿quienes son los que cuentan las historias de las mujeres? ¿Quien se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, de esa habitación callada, en miniatura, reduciéndolas sólo a compañeras, esposas ejemplares y buenas madres? ¿Por qué hemos normalizado que ellas fueran apartadas de nuestra narrativa y no formaran parte de la historia? ¿Quién se ha apoderado de sus espacios y su voz? ¿Quién escribe realmente sobre ellas? ¿Por qué no son ellas las que escriben sobre nuestro medio rural?”, se pregunta la autora.

No son preguntas inocentes, porque en este libro también hay acusaciones. Denuncia la autora que las personas que viven en los pueblos son tratadas como ciudadanos de segunda y que desde las ciudades se ha visto como algo normal que la gente del campo no tenga el mismo acceso a los servicios básicos: sanidad, educación, infraestructuras… No digamos ya cultura… porque, tal y como María subraya, resulta muy complicado resignificar este concepto en el medio rural.

Se agradece la mirada solidaria… y militante. Así, por ejemplo, para la autora es necesario un feminismo que “contemple también a las mujeres que trabajan en estos sistemas intensivos de producción -véanse las fresas o los invernaderos, los mataderos, las cadenas de producción-, que suelen ser mujeres migrantes, sin contratos ni derechos”. En relación a ello, para la autora es reconfortante ver cómo el feminismo va cogiendo fuerza y espacio, tomando voz y cuerpo, cómo va creando tejido y construyendo entre todas una casa donde dialogar y cobijarse.

Tal y como les anticipaba en el párrafo inicial, también hay alguna ‘cosina’ en la que no estamos tan de acuerdo. Una de ellas es cuando María indica: “Nuestras abuelas lo llevan en la frente. Como tantos mayores de nuestros pueblos. Sentir vergüenza del lugar de donde vienen. Esconder las manos en los bolsillos de sus batas cuando llega visita de fuera. Preferir el silencio a la voz. Trabajar sin descanso para que sus hijos se puedan marchar. Asimilar como normal todo lo que se les arrebató y las convirtió en ciudadanas de segunda. Aceptar que no son ellas las que deciden qué necesitamos. Ver como algo normal que venga siempre alguien de fuera a construir el relato. A decidir qué queremos, qué nos falta, qué sentimos. Incluso a tejer nuestras propias aspiraciones“.

Tengo la sensación de que María, de alguna manera y quizás por la vivencias familiares, ‘entiende’ que la mujer rural ocupaba / ocupa un segundo plano y ahí discrepo. Nací y me crié en un pequeño pueblo de León. Cualquier persona, medianamente inteligente, sabe que en los pueblos la viga maestra que sostenía todas y cada una de las casas era un mujer. En mi pueblo, las mujeres trabajaban la tierra con sus maridos y mientras éstos iban al bar a emborracharse o jugar las cartas, ellas seguían con quehaceres domésticos: lavando la ropa en el lavadero, tejiendo y cosiendo, preparando las comidas, cuidando los rapaces… En mi pueblo, las mujeres no sólo ordeñaban las vacas y hacían muchas tareas del campo sino que cuando enviudaban, o los maridos acudían a los canales del Páramo a ganar el jornal, las mujeres segaban a gadaño, araban con las vacas… etc. Además administraban la casa y decidían, o participaban en la toma de decisiones. Sí, ellas mismas podrían ‘contarle’ a alguien de fuera que las decisiones las tomaban los maridos. Pero una cosa es el discurso y otra es la realidad. La realidad lo que muestra es un tremendo machismo, pero también unas mujeres valientes y fuertes, resilientes como se acostumbra a decir ahora, que a su lado los maridos eran diminutos y casi prescindibles.

Otra ‘cosina’ cuestionable es que, aunque no pretendido, hay un sesgo urbano e intuyo que no se reconocen algunos ‘códigos’ del mundo rural. También las mujeres del mundo rural ‘protestan’ pero bajo otras formas / estrategias / símbolos que no son las huelgas, las manifestaciones públicas, las pancartas, etc (esas son formas ‘urbanas’ de protesta). En el mundo rural, como vimos acá (y veremos en nuevas entradas) predominan las ‘formas de resistencia cotidiana’, término creado por James C. Scott. En este sentido, también las mujeres del campo han sabido crear espacios propios para la acción colectiva. Y, aunque históricamente se ha tratado de relegar la mujer al ámbito doméstico, historiadoras como Ana Cabana muestran cómo éstas han sido protagonistas en movimientos de protesta; en el artículo “Mulleres diante. Rostros femininos e acción colectiva no rural galego” encontrarán buenos ejemplos de ello.

En fin. A pesar de estas críticas finales, espero haberlos convencido de leer el libro. Vale mucho la pena, porque María Sánchez tiene una sensibilidad fuera de lo común. Eso no es algo muy corriente y se agradece.

 

 

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